Haelyn Burnet
Despierto de golpe.
Un frío áspero me recorre los brazos antes de entender por qué: unas cadenas sujetan mis muñecas, tensas. Parpadeo varias veces, luchando contra la neblina que nubla mi visión. Poco a poco, las formas dejan de temblar y el lugar se revela ante mí.
La celda es enorme, demasiado para lo que debería ser una prisión. Las paredes de piedra están húmedas, desgastadas, y varias antorchas parpadean con un fuego débil que proyecta sombras largas, deformes. El olor es metálico, mezcla de frío y abandono.
A mi derecha distingo a mi familia, todos atados igual que yo, todos inmóviles. El único que comienza a moverse es mi padre.
—Papá —susurro con un hilo de voz que tiembla más de lo que quisiera.
Él alza la cabeza, confundido primero, alarmado después.
—Hija... ¿estás bien? —pregunta, y su voz se quiebra sin que pueda evitarlo.
Intento incorporarme, pero el dolor asciende desde mis muñecas hasta los hombros. Las cadenas no ceden. Aprieto los dientes y tiro con más fuerza, desesperada por liberarme.
—No podrás, Hae —dice mi padre, con la frustración clavada en cada palabra—. Tenemos un grillete en los pies que nos mantiene pegados al suelo. Y estas cadenas... —tira de las suyas— no están hechas para soltarse.
—Qué forma tan inhumana de tratar a las personas —escupo, sin importarme si los guardias escuchan. De hecho, deseo que me oigan. Tal vez parte de mí espera una reacción, algo que nos recuerde que seguimos siendo visibles para alguien, que importamos.
Pero no hay respuesta. Solo el crujido lejano del fuego.
—Solo nos queda esperar —dice mi padre, rindiéndose a algo que siempre ha evitado: la impotencia.
Jamás lo había visto así. Él siempre ha sido el escudo de nuestra familia, el que encuentra soluciones incluso cuando no las hay. Pero ahora... ahora está atado igual que nosotros, incapaz de protegernos, mirando la oscuridad como si pudiera tragarnos en cualquier momento.
✦ ✦ ✦
Ha pasado alrededor de una hora. Todos estamos despiertos ya. Kiara ha llorado más de una vez; intento consolarla, pero ¿cómo hacerlo si ni siquiera sé si saldremos vivos de aquí? Aun así, mis padres, a pesar de la angustia, logran calmarla un poco.
Dylan permanece en silencio, rígido, mirando al suelo.
—¿Estás bien? —pregunto, aunque conozco la respuesta.
Él levanta la cabeza, furioso.
—¿Acaso me ves bien? Por supuesto que no lo estoy. No debimos seguirte cuando intentabas sacarnos del laberinto. Solo teníamos que pedir ayuda. Punto.
Su frase me corta como un cuchillo.
—¿Estás diciendo que esto es mi culpa?
—¿Y de quién más, Haelyn?
La sangre me hierve.
—No tienes ningún derecho de...
—Ya basta —interrumpe Kiara con un grito seco—. Tenemos suficientes problemas. Dylan, no fue culpa de mi hermana. No fue culpa de nadie. Callaos ya, por favor.
El silencio cae sobre nosotros, espeso, incómodo... pero no por mucho tiempo.
Dos guardias abren la reja de la celda y se detienen frente a nosotros. No puedo saber si son los mismos que nos golpearon; todos llevan el mismo yelmo metálico, la misma armadura rojiza y ese silencio inquietante que parece parte del uniforme.
—Su Majestad —anuncia uno de ellos—. Puede pasar a ver a los forasteros.
El hombre que entra impone solo con respirar. Es robusto, más alto que cualquiera de los guardias, vestido con un traje medieval impecable: un jubón rojo bordado en oro, una capa dorada que roza el piso y una espada al cinto cuyo brillo basta para intimidar. Sobre su cabeza reposa una corona pesada que declara lo que es antes de que abra la boca.
—Así que ustedes son los famosos forasteros —dice con una voz grave, casi cavernosa—. Una familia completa, aparentemente. Déjenme adivinar: ustedes dos son los padres —señala a mis padres—, y ellos son los hijos.
—Él es el novio de mi hija —aclara mi padre, agotado.
—¿Cuál de ellas?
—Yo —respondo, firme.
El rey asiente lentamente, como si analizara cada uno de nuestros gestos.
—Entiendo. Escuchen... lamento que los hayan dejado inconscientes y encadenados de esta forma. Quizás mis hombres se excedieron un poco.
Los guardias se tensan. El rey los mira con molestia visible.
—¿Qué esperan? Quítenles las cadenas. No era necesario usarlas en una celda clausurada donde solo ustedes tenían la llave.
Enseguida nos liberan. El metal cae al suelo con un sonido seco, pero ninguno de nosotros se levanta. No tendría sentido; estamos débiles, doloridos, y rodeados.
—Una cosa más —continúa el rey—. Cuando salga, les traerán agua y comida.
Me hierve la sangre.
—¿Y por qué tanta consideración si nos tienen encerrados?
Él clava los ojos en mí, evaluándome.
—No trato a los forasteros como delincuentes. No tengo intención de hacerles daño... siempre que me asegure de que ustedes no están aquí para hacérmelo a mí o a mi reino.
—Por favor —interviene mi padre—. ¿Cómo íbamos a hacerle daño? No sabemos dónde estamos, ni cómo llegamos. Mucho menos podríamos atacar a usted o a sus guardias.
—Ya interrogamos al señor Colt —responde el rey—. Nos dijo lo que ustedes le contaron. Pero deben saber que esa historia no suena precisamente creíble.
—El señor Colt dijo que usted no nos creería —añade mi madre.
El rey suspira, casi exasperado.
—Entiendan que soy un hombre con enemigos. Muchos. Tengo la obligación de desconfiar de todo y de todos. Su historia podría ser inventada para infiltrarse en mi palacio y...
—Por favor —interrumpe Kiara, con la voz quebrada—. Jamás le haríamos daño a nadie. Somos indefensos. Tiene que creernos.
La desesperación en sus palabras es palpable.
—Lo siento, tendrán un buen trato, pero debo asegurarme... —la voz del rey resuena con autoridad, aunque suena más a duda que a convicción.
#1230 en Fantasía
#215 en Magia
reinosmagicos, romance odio pasión intencidad drama, maldicones
Editado: 13.01.2026