Crónicas de un Reino Sellado

Capítulo 13

Haelyn Burnet

Entramos al aula cuando el sol aún se filtra por los ventanales altos, proyectando luces doradas sobre el suelo de piedra pulida. Me detengo un segundo sin querer. El lugar parece sacado de una película... o de uno de esos libros de fantasía que leía creyendo que jamás existiría algo así.

Las paredes están cubiertas de tapices antiguos, bordados con símbolos que no reconozco pero que transmiten poder. Escudos de metal oscuro cuelgan entre estandartes de distintos colores, y el techo se alza tan alto que parece perderse entre sombras. Candelabros con llamas estables que no tiemblan.

Trago saliva.

Esto es real.

Nos sentamos por escuadras. Noreen se acomoda a mi lado casi de inmediato, como si fuera lo más natural del mundo, y me dedica una sonrisa tranquila. Riven queda un par de asientos más allá, con los demás.

—Esto es impresionante —murmuro.

—Te acostumbras —dice Noreen—. O eso dicen.

No estoy segura de querer acostumbrarme.

La puerta del fondo se abre con un golpe seco, y el murmullo general se apaga al instante.

La mujer que entra es alta, de cabello oscuro recogido con firmeza. Viste una túnica gris con bordes plateados y el emblema de Syquin bordado a la altura del pecho. Su presencia no es agresiva, pero sí dominante.

—Buenos días, iniciados —dice con voz clara—. Soy Maestra Elthira Vael, y esta es su primera clase de Historia y Estructura de Quistalyn.

Camina lentamente frente a nosotros, observándonos uno por uno.

—Antes de empuñar un arma, deben entender por qué la empuñan.

Se detiene frente a una gran mesa de piedra. Con un leve gesto de la mano, el aire frente a ella se ondula y aparece un mapa suspendido, luminoso, detallado hasta el último valle.

Mi respiración se corta.

—El mundo que conocen hoy no siempre estuvo dividido así —continúa—. Hace siglos, Quistalyn era un solo territorio. Un solo mando. Una sola fuerza.

El mapa cambia. Líneas se quiebran. Fronteras aparecen.

—Las guerras internas, las disputas de poder y la ambición fragmentaron el territorio en tres reinos: Thandor, Vireland y Zariem.

Señala cada uno mientras habla.

—Thandor se convirtió en el reino militar por excelencia. Estrategia, fortificaciones, disciplina. Zariem se centró en el conocimiento, la diplomacia y la magia teórica. Vireland, en cambio, dominó los recursos, el comercio y las rutas externas.

—¿Y Syquin? —pregunta alguien desde el fondo.

—Syquin no pertenece a ningún reino como tal —responde Elthira sin dudar—. Fue creado para todos... y para ninguno.

El mapa vuelve a transformarse, mostrando las fortalezas que rodean Quistalyn.

—Tras el sellado de Quistalyn, fue Thandor, bajo el mandato del rey Eryx y la reina, quien lideró la construcción de estas academias y fortalezas. No por dominio, sino por necesidad. Sin preparación conjunta, los reinos habrían caído uno a uno.

Algunos alumnos murmuran.

—El reino de Thandor posee dos castillos —continúa—. El principal, donde gobierna el rey Eryx, y un segundo castillo al este, bajo el mando de su hermano.

—¿Por qué no se habla de él? —pregunta Kael desde nuestra escuadra.

La maestra lo mira con atención.

—Porque el reconocimiento no siempre se reparte de forma equitativa —responde—. El poder visible suele eclipsar al poder silencioso.

Elthira pasea la mirada por el aula y, de pronto, se detiene en mí.

—Señorita Burnet.

Siento que varias cabezas se giran.

—¿Sí? —respondo, intentando que mi voz no tiemble.

—Usted no es de este mundo —afirma—. Dígame, ¿cómo percibe esta división desde fuera?

Parpadeo, sorprendida.

—En mi mundo... —digo con cuidado— las divisiones también existen, pero no siempre son tan claras. Aquí parece que cada reino aceptó su rol porque no hacerlo significaba desaparecer.

La maestra asiente, satisfecha.

—Una observación acertada. Aquí, la supervivencia siempre estuvo por encima del orgullo.

El mapa desaparece.

—Aprenderán mucho más que fechas y nombres —dice Elthira—. Aprenderán por qué este equilibrio es frágil... y por qué ustedes son necesarios.

El silencio pesa.

Noreen se inclina hacia mí y susurra:

—Vaya primera clase.

Asiento lentamente, aún con el corazón acelerado.

Después de eso, la clase continúa profundizando en el reino, en el mundo y en el lugar exacto en el que nos encontramos. La maestra Elthira no repite datos por repetirlos; los ordena, los disecciona, los convierte en algo casi quirúrgico. Todo tiene una causa, una consecuencia, un propósito estratégico.

Explica que Syquin no es solo una academia, sino un punto de contención. Un espacio neutral creado para preparar a quienes serán enviados a enfrentar lo que el resto del mundo no puede. Habla de jerarquías, de pactos antiguos entre reinos, de cómo cada decisión política se tomó con la guerra como telón de fondo, incluso aquellas que parecían personales.

Entonces llega inevitablemente a eso.

A lo que ya conocía.

A lo mismo que el señor Colt explicó el día que llegaron a este mundo, aunque ahora, escuchado en voz de Elthira, adquiere un matiz distinto.

La profesora habla del antiguo mandato real y del rey que gobernaba Quistalyn antes del sellado. Un hombre despiadado, no solo con su reino, sino también con su esposa. Infiel de forma constante, violento en palabras y en actos, ejercía sobre ella el mismo dominio que imponía a su pueblo. La humillación y el maltrato eran parte de su rutina, hasta que ella, incapaz de soportarlo más, decidió quitarse la vida.

La muerte de la reina no trajo arrepentimiento, sino locura.

Consumido por la culpa y la ira, el rey transformó su dolor en castigo. Convencido de que el amor era la raíz de la traición, decretó que nadie en Quistalyn podría mantener una relación afectiva sin su consentimiento. El vínculo entre dos personas pasó a ser un crimen. Amar, una amenaza al orden. Quien desobedeciera, enfrentaría la horca.




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