Haelyn Burnet
Tomo mis dagas y respiro hondo antes de avanzar.
—No te preocupes, va a estar todo bien —me anima Noreen, apoyando una mano en mi brazo.
—Gracias —respondo, aunque no estoy del todo convencida.
Los demás también me desean suerte. Antes de cruzar el límite de la arena, busco a Zyran con la mirada. Está allí... pero no me está mirando. No sé por qué eso me decepciona más de lo que debería.
Entro en la arena.
El hombre frente a mí es alto, ancho de hombros, claramente experimentado. Lleva una espada en la mano y un arco colgado a la espalda. Esto será más complicado de lo que pensaba.
No es un novato. Se le nota en la postura, en cómo distribuye el peso, en la calma tensa con la que me observa.
Dan la señal.
Ataca primero, sin dudarlo. La espada baja con fuerza y apenas logro esquivarla. El aire se corta donde estaba mi cabeza hace un segundo. Respondo de inmediato, obligándolo a retroceder, pero no cedo terreno con facilidad. Cada golpe suyo pesa. Cada bloqueo me sacude los brazos.
Es difícil. Mucho más de lo que esperaba.
Mi objetivo está claro: el arco.
Me muevo, lo provoco, lo obligo a girar. Intenta mantenerme siempre al frente, pero aprovecho un descuido. Me deslizo bajo su guardia y lanzo una patada precisa. El cuero cede y el arco sale despedido hacia el otro extremo de la arena.
No pierde tiempo. Se lanza hacia mí antes de que pueda tomar ventaja. Ahora solo queda la espada... y los minutos que restan.
Seguimos intercambiando golpes. Mi respiración se acelera. Por un momento, la sensación me resulta inquietantemente familiar. Pelea con fuerza, con técnica. Pienso en Zyran. Solo por un segundo.
Pero no. No es lo mismo. Es bueno, sí, pero no está a ese nivel.
Cedric logra derribarme con un empujón brutal. Caigo de espaldas y, antes de reaccionar, lo tengo encima. Alza la espada para golpearme.
Cruzo las dagas entre nosotros y bloqueo el ataque. Forcejeamos. Su peso me aplasta contra la arena. Los brazos me tiemblan.
Entonces actúo.
Le doy una patada directa a la entrepierna.
El grito sale de su garganta sin control.
Lo empujo con fuerza y, antes de que pueda recuperarse, le lanzo otra patada que lo hace caer. Me incorporo y, sin darle tregua, estrello el pie contra su rostro. Su cabeza golpea la arena. Intenta reincorporarse pero...
—¡Tiempo!
La voz resuena con claridad.
Estoy de pie yo.
Respiro hondo y me giro para salir. Un problema menos del que preocuparme.
Pero sin aviso, un golpe me impacta la espalda.
Caigo de rodillas. El aire se me escapa de los pulmones y el dolor arde de inmediato. Intento girarme—
Pero no llego a ver a Cedric.
Una sombra entra en la arena y el impacto suena seco. Cedric sale despedido varios metros y cae al suelo sin ninguna elegancia.
Zyran.
—¿Qué haces aquí? —protesta Cedric al incorporarse—. No puedes entrar en la arena. Esto es un duelo, solo para iniciados.
Zyran no alza la voz. No lo necesita.
—No la vuelvas a tocar —dice con frialdad—. No pongas un solo dedo sobre ella. Si lo haces otra vez, te mato.
El silencio cae como un peso sobre todos.
—El tiempo del duelo ya había terminado —continúa—. No tenías ningún derecho.
—Es cierto —interviene la mujer de esta mañana—. El tiempo había finalizado. No debías continuar. Y tú, Zyran, la próxima vez deja esto en manos de los instructores. No debes intervenir con esa brusquedad.
Zyran se gira, claramente molesto, y se acerca a mí.
—¿Estás bien? —pregunta—. Perdóname por no intervenir antes. Te juro que si—
—Está bien, Zyran. No te preocupes.
Mentir me duele casi tanto como respirar. Descargó toda su rabia conmigo.
Me ayuda a levantarme con cuidado. Pero al dar el primer paso, el dolor me atraviesa.
—¿Te duele mucho?
—No —respondo rápido—. Bueno... sí, pero puedo soportarlo.
Alzo la vista y veo a mis padres, a Kiara, a mi escuadra e incluso a Dylan observando la escena. La vergüenza me quema.
—Claro que no —dice—. Déjame ayudarte.
—No es necesario.
Me ignora.
Antes de que pueda protestar, me carga en brazos. Al estilo princesa. Exactamente lo que más temía. El dolor me impide forcejear.
—Zyran, bájame ahora mismo. Esto es vergonzoso.
—No lo es —responde mientras camina—. No quiero que te esfuerces. Ignora a los demás.
Me lleva hasta mi habitación y me recuesta con cuidado en la cama. Me quedo quieta, con la espalda apoyada en el espaldar.
—¿Cómo sabías cuál era mi habitación?
—¿Crees que el príncipe no sabría dónde se hospeda su prometida?
—Tampoco me dijiste que estarías en Syquin.
—Hay muchas cosas que no te he dicho.
—¿Tienes secretos con tu prometida?
Alza una ceja, divertido.
Me llevo una mano a la boca, consciente demasiado tarde de lo que dije.
—Lo dices con tanta normalidad —sonríe—. Parece que ya superaste la fase de negación.
—Claro que no —me defiendo—. Solo quería que te sintieras obligado a contármelo todo.
—Supongo que cuando tú no me ocultes nada, yo haré lo mismo.
—No te oculto nada —cruzo los brazos.
—¿Estás segura? —se acerca—. No me mientas, Haelyn. Te puede ir muy mal si lo haces.
Está demasiado cerca. Puedo sentir su respiración. Mi atención se centra en esa cercanía peligrosa.
—No debes besar a tu prometida antes de la boda.
Zyran ríe. Sus hoyuelos aparecen y su sonrisa es... molesta. Atractiva. Entiendo perfectamente por qué tantas están obsesionadas con él.
—Te delatas tú sola.
—No sé de qué hablas.
—Debiste entender que te casarás con el príncipe más poderoso, fuerte y atractivo de—
—También el más testarudo, injusto, manipulador y egocéntrico —lo interrumpo—. Si la gente conociera esas partes de ti, no querrían casarse contigo. Como yo.
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Editado: 26.07.2026