Crónicas de un Reino Sellado

Capítulo 22

Zyran Thandor

Camino de un extremo al otro del patio sin darme cuenta. Cada vez que intento detenerme, vuelvo a empezar. No puedo quitar la vista de la entrada del bosque. Han pasado demasiados minutos.
Astel permanece a mi lado, siguiéndome en silencio. De vez en cuando levanta la cabeza hacia los árboles, como si también estuviera esperando verla aparecer.
Jack y Ethan no dicen nada al principio.
No hace falta. Los tres sabemos exactamente en quién estoy pensando.

—Va a salir —dice Jack al cabo de un rato.

No respondo.

—Zyran.

Levanto la vista.

—Haelyn sabe defenderse.

—Lo sé.

—Entonces deja de caminar antes de hacer un agujero en el suelo.

Ethan intenta bromear. Ni siquiera sonrío.

—No puedo.

Los dos intercambian una mirada.

—Confía en ella —dice finalmente.

Exhalo despacio.

—Confío en ella.

Hago una pausa.

—Es en el bosque en lo que no confío.

Ninguno insiste. No hace falta.

El silencio vuelve a instalarse entre nosotros mientras seguimos observando la entrada.
Pasa un grupo de iniciados. Algunos regresan heridos, otros sonríen junto a las criaturas con las que lograron vincularse. Apenas les presto atención. Mis ojos siguen buscando el mismo rostro.

Nada.
Empiezo a caminar otra vez.
Astel me sigue de cerca, sin apartarse ni un momento. De vez en cuando levanta la cabeza y dirige la mirada hacia el bosque, como si compartiera mi impaciencia.

—Ahí vienen más —dice Ethan.

Levanto la vista.
Cinco figuras aparecen entre los árboles.
Soren e Iria salen primero, montados sobre dos grifos, uno negro y otro completamente blanco. Detrás de ellos, Kael llega sobre un pegaso de pelaje claro. Más atrás avanzan Riven, acompañado por una enorme quimera, y Noreen junto a un lobo de hielo que camina con absoluta calma a su lado.

No espero a que terminen de acercarse.
Voy directo hacia ellos.

—Enhorabuena —digo sin rodeos—. ¿Dónde está Haelyn?

Los cinco intercambian una mirada. Mi estómago se tensa. Riven toma la palabra.

—Nos separamos casi al principio. El grifo de Soren nos atacó antes de que pudiera vincularse con él.

Soren asiente.
—Nos dispersó a todos. Después conseguí el vínculo, pero para entonces cada uno iba por su cuenta.

—Más tarde logramos reunirnos otra vez —añade Kael.

—Todos menos dos —dice Iria.

No hace falta preguntar quiénes.

—Haelyn y Maelis.

Aprieto la mandíbula.

—¿No las buscaron?

—Las buscamos un rato —responde Noreen—, pero el bosque es enorme. Pensamos que ya habrían salido por otro lado.

Asiento despacio.
No es culpa de ellos.
Aun así, la respuesta no me tranquiliza.
Regreso a mi sitio sin decir nada más.

Ahora sí empiezo a contar el tiempo.
Un minuto.
Dos.
Cinco.
Cada vez que alguien sale del bosque, levanto la cabeza.

Nunca es ella.
Empiezo a notar que no soy el único inquieto. Algunos profesores también observan la entrada con demasiada frecuencia. Incluso entre los iniciados empiezan a escucharse murmullos.

—¿Cuánto suele tardar esto?

—Demasiado...

—Todavía falta gente.

Entonces aparece otra figura.
Maelis. Un tigre espectral camina a su lado con un paso silencioso.
Voy hacia ella antes de que pueda bajarse.

—¿Haelyn?

Niega con la cabeza.

—No la vi en ningún momento. Después de separarnos estuve sola todo el tiempo.

Eso termina de confirmar lo que no quería aceptar.
Sigue ahí dentro.
Miro alrededor.
Los amigos de Haelyn también han entendido lo mismo. Nadie habla.

Camino hasta donde están sus padres y Kiara.
En cuanto me ven acercarme, sus expresiones cambian.
Ya saben por qué estoy aquí.

—¿Han tenido noticias de ella? —pregunto, aunque conozco la respuesta.

Su madre niega lentamente.

—No...

Su voz tiembla.

—Pensé que saldría con los demás.

El señor Burnet mira hacia el bosque.

—Esto ya está tardando demasiado.

Kiara da un paso al frente.
Tiene los ojos llenos de lágrimas, pero intenta mantenerse firme.

—Zyran...

Traga saliva.

—Ve por ella.

No me pide explicaciones. No intenta detenerme. Solo confía en mí. Sostengo su mirada.

—La voy a encontrar.

Mi voz sale mucho más firme de lo que me siento.

—Y la traeré de vuelta.

Sin esperar respuesta, me doy la vuelta.
Astel ya está de pie.
Ni siquiera he tenido que llamarlo.
Cuando llego a su lado, baja la cabeza para que monte.

—Ten cuidado —dice Dylan detrás de mí.
Jack se acerca un paso.

—Sabes que no vas a convencerlo de esperar.

Esbozo una sonrisa mínima.

—No.

Monto sobre Astel y tomo las riendas.

—He esperado suficiente.

Le doy una ligera señal.
Y, sin mirar atrás, nos dirigimos hacia el bosque.




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