Haelyn Burnet
Aún me cuesta creer que lleve cinco semanas en este lugar. El tiempo aquí no avanza igual, o quizá soy yo la que no ha tenido un solo respiro para detenerse a pensarlo.
Desde lo ocurrido en el bosque, fuera de Syquin, permanezco alerta en todas las clases. Nos explicaron que aquello había sido solo una simulación, una evaluación de nuestra capacidad de reacción más que de nuestra fuerza física, pero la palabra simulación no consigue borrar lo real que se sintió. Dijeron también que no sería algo frecuente, y hasta ahora han cumplido... aunque no sé si eso me tranquiliza o me inquieta más.
No he tenido ni un momento para leer el libro que me dejó el profesor Aurelius. Las mañanas se van en clases, parte de la tarde en el duelo diario y, cuando eso termina, me voy directo a entrenar. La mayoría de las veces con Zyran; cuando no está disponible, con mi escuadra. Al llegar a mi habitación, la energía apenas me alcanza para bañarme, comer algo y caer rendida en la cama.
Por lo poco que he podido hablar con mi familia, todos estamos igual. Ni siquiera coincidimos fuera de las clases. Es extraño convivir en el mismo lugar y, aun así, sentir que cada uno va a un ritmo distinto, atrapado en su propio cansancio.
Ahora, al menos, estoy en el horario de almuerzo. Ya he hablado con mis padres y con Kiara, así que me dirijo a la mesa de mi escuadra con la esperanza de disfrutar unos minutos de calma.
—Dios —digo dejándome caer en la silla—. Estoy exhausta.
—También yo —añade Kael, apoyando los codos sobre la mesa.
—Son unos debiluchos —comenta Soren, como si no tuviera ojeras iguales a las nuestras.
—Al menos Kael es hombre —replico—. He resistido bastante siendo mujer.
—¿De qué hablas? —protesta él—. Tú eres la prometida del príncipe, siempre te está cuidando y defendiendo. Es obvio que no te va a pasar nada malo. Sin embargo yo—
No le dejo terminar. Tomo un trozo de pan y se lo meto en la boca sin contemplaciones.
La mesa estalla en carcajadas.
—Eres una pesada —dice Kael con dificultad mientras mastica.
—Y tú un princeso.
—¿Eso qué es? —pregunta Riven sin dejar de comer—. ¿Una mezcla rara entre príncipe y princesa?
—En mi mundo se les dice así a los chicos que actúan como chicas —aclaro—. Ya saben, actitudes debiluchas.
Todos me miran como si hubiera hablado en otro idioma.
—Vale... más o menos lo hemos pillado —dice Iria, inclinando la cabeza.
Sonrío.
—Tengo un mal presentimiento —interviene Noreen—. Siento que hoy le toca el duelo a alguno de nosotros.
—Llevamos bastante tiempo sin que nos llamen —añade Maelis—. Puede tocarnos en cualquier momento.
—Ay, pero qué aguafiestas —se queja Kael.
—No sirve de nada ponerse ansiosos —dice Soren—. Lo único que podemos hacer es estar preparados. Cuando sea nuestro turno, iremos y ya está.
Todos lo miramos con abierta incredulidad.
—Me gustaría tener tu optimismo —le digo.
En ese momento, un ruido fuerte llega desde el exterior, seguido de un rugido que reconozco de inmediato. Varias personas se levantan de sus mesas para mirar. Yo también lo hago, justo a tiempo para ver a Zyran descender de Astel. Esta vez no lo acompañan Jack ni Ethan.
Siento las miradas de mis amigos clavarse en mí, pero no me detengo. Bajo las escaleras casi sin pensarlo y abro los brazos, esperando que se acerque. Zyran parece sorprendido durante un segundo... pero al final quien recibe mi abrazo no es él, sino Astel.
El animal responde encantado, inclinando la cabeza para que lo acaricie, emitiendo un ronroneo bajo que me arranca una sonrisa.
Cuando me separo, noto la expresión de Zyran: una mezcla evidente de celos y diversión.
—Ahora resulta que te llevas mejor con él —dice, fingiendo reproche.
—¿No has visto lo hermoso que es? —respondo, sin darle más importancia de la que realmente tiene... aunque sé que la tiene.
Zyran sonríe ante mi actitud, como si mi resistencia le resultara más divertida que molesta.
Los demás, claramente incómodos de que sea yo quien esté hablando con él con tanta tranquilidad —y acariciando a su Ynhar como si nada—, terminan entrando de nuevo al edificio. Yo continúo igual, ignorando las miradas y concentrada en Astel, que parece encantado con la atención.
—¿Por qué has venido? —pregunto al fin.
—La pregunta ofende —responde mientras se acerca—. He venido a ver a mi prometida.
Da un paso más, demasiado cerca. Levanto la mano y apoyo un dedo en su pecho, deteniéndolo.
—Quieto ahí, príncipe de Thandor.
Zyran suelta una carcajada.
—¿Ahora la que hace chistes eres tú? —dice, divertido.
—Bueno, yo...
No termino la frase.
Algo me rodea de repente y el suelo desaparece bajo mis pies.
—¡Ahhhhh! —grito.
Siento una presión brutal alrededor del cuerpo y, cuando logro alzar la vista, el pánico me atraviesa de golpe. Un grifo de plumaje negro me sostiene entre sus garras. Es enorme. Salvaje. Y peligroso. Una de sus garras se clava en mi brazo izquierdo, abriendo cortes profundos que arden al instante. Estoy tan atrapada que apenas puedo moverme.
Abajo, las personas salen corriendo al escuchar mi grito. Distingo a mis amigos, sus rostros tensos, y a Zyran, que ya está montando a Astel. El grifo aprieta más fuerte y siento cómo la herida se agrava.
—¡Zyran! —grito sin poder evitarlo.
También veo a mi familia, y creo distinguir a Dylan entre la multitud, pero estoy demasiado alto como para ver con claridad.
Zyran toma una lanza que uno de los instructores le arroja y espolea a Astel en dirección al grifo. Cuando están casi debajo, Astel da un salto impresionante. Zyran dispara la lanza en el aire y por un segundo temo que el cálculo falle... que sea yo quien reciba el golpe.
Pero no ocurre.
La lanza impacta en el grifo. El animal ruge, herido, pero no me suelta. Sin embargo, su agarre se afloja lo suficiente.
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Editado: 26.07.2026