Crónicas de un Reino Sellado

Capítulo 5

Haelyn Burnet

Han pasado cerca de veinte minutos desde que Elodie —mi "dama de compañía", como insiste en llamarse— vino a informarme que debía bajar a cenar con sus majestades. Lo dijo con esa delicadeza impecable que parece venirle grabada en los huesos, como si realmente creyera que me haría ilusión sentarme a comer con dos desconocidos que decidieron encadenarme hace apenas un día y su hijo caprichoso.

Naturalmente, no pienso hacerlo.

La sola idea de enfrentarme a modales monárquicos, reglas que desconozco y miradas escrutadoras me provoca un nudo en el estómago. Prefiero quedarme aquí, encerrada, sin cenar, que exponerme a que se rían de mí o, peor, a que me observen como si fuera alguna curiosidad exótica del reino. Solo espero que mi familia esté bien.

Pero los minutos avanzan, y mi estómago empieza a rugir como si quisiera vengarse de mi terquedad. Debería haber aprovechado mejor la merienda que me trajo Elodie. Solo bebí el té; ahora lo lamento.

Tres golpecitos suaves interrumpen mis pensamientos.

—¿Puedo pasar?

Esa voz. Ese tono arrogante que sin siquiera intentarlo me enciende la sangre.

—Si te digo que no, ¿te irás? —pregunto sin moverme.

—No.

—Entonces no entiendo para qué preguntas —murmuro, molesta.

La puerta se abre igual. Entra, y la cierra detrás de él, como si la habitación le perteneciera.

—Es parte de la educación formal —responde, con ese aire suyo de "siempre tengo razón".

Me cruzo de brazos.

—¿Qué sucede?

—No has ido a cenar —dice mientras se sienta en el borde de mi cama, completamente cómodo, como si yo hubiera invitado a este irritante príncipe a compartir mi espacio.

—¿De veras? No lo sabía. Gracias por el aviso —respondo, cargando el comentario de toda la ironía posible.

En lugar de molestarse, se ríe. Tal cual. Como si yo fuera un chiste privado.

—¿Qué es tan gracioso? —espeto.

—Olvídalo. Vendrás a cenar.

—No —me reafirmo cruzando aún más los brazos, como si sirviera de barrera—. No lo haré.

—¿Por qué no?

—¿Qué más te da, Su Majestad?

—Claro que me importa —su voz baja un grado, volviéndose más seria—. Eres mi futura esposa. No pienso dejar que te mueras de hambre.

Aparto la mirada hacia la ventana. No le doy una respuesta. No quiero dársela. El silencio se instala entre nosotros, y aun así siento su mirada fija en mí, insistente, casi paciente.

—¿Cómo pretendes que vaya tan tranquila a cenar con personas que no conozco? —digo al fin— Después de que nos encerraran, después de que me negaras saber nada de mi familia... y sin conocer ninguna de sus reglas. No pertenezco aquí.

—Al parecer tenía razón —responde él, como si hubiera estado esperando escuchar algo así.

Antes de que pueda preguntarle qué demonios quiere decir, tres golpes vuelven a sonar en la puerta.

—Puedes pasar —ordena él, ni siquiera mirando hacia allí.

Elodie entra con paso ligero, casi silencioso, y sostiene una bandeja enorme entre las manos. La deja con cuidado sobre la mesa pequeña y, en cuanto el aroma cálido y especiado me golpea, mi estómago ruge con una traición humillante.

—Con permiso —dice con una pequeña inclinación.

Miro la bandeja: una chuleta de cordero asada, bañada en especias que despiden un perfume dulce y terroso; zanahorias y nabos glaseados cuyo brillo parece miel; pan blanco, suave, con la corteza apenas tostada. Todo humea con un atractivo que me frustra y me tienta a la vez.

—Gracias, puedes retirarte —dice Zyran con natural autoridad.

Elodie asiente y se va, cerrando la puerta sin hacer ruido.

Cuando vuelvo a mirar a Zyran, él ya está tomando la bandeja para acercarla al lugar donde me senté toda la tarde. ¿Cómo lo sabía?

—Creí que dirías que no —comenta con tranquilidad—, así que le pedí a Elodie que preparara algo y lo trajera aquí.

Me sorprende. Mucho más de lo que estoy dispuesta a admitir.

Me siento, y él desliza la bandeja justo frente a mí.

—Adelante —dice, como si fuera lo más normal del mundo.

Lo miro a él, luego la comida. Otra vez a él.

—Cuando dije "personas que no conozco" —murmuro—, también me refería a ti.

Una parte de mí preferiría cenar con él antes que con los reyes, pero no pienso confesarlo ni bajo amenaza.

—No seas testaruda —replica sin perder la calma—. Come. ¿Vas a hacer una huelga de hambre?

Frunzo los labios, pero tomo los cubiertos. El cuchillo me pesa entre los dedos como si fuera un arma que no sé usar.

No quiero hacerlo mal. No delante de él. No después de todo lo que he vivido hoy.

—No te preocupes —dice, notando mi tensión—. Escúchame. El cuchillo va en tu mano derecha. No lo uses para pinchar. Solo corta con la punta hacia abajo y deja que la carne caiga en trozos pequeños. Luego usa la cuchara o el tenedor pequeño para llevártelos a la boca.

—Tantas indicaciones para cortar un trozo de carne —murmuro, aunque sigo exactamente lo que me dice.

Inclino el plato hacia mí, pero él lo devuelve a su posición original.

—Nunca acerques el plato. Deja que la comida venga a ti.

Esta gente está loca.

Aun así, me esfuerzo en hacerlo bien. Empiezo a comer, y él no dice nada, lo que supongo significa que no estoy cometiendo un sacrilegio culinario.

—Así —indica, con la voz más baja—. Mantén los codos cerca del cuerpo. Corta despacio. No llenes demasiado la cuchara.

Sigo sus instrucciones. No puedo negar que hace que todo sea más fácil. Cuando casi termino, lo miro sin pensarlo, y me encuentro con una sonrisa suave, casi divertida, en su rostro.

—¿Por qué te ríes? —pregunto.

—Te ves adorable comiendo —responde, reclinándose en la silla.

—Qué comentario tan básico y típico —digo, haciendo una mueca.

Él sonríe. El traje oscuro y ajustado que lleva se abre ligeramente en el pecho, donde descansa un amuleto con forma de algún animal que desconozco. Es imposible no notarlo, no observar la fuerza que insinúan sus hombros, el corte nítido de su mandíbula.




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