Crónicas de un Reino Sellado

Capítulo 4

Haelyn Burnet

En cuanto mi mirada se cuela por la estrecha abertura del yelmo y alcanza el azul de sus ojos, algo se enciende dentro de mí. Un chispazo extraño. Íntimo. Como si lo conociera desde siempre. Como si pudiera confiarle hasta mi secreto más profundo sin pensarlo dos veces.

—Tú... —murmura él.

El yelmo empieza a resquebrajarse. Primero un hilo, luego otro, hasta que las grietas se multiplican como si algo desde dentro exigiera liberarse. Una luz se filtra por las fisuras y, finalmente, el casco estalla en pedazos metálicos que caen al suelo con un eco apagado.

Y entonces lo veo.

Mentiría si dijera que no es apuesto. Sus facciones son demasiado precisas, casi irritantes en su perfección. Ojos azul claro, más luminosos sin la prisión del yelmo, que contrastan con el desorden calculado de su cabello negro. Pero lo que realmente me sofoca es la forma en que me mira. Como si ya supiera algo de mí. Como si no pudiera evitarlo. Como si... le perteneciera.

Y eso es absurdo. Totalmente absurdo.

—No puede ser... —dice el rey, sin recuperar el aliento—. Es imposible.

Yo sigo mirando al príncipe. Él tampoco aparta los ojos.

—Debe... debe ser una equivocación —susurro, dando un paso atrás.

Él actúa más rápido. Su mano rodea mi muñeca.

—No —dice, firme, como si esa sola palabra bastara.

Tiro del brazo, indignada.

—Suéltame.

Lo hace, pero apenas un centímetro antes de que yo termine de zafarme por mi cuenta.

—Ella es tu amor verdadero —declara la reina, casi con orgullo.

—No es su amor verdadero —grita Dylan—. Ella es mi novia.

La vergüenza me golpea como una ola helada.

El rey interviene:

—Eso jamás se equivoca. Si el yelmo se rompe, es porque encontró a su amor verdadero.

—¿Y si...? —me obligo a hablar aunque mi voz tiemble—. ¿Y si yo soy su amor verdadero, pero él no es el mío? Esto no tiene sentido. Ni siquiera pertenezco a este mundo.

La reina niega suavemente, como si hablara con una niña ingenua.

—El amor verdadero es recíproco. Solo si ambos sienten lo mismo, la maldición se rompe.

Trago saliva. Vuelvo a mirarlo. Sus ojos intensos me recorren sin disimulo.

El príncipe da un paso hacia mí.

—He conocido princesas de reinos, he recorrido ciudades enteras, visto rostros y nombres que no han dejado nada en mí —dice con una seguridad que me enerva—. Nunca pasó nada. Te veo a ti... y ocurre esto. Y tú sentiste lo mismo —susurra—. Si no, el yelmo no habría cedido. Por eso te casarás conmigo.

¿De verdad este hombre no conoce la palabra prudencia?

—Ella no se casará con usted —replica mi padre—. No conoce este lugar. No lo conoce a usted.

—Entiendo que se preocupe —responde el príncipe sin perder la compostura—, pero lo que acaba de suceder no se puede ignorar.

—No creemos en maldiciones —añade mi madre con firmeza.

—Y además —dice Dylan—, ella es mi novia. Ella no se casará contigo.

La mirada del príncipe cambia. Se endurece.

—¿Y quién te dio permiso para tutearme, imbécil? —dice con un tono letal—. Para ti, soy el príncipe Zyran.

Dylan avanza, furioso. Zyran levanta una mano y los guardias se detienen. Dylan intenta golpearlo, pero el príncipe se mueve con la misma facilidad con la que respira. Esquiva el golpe y le devuelve uno que lanza a Dylan varios metros atrás.

El aire se me corta.

Corro hacia él y lo ayudo a incorporarse mientras Zyran se acerca con pasos decididos.

—Si planean quedarse en este reino como guerreros —dice con la tranquilidad de alguien que sabe que tiene el control—, deberás casarte conmigo. No pretenderás que el pueblo sepa que rompí la maldición y aun así sigo soltero. Sería... problemático. Si no aceptas, su única opción será irse a otro reino.

Me levanto, coloco a Dylan detrás de mí y me planto frente al príncipe.

—Pero dijeron que en los otros reinos nos tratarían mal. Que quizá ni siquiera tendríamos oportunidad de quedarnos sin consecuencias.

La respuesta de Zyran llega sin dudar.

—Jamás dejaría que te pasara algo a ti. —Sus ojos se hunden en los míos—. Puedes estar segura de eso. Pero a tu familia... —desvía la mirada apenas un segundo— no puedo garantizarles lo mismo. Ellos no rompieron ninguna maldición. Y menos una real.

La injusticia arde en mí.

—Eso no es justo.

—Lo sé —dice, con una sonrisa que detesto por lo segura que es—. Pero es lo que hay. Ahora dime, ¿qué prefieres?

Antes de que pueda responder, mi padre me toma del brazo.

—Hija, no harás algo que no quieres. Nos iremos.

—¿Qué? —exclama Kiara.

—Así es —insiste mi madre—. Nos arreglaremos como podamos. No sacrificarás tu libertad por nosotros.

Y ahí es cuando lo entiendo. Si nos vamos, corren peligro. Dylan incluso más, después de enfrentar a Zyran. Si me quedo, si acepto... ellos vivirán. Yo puedo soportar al príncipe. Pero no puedo sobrevivir sabiendo que ellos no lo hicieron por mi culpa.

Camino hacia Zyran. Él no se mueve. Me espera.

—¿Y bien? —pregunta.

—Acepto casarme —digo, con voz firme aunque por dentro tiemble.

Toda mi familia habla al mismo tiempo.

—¿Qué?

—Hija no—

—Haelyn no hagas eso—

Pero la reina ríe suavemente, radiante.

—Mi hijo se casará. Avisaré a las sirvientas para que preparen una habitación y comencemos con los preparativos...

—No tan rápido —la interrumpo—. Si voy a casarme contigo, cumpliré mi palabra. Pero tengo dos condiciones.

Zyran entrecierra los ojos, atento.

—Soy todo oídos.

—Haelyn, no tienes que hacerlo —susurra mi padre, pero no lo escucho.

—Primero: nos casaremos cuando yo lo decida. Cuando esté lista. Y segundo: quiero a mi familia cerca. Viva. Segura.

El silencio es tenso. Todos esperan la reacción del príncipe.

—¿Hijo? —pregunta el rey.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.