Haelyn Burnet
Hoy es mi último día de entrenamiento.
Lo sé desde que abro los ojos. Lo siento en el pecho, en esa presión incómoda que no me abandona desde que puse un pie en este lugar. Lo que viene después no será fácil, y si quiero sobrevivir, tengo que darlo todo hoy.
Zyran no me da tregua.
Ataca una y otra vez, rápido, preciso, implacable. Apenas tengo tiempo de reaccionar. Cada movimiento suyo es un recordatorio de la distancia que nos separa: él se mueve como si hubiera nacido con una espada en la mano; yo apenas llevo una semana intentando no caer de bruces.
Uno de sus brazos choca contra mí y me hace retroceder varios pasos. El impacto me sacude los pulmones, pero no me permito caer. No me lo permite él.
Tomo los trozos de madera que simulan dagas y los cruzo justo a tiempo para frenar el siguiente golpe de su espada —también de madera—. La vibración me recorre los brazos hasta los hombros.
—Muy lenta —dice, sin una pizca de culpa.
—Llevo solo una semana —respondo, sin aliento—. Tú llevas toda una vida.
No tengo oportunidad de atacarlo. Lo entiendo rápido. Así que cambio de estrategia: esquivar, resistir, mantenerme en pie. Uso los pies, intento desestabilizarlo, busco cualquier fallo en su postura. Nada funciona.
—Oye, ¿quieres dejar de hacer eso? —le espeto, frustrada.
Zyran suelta una carcajada breve, casi divertida.
—¿Hacer qué? ¿Esperas que me contenga?
—Ten en cuenta que las personas que estarán ahí no están preparadas como tú —empiezo, pero me detengo al ver su sonrisa—. Tú ya pasaste por esto. Y no todos son tan fuertes como...
Su expresión se vuelve insufriblemente satisfecha.
—¿Disculpe, señorita Burnet? —dice, con falsa solemnidad—. ¿Acaso acaba de elogiarme?
—Claro que no. Solo soy realista.
—Entonces aceptas que tienes muchísima suerte de estar comprometida con un hombre como yo.
Aprieto la mandíbula. Juro que ese tono suyo despierta impulsos homicidas.
—Serás insoportable.
Me lanzo hacia él con todo lo que me queda. Esquiva el primer ataque, pero no me detengo. Vuelvo a intentarlo, y otra vez. Me atrapa las muñecas antes de que pueda tocarlo, pero no pienso quedarme quieta: levanto la pierna y lanzo una patada que lo sorprende lo suficiente como para arrancarle un gemido.
Sin pensarlo, le doy un cabezazo.
El impacto lo obliga a soltarme y retroceder. Aprovecho el instante, preparo el puño, pero Zyran reacciona más rápido. Me desarma, me inmoviliza y me atrae hacia él hasta que puedo sentir su respiración contra mi frente.
—Casi —murmura—. Casi consigues hacerme un daño mínimo, preciosa.
—Suéltame —gruño—. Y no me llames así. Suena horrible.
Sonríe. Siempre sonríe cuando me enfurezco.
Me libera y da un paso atrás.
—Pero es inevitable—continúa.
—Definitivamente estás loco.
—Volviendo al tema —dice, como si nada—. Si hoy eres capaz de darme un cabezazo, mañana quizá no te vaya tan mal.
—¿Gracias? —respondo, sarcástica.
Me dejo caer en uno de los bancos cercanos. El cuerpo aún me duele, pero ya no como los primeros días. Eso debería alegrarme... y no lo hace.
Levanto la vista sin querer.
Zyran bebe agua de una petaca. Observo cómo su garganta se mueve con cada trago. Está cubierto de sudor, los brazos tensos, la ropa de entrenamiento se le ajusta de una forma que no debería notar. Se pasa el agua por el rostro, se sacude el cabello húmedo.
Maldita sea, Haelyn. Aparta la vista.
—La mirada pesa, señorita Burnet —dice sin girarse.
La retiro al instante.
Se ríe, disfrutando demasiado de mi incomodidad.
—Ya me voy —digo, poniéndome de pie.
—No tan rápido —me corta el paso—. Quiero mostrarte algo.
—Si es otro jardín, mejor paso.
—No —ríe—. Solo quiero que veas aquello a lo que te enfrentas.
Eso despierta mi curiosidad pese a mí misma.
Me guía hasta el jardín que ya conozco, pero no se detiene ahí. Cruzamos otra puerta, avanzamos más allá, hacia una zona que no había visto antes. Entonces lo entiendo.
—Haelyn —dice, con una seriedad distinta—. Quiero que conozcas a Astel.
Su Ynhar.
Me quedo sin palabras ante la criatura que se alza frente a mí.
Y pensar que existen miles como esta... o quizá peores.
El Ynhar de Zyran es mucho más grande de lo que había imaginado. Su cuerpo es masivo, compacto, hecho para la guerra. Las escamas negras que lo recubren absorben la luz como si esta jamás hubiera sido bienvenida sobre su piel. Avanza despacio, seguro, con cada garra clavándose en el suelo como una advertencia silenciosa. Cuando alza la cabeza, deja ver colmillos largos y afilados, y unos ojos brillantes que observan con una inteligencia inquietante.
—¿Es un darke? —pregunto, apenas consciente de mi propia voz.
Zyran frunce el ceño y me mira con atención.
—¿Cómo lo sabes?
—En mi mundo existían leyendas sobre esta criatura —respondo—. Nunca pensé que fueran reales. Mucho menos que llegaría a ver una.
—Ya no estás en tu mundo —dice simplemente.
Asiento, todavía hipnotizada.
—¿Qué signo te ofrece?
—Regeneración.
—¿Regeneración?
—Depende de la gravedad de la herida —explica—, pero en combate resulta extremadamente eficaz.
Tiene sentido. Demasiado.
Astel se mueve de pronto y el impulso es inmediato: retrocedo un paso, el corazón golpeándome el pecho.
—Tranquila —dice Zyran, acercándose al Ynhar y acariciando su cuello con naturalidad—. No te hará daño. Es un buen chico. Sabe que eres mía... y te protegerá tanto como yo.
No estoy segura de qué me inquieta más: la bestia o la forma en que lo dice.
Aun así, doy un paso al frente. Zyran me hace un gesto para que lo toque. Astel clava sus ojos en mí y trago saliva. Hay algo en su mirada que me hace sentir desnuda, vulnerable, como si pudiera romperme en cualquier momento.
#1278 en Fantasía
#209 en Magia
reinosmagicos, romance odio pasión intencidad drama, maldicones
Editado: 30.01.2026