Crónicas de un Reino Sellado

Capítulo 2

Haelyn Burnet

Cuando Dylan mencionó que tenía una sorpresa preparada, esperaba... bueno, una sorpresa de verdad. Algo emocionante. Algo que justificara los días que había pasado "ocupado".

—¿Esta es la sorpresa? —pregunto, intentando que mi voz no sonara tan plana

—Así es —responde él, orgulloso.

Yo no necesito girarme para saber que mis padres están tan desconcertados como yo. Y Kiara... Kiara probablemente está poniendo una de sus famosas caras de desagrado.

—Dylan, literalmente nos trajiste a un parque.

—Pero es nuevo. Lo inauguraron hace nada. Ninguno de ustedes había venido —se defiende.

—¿Y qué estuviste haciendo todos esos días que según tú estabas tan ocupado? ¿Ayudando a construirlo?

—Claro que no —balbucea—. Estaba... ocupado con unos asuntos. Hablando con el encargado, ya sabes. Tenía algo mejor planeado, pero se cayó el plan y... bueno, esto fue lo único que pude improvisar —se acerca a mí con una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora—. Lo pasaremos bien, te lo prometo.

Suspiro. No quedaba otra. Caminamos hasta un puesto de algodón de azúcar y solo Kiara y yo quisimos, así que él fue a comprar mientras nosotras aprovechábamos para hablar.

—Una gran sorpresa, ¿eh? —murmura Kiara con sarcasmo.

—Ni yo sabía que era... esto.

—No te preocupes, mi vida —interviene mi madre—. Intentaremos pasarla bien.

—Sí, y que no te sientas incómoda —añade mi padre.

—Gracias —susurro.

Después de comernos el algodón, probamos varias atracciones, evitando las más infantiles, aunque ni eso ayudó. La incomodidad seguía ahí, alimentada por los comentarios desafortunados de Dylan.

—Con mis antiguos suegros hacíamos muchos encuentros como este —suelta en un tono extrañamente nostálgico—. Era genial. Ellos y su hija lo eran.

El silencio que siguió fue tan espeso que dolió. Nadie dijo nada, y solo esperamos a que la atracción terminara.

Cuando estaba a punto de decirle que ya nos podíamos ir, Dylan insistió en que entráramos a un laberinto-bosque que prometía "desafiar tu sentido de orientación". Después de algunas negativas, aceptamos. Qué remedio.

—¿Y si nos separamos para encontrar la salida más rápido? —propone Dylan.

Todos lo miramos incrédulos.

—No, definitivamente no —salta Kiara—. Eso siempre sale mal en las películas.

—Tienes razón —acepta él.

Caminamos durante minutos, pero cada sendero parecía llevarnos de regreso al mismo sitio.

—Esto es inútil. Nunca encontraremos la salida —murmuro.

—Podemos llamar a alguien —sugiere mi papá—. Seguro hay cámaras o personal vigilando.

Estaba a punto de darle la razón cuando algo a la izquierda captó mi atención. Una luz. Un destello rápido, como si hubiera querido ser visto.

—¿Vieron eso? —pregunto sin apartar la mirada.

—¿Ver qué? —responde Kiara.

—Una luz... ahí.

Di un paso, luego otro. El destello reapareció más adelante y desapareció otra vez.

—La vieron esta vez, estuvo justo ahí.

—Haelyn, yo no he visto nada —dice Dylan, confundido.

No sabía por qué seguía ese camino, solo que debía hacerlo. Algo dentro de mí tiraba, insistía, me llamaba.

—No deberíamos avanzar más —dice mi madre—. Podemos perdernos y...

Pero la ignoré. No podía detenerme. Y ellos, a regañadientes, me siguieron.

Entonces la vi una especie de puerta formada por plantas colgantes, casi como una cortina verde.

—Vaya, parece que lo has conseguido —se burla Kiara—. Enhorabuena, hermanita.

Sonreí apenas. Aparté las ramas y avancé. Y no estábamos en el parque.

—¿Qué...? —fue lo único que pude decir. Frente a nosotros se extendía un bosque vasto, silencioso, que no tenía nada que ver con el decorado artificial del laberinto.

—Debe ser parte de la atracción —insiste Dylan—. Caminemos hasta la salida real.

Lo seguimos sin mucha convicción. Pero al final del bosque encontramos una colina, no una puerta. Y debajo, en la distancia, un pueblo se extendía como un cuadro sacado de otra época: casas antiguas, techos de madera, caminos de tierra.

—¿Qué está pasando? —pregunta Kiara, con la voz temblorosa.

—Si esto es parte del parque, voy a denunciar a alguien —amenaza mi padre.

—No lo es —digo. Lo sabía. Lo sentía.

—Entonces... ¿dónde estamos? —pregunta Dylan.

—No lo sé —admito—. Tampoco sé cómo llegamos aquí. Pero no es una atracción.

—Eso no tiene sentido —dice mi madre.

—Lo sé —respiro hondo—. Pero necesitamos una respuesta.

—¿Qué sugieres? —pregunta Kiara.

—Ir al pueblo.

—¿Y si mejor volvemos por donde entramos? —propone mi padre.

—Sí, suena más lógico —apoya Dylan.

—Ya lo intenté —confieso—.No me vieron pero lo hice. Solo encontré más árboles. El laberinto desapareció.

Mi padre se frotó la sien, preocupado.

—Entonces vayamos al pueblo. Aquí podríamos estar en peligro cuando anochezca. Quizá allí alguien pueda ayudarnos.

Nos miramos entre todos, y finalmente asentimos.

—Tienes razón —dice él—. Es nuestra mejor opción.

—Gracias, papá.

Bajamos la colina con cuidado y caminamos durante horas, hasta que por fin llegamos. Y entonces supe que nada volvería a ser normal. Era como caminar dentro de un maldito libro. Gente con ropa medieval, puestos de frutas, artesanías, humo saliendo de chimeneas, tierra bajo nuestros pies. Un cartel decía: "Puedo leer su futuro. No dude en saber".

El viento otoñal sopló, frío, distinto. Levanté la vista al cielo y vi algo enorme cruzando las nubes, tan grande que no podía ser un ave. No una de nuestro mundo, pero de este quizás sí. Todo parecía irreal. La mayoría de las personas que pasan a nuestro alrededor comparten un rasgo inquietante: llevan un yelmo ajustado al rostro, brillante o gastado según la edad. Los pocos que no lo portan son ancianos. No sé si existe algún joven sin él, pero cada rostro desnudo que alcanzo a ver pertenece a alguien mayor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.