“Todo lo que ha sido creado deja una huella.”
La biblioteca ancestral de Luminara no era un lugar común.
No porque fuera silenciosa —aunque lo era—, ni porque estuviera llena de libros —aunque los había por miles—, sino porque nada dentro de ella dormía del todo.
Los pasillos eran altos y luminosos, formados por arcos de cristal antiguo y detalles dorados que reflejaban la luz de las lámparas flotantes. Cada una emitía un brillo suave, como si respirara al mismo ritmo que el lugar. Las estanterías se elevaban hasta donde la vista alcanzaba, cargadas de pergaminos, códices y registros que parecían observar a quienes entraban.
Allí se encontraba June.
Sentada frente a una mesa de cristal translúcido, escribía con una pluma dorada que se movía casi sola, guiada por su mano firme y paciente. Su vestido en tonos rosados reflejaba la luz del entorno, y una pequeña mariposa luminosa revoloteaba sobre su cuaderno, deteniéndose de vez en cuando como si revisara lo escrito.
June no era una aprendiz cualquiera.
Era la Guardiana de los Registros.
La encargada de escribir lo que no debía olvidarse.
Cuando las grandes puertas de la biblioteca se abrieron con suavidad, June levantó la vista de inmediato. Reconoció los pasos incluso antes de verlos.
—Maestro —dijo, poniéndose de pie con respeto—. Los registros están listos.
El Gran Maestro avanzó con paso firme, acompañado por Lord y Búho. El búho observaba el lugar con atención absoluta, ajustándose los lentes imaginarios que solo él parecía necesitar cuando se concentraba demasiado.
—Necesitamos acceder a los registros de origen —dijo el Maestro—. Aquellos que no se consultan a la ligera.
June asintió.
—Entonces tendremos que bajar un nivel —respondió con calma—. Donde se guardan las huellas viajeras.
La ardilla, que había seguido al grupo sin ser invitada y ahora se escondía detrás de una estantería cercana, abrió los ojos como platos.
—¿Huellas viajeras? —susurró—. Eso suena… prohibido.
Lord se detuvo en seco.
—Ardilla —dijo sin voltear—. Sabemos que estás ahí.
—¡Yo solo estaba pasando! —respondió ella rápidamente—. Por casualidad. Totalmente por accidente.
El Maestro suspiró con paciencia infinita.
—Quédate donde estás y no toques nada —ordenó—. Nada.
—¡Claro que no! —respondió ella, cruzándose de brazos—. Yo jamás tocaría nada.
June giró discretamente la pluma entre los dedos y continuó.
—Los registros de origen no pertenecen a un solo mundo —explicó—. Fueron creados para viajar entre realidades, dejando señales, pistas y fragmentos de luz en su camino.
Con un gesto suave, tocó la superficie de la mesa. El cristal brilló y, lentamente, comenzaron a aparecer símbolos flotantes, como pequeñas constelaciones ordenándose en el aire.
—Aquí —dijo June—. Este es el rastro que dejó el tesoro antes de desaparecer.
Búho se acercó, observando con atención.
—Interesante… —murmuró—. La frecuencia es inestable, pero reconocible.
—¿Reconocible? —preguntó la ardilla, estirando el cuello desde su escondite.
—Sí —respondió el Maestro—. Significa que el tesoro aún existe. No ha sido destruido.
June deslizó la pluma sobre el aire y nuevas imágenes aparecieron: fragmentos de caminos, destellos interrumpidos, coordenadas incompletas.
—El rastro termina abruptamente —dijo—. Como si hubiera cruzado un umbral sin permiso.
Lord frunció el ceño.
—¿El mundo humano? —preguntó.
June asintió.
—Todo indica que sí.
La ardilla salió de su escondite de un salto.
—¡Entonces fue una travesura interdimensional! —exclamó—. ¡Eso explica todo!
—No —corrigió el Maestro con calma—. Esto no fue una travesura. Fue un desplazamiento.
June bajó la mirada hacia el último símbolo que flotaba frente a ellos. Era distinto a los demás. Más tenue. Más persistente.
—Hay algo más —dijo con voz seria—. El tesoro no solo fue llevado… respondió a un llamado.
El aire pareció tensarse.
—¿Un llamado? —preguntó Búho.
—Sí —respondió June—. Como si alguien, en otro mundo, lo hubiera necesitado.
El Maestro cerró los ojos por un instante.
—Entonces no solo debemos encontrarlo —dijo—. Debemos entender por qué salió de Luminara.
Lord dio un paso al frente.
—¿Cuál es el siguiente movimiento?
El Maestro abrió los ojos, decididos.
—Preparar el acceso —respondió—. Si el tesoro cruzó un umbral, nosotros también lo haremos.
La ardilla sonrió, con brillo travieso en los ojos.
—Sabía que este día iba a ser interesante.
Y mientras las luces de la biblioteca se reorganizaban lentamente, una verdad comenzaba a tomar forma:
La búsqueda ya había comenzado.
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Editado: 13.01.2026