Haelyn Burnet
Esta mañana, cuando despierto, Elodie ha dejado una muda de ropa colgada en la puerta del armario. Negra. Toda negra.
Después de asearme, entra en la habitación con su expresión cuidadosa de siempre y me explica, con voz suave, que el príncipe le ha dado órdenes claras: esa será mi ropa hoy.
No me gusta nada.
Desayuno sin demasiado apetito y bajo al salón principal tal como me indicó. El eco de mis pasos resuena en el mármol pulido hasta que lo veo apoyado contra una de las columnas, esperándome como si supiera exactamente a qué hora iba a llegar.
—Llegas puntual —dice, con ese tono suyo que parece una mezcla de burla y satisfacción.
No se molesta ni un segundo en disimular cómo me observa.
El atuendo es ajustado, demasiado. El arnés me cruza el torso y se ajusta a la cintura como si estuviera diseñado para recordarme cada movimiento de mi cuerpo. El cinturón sostiene dos dagas a mis costados. No llevo mangas ni guantes; el calor sería insoportable.
—¿Se puede saber para qué me necesitas? —me miro horrorizada—. ¿Y por qué tengo que ir vestida así?
Nunca me han gustado las prendas tan ceñidas. Soy demasiado delgada para ellas, demasiado consciente de cada mirada.
—Vamos a entrenar.
—¿Qué?
—Lo que oíste.
Parpadeo, incrédula.
—No quiero asustarte, Haelyn —continúa, más serio—, pero allá afuera hay personas que empezarán este proceso contigo y que conocen este mundo mucho mejor. Están entrenadas. Yo estaré cerca para protegerte, pero necesito que al menos puedas defenderte sola.
Cruzo los brazos.
—¿Y mi familia? Ellos tampoco saben nada de este lugar.
—Mis dos mejores amigos se encargan de su entrenamiento —responde—. No es el tiempo ideal, solo queda una semana antes de que empiece oficialmente, pero es mejor eso que nada. Además... —me mira con descaro— tú recibirás la mejor preparación.
Ahí está. La arrogancia.
—No lo necesito —digo—. Puedo defenderme sola, gracias.
—Vamos, Haelyn —insiste—. No seas testaruda. Habrá gente compasiva, sí, pero otros no lo serán. Algunos pueden masacrarte solo por parecer débil.
Me observa como si intentara convencerme sin obligarme.
—Solo intenta no hacer comentarios narcisistas —le digo.
—Hecho —responde, sonriendo como si acabara de ganar algo
✦ ✦ ✦
El lugar al que me lleva parece un salón enorme adaptado como área de entrenamiento. Armas alineadas, suelo firme, muros altos. Otro recordatorio de que este castillo es una fortaleza en todos los sentidos.
—Esto es absurdo —murmuro.
—Haz lo que te digo —ordena—. Atácame.
—No sé atacar a nadie. Nunca he tenido que hacerlo.
—Imagina que me odias.
—Eso no tengo que imaginarlo.
Se echa a reír.
—¿Eres un psicópata? Siempre te ríes cuando digo cosas así.
—No —responde acercándose—. Me divierte tu intento de hacerme creer que me odias.
Da varios pasos largos hasta que mi espalda choca con la pared.
—No te acerques más.
—Es un truco viejo, Haelyn —dice, sin retroceder—. Tus comentarios, tu actitud... todo para que me decepcione y te deje en paz.
Hace una pausa, su voz baja.
—Pero no va a funcionar.
Se acerca un poco más.
—Sé perfectamente que, aunque no quieras admitirlo, sientes algo por mí. Y te aviso una cosa —susurra—: podrías ignorarme, golpearme, escupirme... y aun así te seguiré viendo como mi mujer. La única con la que quiero casarme. La única que quiero tocar. La única que quiero besar.
—Estás loco —digo, con la voz temblándome—. No me conoces.
—No necesito meses —responde—. Contigo siento más que con cualquiera en años.
Un cosquilleo me recorre el estómago y lo odio por eso. Nadie me ha hablado así jamás.
Da un paso atrás.
—Y sé algo más —añade.
El miedo me atraviesa.
—¿Qué? —pregunto.
—Sé lo que hablaste con tu familia.
Mi corazón se acelera.
—Sé lo que te dijo tu padre —continúa—. Que siempre fuiste más débil. Y aun así te niegas a entrenar conmigo.
La rabia me invade. No pienso. Actúo. Lanzo el puñetazo con toda la fuerza que tengo.
Pero no llega.
Él atrapa mi muñeca en el aire.
—Eso —sonríe—. Eso es exactamente lo que necesitaba.
—Imbécil.
—Empecemos con lo básico.
Resoplo. No tengo escapatoria.
—Postura —ordena—. Separa los pies al ancho de los hombros. Flexiona las rodillas. Estás demasiado rígida.
Obedezco.
—¿Listo?
—Paciencia —corrige—. Los brazos relajados, pero preparados. No los tensiones tanto.
—¿Algo más, Su Alteza?
—Sí —responde—. Tu actitud. Intenta no parecer que vas a explotar.
—Estoy perfectamente segura —miento—. Solo quiero terminar.
Suspira.
—Empezaremos con movimientos básicos de defensa y ataque. ¿De acuerdo?
Lo miro, cansada, decidida.
—De acuerdo.
✦ ✦ ✦
Me dejo caer en el suelo del salón sin ninguna dignidad. El cuerpo me pesa como si estuviera hecho de piedra. Estoy agotada, exhausta, al borde de no poder mover ni un dedo. Nunca en mi vida he estado tan cansada. Nunca he hecho tanto ejercicio.
He perdido la cuenta de las horas que llevamos aquí. Mi estómago ruge con fuerza, protestando, y estoy segura de que el horario del almuerzo quedó atrás hace siglos.
Dice que me quiere. Si esto es querer, es prácticamente un acto suicida.
—¿Acaso quieres matarme? —gruño, con la respiración entrecortada.
—Debes estar preparada para este tipo de situaciones —responde con total calma.
—¿Preparada? —me río sin humor—. Esto es una tortura.
Zyran se inclina hacia mí. Ni una gota de sudor, ni una señal de cansancio. Claro que no. Él es quien me ha derribado una y otra vez, quien no ha detenido el entrenamiento hasta verme caer definitivamente.
—No eres débil, Haelyn —dice—. Simplemente es algo que jamás has hecho. Y no se aprende de la noche a la mañana. Con constancia... y con tu voluntad, puedes lograrlo.
#1278 en Fantasía
#209 en Magia
reinosmagicos, romance odio pasión intencidad drama, maldicones
Editado: 30.01.2026