Crónicas de un Reino Sellado

Capítulo 24

Haelyn Burnet:

Después de lo ocurrido, lo último que quiero es salir de esta habitación. No me hace ninguna ilusión volver a cruzarme con los demás. Estoy segura de que más de uno encontrará la manera de recordarme que fracasé, que no merezco ocupar el lugar que tengo ni estar comprometida con el príncipe. Así que, por extraño que parezca, agradezco que Zyran me haya prohibido caminar más allá de estas cuatro paredes mientras me recupero.

El silencio pesa más de lo que imaginaba.
Las palabras que Zyran me dijo ayer siguen dando vueltas en mi cabeza. Fueron sinceras, reconfortantes incluso, pero no consiguen borrar la sensación de haber decepcionado a todos... ni de haberme decepcionado a mí misma.

Los chicos pasaron temprano a verme antes de marcharse a sus obligaciones. Intentaron actuar con normalidad, hicieron bromas, hablaron de cualquier cosa menos de la ceremonia y de los Ynhar con los que se vincularon. Ni una sola vez mencionaron el tema. Agradezco el esfuerzo, aunque precisamente ese silencio me dice más que cualquier palabra. Sé que intentan protegerme.

Y, aun así, no puedo evitar preguntarme con qué criaturas se habrán vinculado.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, Kiara dejó un libro sobre la mesita junto a la cama.

—Pensé que te gustaría —me dijo antes de irse—. Si vas a estar aquí encerrada unos días, al menos que no te aburras.

Tardo un momento en reunir fuerzas para levantarme. En cuanto apoyo el pie en el suelo, una punzada me recorre la pierna y tengo que sujetarme del borde de la cama. Las costillas protestan al incorporarme y cada rasguño parece recordar que el basilisco estuvo a punto de matarme.

Al final consigo llegar hasta la silla junto a la ventana.
El libro descansa frente a mí.
Bestiario de las Bestias Ancestrales. Tomo I.
Paso varias páginas sin prestar demasiada atención. Leo algunas líneas, vuelvo atrás, las releo y descubro que no he entendido nada. Mi cabeza sigue demasiado ocupada.

Hasta que un título consigue detenerme.
Los dragones.
Frunzo ligeramente el ceño y continúo leyendo.

Los dragones son los seres más antiguos que aún habitan nuestro mundo. Ninguna otra especie ha permanecido tanto tiempo sobre estas tierras ni ha presenciado tantos acontecimientos como ellos. Se dice que su memoria alcanza épocas de las que ningún libro conserva registro y que conocen verdades que para el resto de las razas siguen siendo un misterio.
Son poseedores de una sabiduría difícil de comprender. A lo largo de los siglos, reyes, eruditos y jinetes han intentado arrancarles respuestas sobre el origen de la magia, los antiguos reinos e incluso los fenómenos que aún hoy consideramos inexplicables. Todos fracasaron. Los dragones hablan únicamente cuando así lo desean, y sus palabras rara vez son un regalo.

Su comportamiento continúa siendo un enigma. Son criaturas reservadas, orgullosas y frías. Nadie ha logrado comprender por completo la lógica con la que toman sus decisiones, y mucho menos convencerlos de revelar los secretos que guardan desde hace milenios.
Hace varias décadas, durante la Guerra de las Tres Naciones, tres de los jinetes más poderosos combatieron montando dragones. Aquella batalla marcó el final de una era. Los tres jinetes murieron y dos de los dragones perecieron junto a ellos.

Solo uno sobrevivió.
Zhaeryn.
El más antiguo y poderoso de los dragones conocidos.

Desde el fin de la guerra juró que jamás volvería a aceptar un vínculo con un humano. Abandonó los antiguos santuarios y se estableció en la Montaña del Dragón, al norte de Quistalyn, donde permanece completamente solo.
Desde entonces, innumerables aspirantes han viajado hasta la montaña con la esperanza de convertirse en su jinete o, al menos, obtener una audiencia. La mayoría nunca regresó. Los pocos que lo hicieron volvieron con las manos vacías y una única certeza: Zhaeryn no concede respuestas... ni segundas oportunidades.

Permanezco unos segundos con la vista fija en la última línea.
Los dragones conocen secretos que nadie más conoce.
Secretos sobre la magia.
Sobre cosas que el resto del mundo ni siquiera es capaz de explicar.
Mi llegada a este lugar no tiene sentido. Nadie ha sabido decirme cómo ocurrió ni mucho menos cómo regresar. Pero si existe alguien capaz de conocer una respuesta... quizá sea él.

Después de cenar, gracias a que una chica me trajo la comida —seguramente enviada por el exagerado de Zyran—, me doy un baño de agua tibia que alivia un poco los dolores. Al salir, envuelta todavía en el vapor, lo encuentro dentro de la habitación. Está junto a la ventana, con los brazos cruzados.
Lo miro mientras sigo secándome el cabello.

—¿Pasa algo?

Niega con la cabeza.

—Nada.

Camino despacio hasta la cama. Cada paso me recuerda el golpe contra las rocas y la caída por el barranco. Dejo la toalla a un lado y me siento con cuidado. Cierro los ojos un momento.

—Ten cuidado —dice mientras se acerca—. Aún no deberías moverte tanto.

Abro un ojo para mirarlo.

—Estoy viva, ¿no?

—Y quiero que siga siendo así.

No responde con una sonrisa. Lo dice completamente en serio.
Resoplo.

—Podía haber usado mi signo —continúa—. Te lo dije antes de entrar al baño.

—No voy a llamarte cada vez que necesite levantar un brazo.

—Si hace falta, sí.

No puedo evitar soltar una risa por lo bajo.
Zyran se acerca un poco más y me aparta un mechón de cabello detrás de la oreja. Después recorre mi rostro con la mirada y, sin prisa, baja hasta el resto de mi cuerpo. La forma en que me observa hace que los nervios se apoderen de mí. Estoy casi segura de que debo estar completamente roja.




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