Crónicas de un Reino Sellado

Capítulo 12

Haelyn Burnet

Esta mañana la escuadra va junta a desayunar antes de las clases. Por suerte encontramos una mesa libre, lo bastante grande para todos. Nos acomodamos sin demasiado orden, aún somnolientos, aún tensos.

El comedor está lleno. Iniciados y avanzados comparten el mismo espacio, sentados donde quieren. La mesa de Zyran queda relativamente cerca de la nuestra. Lo noto incluso antes de mirarlo.

—¿Están nerviosos? —pregunta Soren, rompiendo el silencio.

—No —responde Iria casi al instante.

Soren la mira de reojo.

—Se nota que eres segura de ti misma.

—Yo sí lo estoy —confieso sin rodeos.

—Igual yo —añade Noreen—. Aunque hoy no habrá duelos de iniciación.

Lo dice como si eso debería tranquilizarnos.

—Tranquilos —dice Soren—. Empezaremos con historia de Quistalyn.

Hace una pausa.

—Aunque después... no estoy tan seguro.

—Luego tenemos la clase sobre los Ynhar —agrega Riven—. Para irnos familiarizando.

Kael niega con la cabeza.

—No lo llamaría familiarizar. Más bien es para entender a qué nos vamos a enfrentar.

—Haces que suene peligroso —comenta Maelis.

—Porque lo es —respondo.

Iria suspira, claramente cansada del tono que está tomando la conversación.

—Ya basta. Digamos lo que digamos, vamos a tener que enfrentarlo igual.

Nos mira uno por uno.

—No es como si pudiéramos evitarlo.

Tiene razón.

Levanto la mirada casi sin darme cuenta y mis ojos van directos a la mesa de Zyran. Está conversando con sus compañeros. La chica rubia sentada a su lado se ríe y se inclina hacia él con naturalidad. Zyran también ríe. Le revuelve el pelo de un lado a otro mientras ella sigue riendo, sin apartarse.

Una punzada extraña me aprieta el estómago.

No es nada fuera de lo normal. Amigos riendo. Lo sé. Solo... creí que era distinto. Más reservado. Aunque, claro, es el príncipe. Me digo que no me molesta. No debería.

Aparto la vista.

Entonces veo a mi familia de pie, conversando con Dylan. Han encontrado la forma de acercarse a él. Sin pensarlo demasiado, me levanto y voy hacia ellos sin decir nada.

—Haelyn —dice Dylan al verme—. ¿Cómo estás? Ayer me preocupé mucho durante el duelo, pero no podía acercarme.

—No pasa nada —le aseguro—. Lo entiendo. Estoy bien.

—Kiara nos dijo que estabas mejor —añade mi padre.

—Así es.

—Gracias al príncipe —dice mi madre—. Por ayudarte.

El silencio que sigue es incómodo. Kiara y yo asentimos sin decir nada.

—¿Y tú, Dylan? —pregunto—. No pude verte. ¿Te fue bien?

—Sí. Perdí. Pero sin daños graves —dice, y toma mi mano—. Tranquila.

—Dylan...

No debería. No así. No aquí. Pero no retiro la mano.

—No quiero que te pase nada —digo—. Sé que estamos en sectores distintos, pero debes ser fuerte. Sobrevivir.

—Debemos volver todos juntos —añade mi madre.

—No se preocupen —responde él, entrelazando sus dedos con los míos—. Puedo arreglármelas. Además, tengo amigos en mi escuadra.

Sonrío sin pensarlo.

Entonces levanto la vista.

Zyran me está mirando.

Su expresión es dura. La mandíbula se tensa lentamente, como si estuviera conteniéndose. Me observa como si acabara de presenciar algo que no está dispuesto a tolerar.

Suelto la mano de Dylan con cuidado.

—Yo... —digo, sin dejar de mirarlo—. Voy a terminar de desayunar.

Camino rápido, pero no llego lejos. Zyran se cruza en mi camino.

—¿Me permites una conversación? —pregunta.

—¿Qué pasa? —respondo, manteniendo la calma.

El murmullo del comedor continúa. Comen, hablan, se mueven... pero miran. Disimulan mal.

—¿Qué pasa? —repite, con sarcasmo—. Acabas de entrelazar los dedos con Dylan y me preguntas qué pasa.

—¿Y qué tiene de malo? Es un amigo.

—Fue tu novio —replica—. Y por si no lo sabes, aquí eso lo sabe todo el mundo.

—No es mi culpa que sean tan comunicativos en tu reino.

—Olvida a los demás —dice, dando un paso más cerca—. No soporto que te acerques a él. Es un idiota.

—Piensa que es solo un amigo —contesto—. Es normal que los amigos se tengan confianza. ¿O acaso tú no ríes y conversas con los tuyos?

Zyran se queda en silencio.

Luego, de pronto, se ríe.

—¿Qué es tan gracioso? —pregunto, molesta.

—Con que eso era.

—¿Eso qué?

—Estás celosa.

Suelto una carcajada incrédula.

—Ahora sí confirmo que estás loco —digo—. ¿Celosa de quién? ¿Y por qué? Sabes perfectamente que no siento nada por ti.

—Eso es lo que dices —responde—. Pero si la maldición se rompió, fue por algo.

Trago saliva.

—Esto es porque me viste con Bler, ¿no? —añade—. La chica rubia.

—Sí te vi —respondo, furiosa—. Y no me importa. Le di la mano a Dylan porque está solo, en un lugar que no conoce. Tengo sentido común y empatía. No eres el centro del mundo, mucho menos del mío.

Zyran me observa unos segundos. Luego sonríe.

—Te ves hermosa cuando te enojas.

Me quedo sin palabras.

—Zyran —digo, más calmada—. Estoy hablando en serio.

—Yo también —responde—. No quiero que te acerques a él.

Hace una pausa breve.

—Eres mía.

Siento un escalofrío.

—Y antes de que sigas inventando cosas —continúa—, la chica que viste no llevaba yelmo. Ya rompió la maldición. Se casará pronto. Nos conocemos desde niños.

—No estaba...

—Nos vemos después —me interrumpe. Se da la vuelta y se va.

En ese momento anuncian el inicio de las primeras lecciones. El comedor comienza a vaciarse. Cada uno toma su rumbo.




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