Haelyn Burnet
Me alejo de Zyran casi de inmediato, pasando una mano por mi rostro, frustrada conmigo misma. No debería haber hecho eso. Sobre todo por Dylan.
—Haelyn, no —dice enseguida—. No digas eso. ¿Sabes cuánto tiempo estuve esperando este momento? —me mira sin disimular el deseo—. Y valió la pena. Lo único que quiero ahora es repetirlo.
Da un paso hacia mí. Yo doy otro hacia atrás.
No ha sido desagradable. Ni cerca, al contrario. Pero eso no lo hace correcto.
—Soy una egoísta —murmuro, más para mí que para él.
—No lo eres —responde—. Solo te dejaste llevar por lo que sientes.
Levanto la vista, incómoda.
—¿Y tú qué sabes de lo que siento?
—Después de ese beso —dice sin titubear—, me queda clarísimo.
El calor me sube al rostro. He sido yo quien lo pidió. Él cumplió su promesa. Y ahora soy yo la que no sabe qué hacer con las consecuencias.
—Pero Dylan...
La palabra cae pesada entre nosotros. Me arrepiento en el acto. Siempre es así. Siempre que lo nombro, algo se tensa.
—Haelyn —dice más bajo—. Entiendo cómo te sientes. Sientes que le estás fallando.
Eso me desarma más que cualquier reproche.
—No es que lo sienta —respondo—. Es que lo estoy haciendo.
Lo veo tensarse. Su mandíbula se marca, pero se controla.
—No te culpes —dice—. No estuve contigo en tu mundo, es cierto, pero no necesito demasiado para darme cuenta de que no estabas enamorada de él. Ni siquiera antes de venir aquí. ¿O ya olvidaste lo que me dijiste antes de llegar a Syquin?
No lo he olvidado. Jamás lo he hecho. Aquella noche fui demasiado honesta... y ahora lo estoy pagando.
—Yo... debería irme —digo al fin—. Es muy tarde y podría...
Un sonido nos corta. Pasos. Cerca. Demasiado cerca.
Me quedo rígida.
Zyran reacciona antes que yo. Me toma del brazo y, sin darme tiempo a protestar, me empuja dentro del baño. Cierra la puerta con cuidado.
Pequeños golpes en la puerta de la habitación.
—¿Qué desea a estas horas, instructor? —escucho decir a Zyran, con una calma que me parece irreal.
—Me pareció oír la voz de una chica —responde el hombre—. No estarás escondiendo a nadie, ¿verdad? En este caso tu prometida.
Me llevo la mano a la boca por reflejo. Si me encuentran, estoy acabada.
—Claro que no —contesta Zyran—. Tal vez escuchó mi voz. Estaba leyendo una carta de mi madre.
Silencio. Eterno.
—Está bien —dice al fin el instructor—. Dejaré a alguien vigilando, por seguridad.
—Me parece fenomenal.
La puerta se cierra. Mis piernas tiemblan.
Zyran abre la del baño y me observa con una sonrisa ladeada, divertida.
—Creo que tendremos que compartir cama hoy.
—Ni lo sueñes —respondo saliendo—. Eso jamás. Tengo que irme.
—Si sales ahora, te encontrarán —dice con tranquilidad—. Y tendrás una sanción.
—¿Tan grave es?
—No quieres averiguarlo.
Me froto la sien, nerviosa.
—Y si... hipotéticamente me quedo —digo—, ¿qué pasa en la mañana?
—Te vas conmigo cuando salga a clases.
Lo dice como si fuera lo más sencillo del mundo.
—Claro —resoplo—. Y si tu instructor me ve saliendo de aquí, ¿qué? "Oh, la chica madrugó solo para acompañarlo".
—Ya lo resolveremos —se encoge de hombros—. Además, soy el príncipe.
Ruedo los ojos.
—No puedes solucionar todo con eso.
—De hecho —dice, dejándose caer en la cama—, sí puedo.
Da dos palmadas sobre el colchón.
—Ven. ¿Qué lado prefieres?
Lo miro de arriba abajo, incrédula.
—Prefiero dormir en el piso.
Su risa llena la habitación.
—No pienso dormir contigo —digo, cruzándome de brazos.
Zyran me mira desde la cama, claramente cómodo, como si no acabáramos de esquivar una sanción grave hace cinco minutos.
—Tranquila —responde—. La cama es grande. Y prometo no comportarme como el príncipe indecente que crees que soy.
—No es que lo crea, es que lo eres.
—Y aun así estás aquí.
Aprieto los labios. Odio que tenga razón.
Me acerco despacio y me siento en el borde de la cama.
—Si intentas algo raro, te juro que grito —le advierto.
—Si gritas, los dos estamos muertos —replica—. Así que sería un error estratégico.
—Te odio.
—Mentira —dice, apagando una lámpara—. Te caigo demasiado bien para eso.
Me tumbo dándole la espalda, rígida, dejando una distancia clara entre los dos. Tan clara que casi parece exagerada. La cama cruje cuando él se acomoda también, respetando el espacio sin decir nada.
Pasan unos segundos.
—¿Siempre duermes tan tensa? —pregunta.
—Solo cuando comparto cama con un príncipe problemático.
—Me ofende lo de problemático.
—Mentí en lo de odiarte —añado—. Pero no en eso.
Escucho su risa baja. No se acerca. Eso, de alguna forma, me relaja.
—Buenas noches, Haelyn —dice al fin.
—Buenas noches, Zyran.
Cierro los ojos... pero no me duermo.
Al rato, me giro. No sé por qué lo hago. Tal vez porque necesito comprobar que sigue ahí, que todo esto no es otra de las cosas absurdas que me han pasado desde que llegué a este mundo.
Zyran también está despierto. Me mira sin sorpresa.
—¿Qué? —susurra.
—Nada.
Nos quedamos así, en silencio, mirándonos desde lados opuestos de la cama. No hay manos, ni besos. Solo esa tensión incómoda que ya se ha vuelto demasiado familiar.
Lo pienso.
Pienso con claridad suficiente como para que me asuste.
Me estoy enamorando de Zyran.
La idea me golpea fuerte. Me giro de nuevo, dándole la espalda, como si eso pudiera deshacerlo.
—Haelyn —murmura—. Duerme.
—Estoy intentándolo..
✦ ✦ ✦
Parpadeo un par de veces hasta que mi vista se aclara.
Siento unos brazos rodeándome la cintura y, de golpe, recuerdo dónde estoy durmiendo.
Con cuidado bajo la mirada. Tengo un brazo apoyado en su pecho, su respiración es lenta y regular, y mi cabeza descansa sobre su hombro. Sus manos me rodean con naturalidad, como si esta posición fuera lo más normal del mundo.
No sé en qué momento acabamos así. De verdad que no.
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Editado: 22.08.2026