Crónicas de un Don Nadie

DN #4: El niño del auto rojo...

Un cuento corto

Si me lo preguntas, realmente no recuerdo qué es lo que me tenía tan apurado aquella vez. Es imposible que lo sepa. Recorro esa misma avenida todos los días, moviéndome de un lado para el otro por encargos del trabajo. Se supone que soy un simple oficinista, pero rara vez me encuentro en mi cubículo.

Aquel día, como de costumbre, tenía prisa y mucha. Caminaba a paso veloz por la acera de la avenida principal de la ciudad. Como era la hora del almuerzo, la calle estaba atestada de gente: trabajadores que salían a buscar un sitio dónde comer, repartidores que iban de aquí para allá, empleados de restaurantes gritando las ofertas de sus locales, autos que machacaban una y otra vez sus bocinas como si eso fuera a alivianar el tránsito; y un montón de otras personas que, por alguna razón, siento que se encontraban allí solo para joderme la existencia.

El punto es que andar por aquel lugar resultaba imposible. Yo me mantenía acelerado, casi al trote, esquivando (y cada tanto empujando) a todos los infelices que bloqueaban mi camino. En una mano sostenía bien aferrado mi maletín, completamente pegado a mi cuerpo para evitar “pérdidas accidentales”. Mientras que en la otra observaba atentamente mi reloj de muñeca, maldiciendo con cada minuto que pasaba.

Fue entonces cuando oí al niño.

—¡Periódicos! ¡Periódicos! ¡Lleven sus putos periódicos! —gritaba, y con cada grito se escuchaba un repiqueteo metálico.

Quizá piensen que lo que captó mi atención fuera el hecho de ver a un niño, de unos doce o trece años, vendiendo periódicos en la calle en el siglo veintiuno. Pero lo que realmente me hizo voltear fue el hecho de que se encontraba de pie sobre el techo de un superdeportivo rojo. Así como lo escuchas: el mocoso se había subido a uno de los autos estacionados en la calle, desde allí balanceaba los periódicos sobre su cabeza y cada vez que gritaba daba un enorme pisotón sobre el techo del coche.

Inmediatamente me acerqué al muchacho, temeroso de que el dueño del auto llegara en cualquier momento.

—¡Oye, niño! ¡Bájate de ahí! ¡¿Qué crees que haces?! —le grité.

Sin embargo, el niño me ignoró y continuó pregonando.

—Está bien… —exclamé exasperado. —¿A cuánto tienes los periódicos?

—¿Cuánto? —me preguntó con una sonrisa en el rostro, como si mi pregunta le hiciera gracia. —No los vendo, son gratis.

Yo parpadeé, completamente confundido. El niño me tendió uno de los periódicos y lo tomé sin siquiera percatarme de ello.

—¿P-pero entonces por qué estás allí parado?

—Porque si no hago esto nadie me ve —respondió con suma tranquilidad.

» ¿Puedes creerlo? A mí me pagan por venir aquí y regalar estas cosas, pero ninguno de estos bastardos los quiere —dijo señalando a la muchedumbre con un rollo de papel. —Pasan miles de personas por hora en esta calle, pero por más que grite y grite nunca nadie me mira. No se detienen a escucharme, mucho menos a llevarse uno de estos. Por eso, la única opción que he encontrado es subirme a un puto coche para llamar la atención. E incluso así, solo unas pocas personas se acercan a preguntar.

—Entiendo… —fue todo lo que salió de mi boca.

Guardé el periódico bajo mi brazo y continué mi camino. El niño siguió gritando una y otra vez, esperando que alguien más se detuviera a preguntarle qué rayos estaba haciendo.

Admito que en ese momento no supe qué contestarle al muchacho. Sin embargo, desde ese día, no he dejado de pensar en nuestro pequeño encuentro.”

~

Hace mucho ya que oí esta historia. Es probable que sea inexacta, después de todo tuve que reconstruirla a partir de un simple recuerdo: un niño de pie sobre un auto.

Espero no haberlos aburrido demasiado, intenté sintetizar el cuento lo más que pude. Pero como ya sabrán, las cosas breves no son lo mío.

Creo que fue una manera muy bonita de comenzar, pues puede que este capítulo sea un poco duro. Hoy hablaremos de algo que la mayoría de la gente suele negar, pero que al fin y al cabo todos necesitamos en mayor o menor medida: atención.

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Una necesidad innata

¡Venga ya! Digámoslo fácil y rápido: todos ansiamos que alguien más nos vea.

No importa cuánto nos guste fingir, somos una máquina de consumir reconocimiento ajeno. Necesitamos que el resto del mundo se percate de nuestra existencia, tanto como necesitamos respirar.

Quizá a alguien se le ocurra decirme tonterías como: “Yo me basto conmigo mismo.” “No me interesa que nadie me mire, ni me diga quién soy.” “Soy tímido, y detesto que los demás me vean.”

Patrañas.

Todas y cada una de esas frases, y las otras que quizás se les puedan llegar a ocurrir son puras patrañas. Son una mentira piadosa que nos contamos a nosotros mismos para no tener que aceptar la dura realidad: no recibimos la atención que nos gustaría.

A ver, que no digo esto por simple bocazas. Si hiciéramos un ranking de las personas que más detestan ser vistas por los demás, estoy seguro que yo mismo encabezaría la lista. Ya se los he contado, siempre fui de esas personas solitarias, de las que prefieren su propia compañía a tener que estar al lado de alguien más. No me gustan los halagos, ni que la gente se fije en mí cuando camino por la calle. Pero a pesar de todo ello… Dios me libre si este blog no es un simple manotazo de ahogado por querer llamar la atención de alguien.



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En el texto hay: humor, crecimiento, perspectiva

Editado: 07.05.2026

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