El secreto del éxito es…
¿Qué? ¿Esperaban una respuesta?
Si ya me conocen, entonces sabrán que detesto ese tipo de frases. Esas personas, cuentas, libros, o videos de autoayuda que te venden la idea de que existe un secreto, una llave, una fórmula mágica para conseguir aquello que deseas.
Yo no creo en las hadas, ni en las ollas al final del arcoíris. Ni mucho menos en esos consejos “místicos” que te aseguran el éxito. Sé muy bien que en esta vida las cosas no son tan fáciles. No hay una forma explícita de lograr nuestros objetivos, no existe una receta paso a paso que podamos seguir al pie de la letra. No hay un Google maps que nos guíe, y que recalcule la ruta si nos desviamos del camino. Nada de eso existe.
Sin embargo, tengo una teoría. Una idea loca que me acompaña desde que soy un niño, y gracias a la cual he logrado montones de pequeños objetivos en mi vida. Esta es uno de los pilares fundamentales de todo lo que creo, y es, sin lugar a duda, lo que me permite seguir caminando con la frente en alto.
Aquí es donde corro el riesgo de contradecirme. Pues les he dicho que no hay una clave secreta para lograr el éxito. No obstante, mi teoría asegura al cien por ciento que puedes lograr cualquier cosa que te propongas.
Lo sé, lo sé. Suena contradictorio y a libro de autoayuda barato. Pero no se equivoquen, mi teoría no es un secreto mágico, de esos que solo cierto grupo de personas selectas parecieran conocer. Ni tampoco es una guía con la que cualquiera podría volverse rico y famoso (si tuviera algo como eso ya lo habría utilizado, ¿no creen?).
No, nada de eso. Mi teoría, es una simple cuenta matemática…

[Imagen de jigsawstocker en Magnific]
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¿Matemáticas?
Pregunta muy importante, ¿les gustan las matemáticas?
(No sé por qué tengo la sensación de que la mayoría de la gente dirá que no)
A mí me encantan. O bueno, lo hacían hasta llegar a las ecuaciones diferenciales de segundo orden no homogéneas… (si no saben a lo que me refiero ¡los felicito! ¡han tenido una vida feliz! —a veces es mejor ignorar algunas cosas—)
Bueno, igualmente, trataré de hacerlo lo más simple posible. Pero, de todas formas, preparen un poco la mente para trabajar. Haremos una pequeña demostración:
Supongamos que queremos realizar un experimento cuya probabilidad de éxito es del 0.1%. Con estas métricas podríamos decir a ciencia cierta que el experimento está completamente destinado al fracaso. De hecho, si lo intentamos una vez nuestra probabilidad de fracaso es del 99.9%, si lo intentamos dos veces es 99.8% seguro que fallaremos, si lo intentamos diez nuestra probabilidad de éxito apenas llegará al 1%.
Pero… ¿qué pasa si lo intentamos mil veces? Si en vez de tirar la toalla, pensando: “esto es imposible”, seguimos intentando una y otra vez sin que nada nos importe hasta llegar al intento número mil.
(Les ahorraré las fórmulas de estadística, pueden consultar con su profesor o IA de confianza para verificar los resultados. Aunque básicamente se calcula como uno menos la probabilidad de fracaso elevado al número de intentos —decir eso me hace sentir un poco nerd, no debería haberlo dicho—)
Si lo hacemos, repitiendo el experimento una y otra vez a pesar de los constantes fracasos, nuestra probabilidad de tener éxito en al menos uno de todos ellos asciende al: 63.23%. Es decir, si lo intentamos mil veces nuestra probabilidad aumenta considerablemente.
Ya sé lo que dirán: “una probabilidad de éxito del 60% no está mal, pero todavía tenemos un 40% de probabilidad de fracasar”.
Sin embargo, aquí es donde la teoría entra en juego. ¿Qué pasaría si tras cada intento el experimento mejorara?
Nosotros, las personas, no somos seres lineales. Estamos todo el tiempo en constante cambio, y cada error, cada fallo, siempre nos enseña qué hacer y qué no hacer. No somos máquinas, que repiten las cosas una y otra vez de manera idéntica. Nosotros evolucionamos, aprendemos con cada tropiezo y mejoramos. Al igual que en la fábula del hombre y el río; una persona que fracasó ayer no podrá fracasar mañana, pues al día siguiente tendrá la experiencia de sus errores y no será la misma persona.
Ahora, ¿qué pasaría si llevamos esto a nuestro experimento?
Supongamos que, de pronto, nuestro experimento aprendiera de cada error, y con esto aumentara su posibilidad de éxito en un 0.1% (un aumento muy pequeño, pero constante). Es decir, en el primer intento la probabilidad sería del 0.1%, en el segundo 0.2%, el tercero 0.3% y así sucesivamente.
En ese caso, las cuentas cambian completamente.
En el intento número diez, nuestra probabilidad de éxito en al menos un intento ya sería del 5.7%. En el intento número cuarenta y cinco sería del 64.41%. Y en el intento número cien, nuestra probabilidad de éxito es del 99.33% (un éxito asegurado).
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Bien, aquí seré honesto con ustedes. Nombré a este capítulo: “La teoría de los mil fracasos” únicamente porque mil sonaba mucho más “cool” en mi cabeza. Pero bien sabía que con cien intentos bastaría para hacer la demostración.
Del mismo modo, debo decirles que los humanos no funcionamos como este experimento. No crecemos un 0.1% cada vez que fallamos, no somos tan simples. A veces un tropiezo puede enseñarnos muchísimo y elevar nuestras posibilidades enormemente para el siguiente intento. Por lo cual quizá comencemos con un 0.0001%, y al siguiente intento consigamos un 20%. O, también, a veces podemos dar pequeños pasos (o ser tercos y no aprender nada —conozco mucha gente que pareciera gustarle repetir una y otra vez los mismos errores—).