Crónicas de Luminara : El Origen

Capítulo 1: El Anuncio travieso.

“La travesura se esconde… hasta que es imposible ignorarla.”

En un rincón lejano del universo, donde los cielos respiran luz y las estrellas parecen susurrar secretos antiguos, existe un mundo llamado Luminara.

Allí, los amaneceres no nacen en silencio.

Emergen envueltos en tonos pastel brillantes, polvos estelares flotantes y constelaciones que parpadean como si se saludaran entre sí. Cada estrella emite un murmullo suave, una especie de eco luminoso que viaja de rincón en rincón, manteniendo el equilibrio de aquel universo.

En el corazón de Luminara se alza un palacio majestuoso, construido con un metal tan claro como el cristal y tan fuerte que ni el tiempo ha logrado dejar huella en él. Sus muros reflejan galaxias enteras, como si guardaran fragmentos del cielo en su superficie.

La entrada principal se eleva mediante una gran escalinata rodeada de barandales de oro puro, capaces de capturar la luz y devolverla multiplicada. Todo parece perfecto. Demasiado perfecto.

Ambos lados del palacio, la naturaleza se despliega con una armonía casi imposible: jardines verdes de tonos vibrantes, ríos cristalinos, cascadas eternas y flores resplandecientes que cambian de color al contacto con la luz cósmica. Mariposas luminosas y pequeñas estrellas danzan en el aire, como si celebraran un orden invisible que lo sostiene todo.

El palacio flota sobre estelas doradas, dando la sensación de caminar entre nubes suaves. Y justo frente a la entrada principal, se alza una torre de oro macizo coronada por un reloj ancestral, encargado de medir el tiempo de una eternidad que nunca parece avanzar… hasta que algo se altera.

Y esa mañana, algo se alteró.

Dentro del palacio habitan criaturas mágicas, sabias y antiguas, cada una con una función precisa dentro del equilibrio de Luminara. Algunas son solemnes; otras, curiosas; y algunas… demasiado traviesas para su propio bien.

Como la ardilla.

Vestía un pequeño chaleco rojo y cargaba varias cápsulas colgadas a los costados, aunque nadie estaba del todo seguro de para qué servían exactamente. Saltaba de un pasillo a otro con energía inagotable, siempre metiéndose donde no debía y enterándose de cosas que, según ella, “alguien tenía que enterarse”.

No muy lejos de ella, un búho de grandes alas plateadas y ojos expresivos revisaba pergaminos con paciencia infinita. A su lado, custodiando puertas y corredores con elegancia impecable, caminaba un perro de pelaje dorado, traje sastre y sombrero bien acomodado: Lord, guardián del palacio y asistente del Gran Maestro Sabio.

El Gran Maestro Sabio se encontraba en el Gran Salón, sentado con tranquilidad, leyendo uno de sus libros antiguos favoritos. Su cabello blanco con destellos plateados brillaba bajo la luz, y su capa azul profundo parecía contener estrellas en movimiento. Todo en él transmitía calma… una calma que estaba a punto de ser interrumpida.

De pronto...

—¡MAESTRO! ¡MAESTROOO! ¡EL ESPEJO! ¡SE ESTÁ MOVIENDO! ¡VIBRA, VIBRA MUCHO! ¡ESTO NO ES NORMAL! ¡CASI NUNCA VIBRA! ¡NUNCA! —chilló la ardilla, irrumpiendo como un torbellino.

En su carrera frenética tiró velas, papeles y una taza de té que por poco cae al suelo.

El Gran Maestro levantó apenas la vista.

—Tranquila, ardilla —dijo con voz serena mientras apartaba la taza con precisión—. Respira antes de que te pase algo.

—¡NO PUEDO RESPIRAR! —respondió ella, saltando de una mesa a otra—. ¡EL ESPEJO ESTÁ RARO! ¡MUY RARO!

—Siempre dices eso —respondió el Maestro, cerrando con calma su libro—. ¿Qué tan “raro”?

La ardilla se quedó inmóvil. Se llevó una patita a la boca, mordisqueó su uña, movió la cola nerviosamente y frunció el ceño, como si intentara recordar un sueño confuso.

¿Vibró mucho… o poquito?

¿Una vez… o dos?

¿Y si exagero… otra vez?

Enderezó el cuerpo con decisión.

—Maestro… esta vez no estoy exagerando —dijo con voz temblorosa pero firme—. Algo falta. El espejo no vibra así cuando todo está en orden.

El Gran Maestro la observó en silencio durante un largo segundo. Luego se puso de pie.

—Muy bien —dijo finalmente—. Vamos a verlo.

Caminaron por corredores iluminados por luces cálidas hasta llegar a una sala especial, protegida y silenciosa. Allí reposaba el Espejo Ovalado, rodeado de delicadas mariposas metálicas cuyas alas tintineaban suavemente.

Apenas se acercaron, el espejo emitió una vibración profunda. No era violenta… era inquietante.

La superficie no mostraba imágenes claras. No reflejaba rostros. No revelaba figuras completas.

Solo una ausencia.

Un brillo incompleto.

Un símbolo que parecía haber sido arrancado de su lugar.

El Maestro frunció el ceño.

—Esto no es una distorsión común —murmuró—. Esto es una señal.

La ardilla dio un pequeño salto, con los ojos muy abiertos.

—¿Entonces tenía razón? —preguntó, inflando el pecho.

—Sí —respondió el Maestro—. Algo muy antiguo… ya no está donde debería estar.

El espejo vibró una vez más. Y en su superficie apareció un nombre, formado por luz tenue, casi como un eco que se resistía a desaparecer.

Lucas.

El nombre no explicó nada.

No respondió preguntas.

Solo confirmó que la armonía de Luminara había sido alterada.

El Gran Maestro cerró los ojos un instante.

—Si el espejo ha reaccionado así —dijo con gravedad—, significa que uno de los tesoros de origen ha desaparecido.

La ardilla tragó saliva.

—¿Tesoro… de esos importantes? —susurró.

El Maestro asintió.

—De los que no pueden perderse.

Y en ese momento, en algún lugar del palacio, un teléfono antiguo comenzó a sonar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.