Crónicas de una capa de sangre

Isolde

​El invierno de 1348 no fue una estación, fue un verdugo. En los valles del Gévaudan, el frío no se limitaba a helar la piel; se filtraba por las grietas de las casas de piedra y se enroscaba en los pulmones de los vivos como una serpiente de escarcha. No trajo consigo la esperanza del solsticio ni el consuelo de los villancicos, sino el hedor dulzón y pútrido de la peste negra, una mancha que trepaba por las laderas como una marea invisible. En la aldea de Oakhaven, un conjunto de chozas que parecían suplicar clemencia a los pies de la montaña, la nieve había perdido su pureza. Era una mortaja grisácea, cargada de ceniza y desesperación, que asfixiaba los caminos y borraba las fronteras entre el mundo de los hombres y el de las bestias.

​Entre los callejones embarrados, donde los pocos supervivientes se ocultaban tras puertas marcadas con cruces blancas, caminaba Isolde. Para los ojos de los ignorantes, ella era un milagro ambulante. La llamaban "Caperucita", un apodo nacido de la benevolencia que ella misma había sembrado como quien planta veneno en un jardín de flores. Su capa era una obra maestra de la impostura: una lana gruesa y pesada, teñida no solo con cochinilla, sino con una mezcla alquímica de sangre de buey y sales de cobre que la hacía brillar con un rojo antinatural, un carmesí que parecía latir contra el blanco cadavérico del paisaje. Para los aldeanos, esa capa era un faro de inocencia, el último vestigio de color en un mundo que se volvía gris; para Isolde, era el uniforme de su cacería, el camuflaje perfecto para un alma que ya no recordaba el calor de la compasión.

​Isolde no era la niña de los cuentos que recolectaba bayas en cestas de mimbre. Sus manos, de dedos finos y pálidos como el marfil, escondían secretos que harían temblar al inquisidor más curtido. Sus yemas estaban callosas, no por el trabajo del campo, sino por el manejo obsesivo de dagas de doble filo y la manipulación de sustancias prohibidas en el sótano de la rectoría, donde el viejo cura, ya decrépito, le permitía "limpiar" a cambio de oraciones que ella nunca pronunciaba de corazón. Cada movimiento de la joven era una coreografía de engaño.

​Mientras cruzaba el umbral de la empalizada de Oakhaven, el guardia de turno, un hombre llamado Bertrand cuyos ojos estaban casi borrados por las cataratas y el miedo, estiró una mano temblorosa para detenerla.

​—No vayas más allá del arroyo, pequeña —susurró con una voz que parecía el crujido de una tumba—. Se dice que el Devorador ha bajado de los picos. No es un lobo, Isolde. Es una criatura maldita, un hombre lobo expulsado de los infiernos para castigar nuestros pecados. Ha dejado rastros de carne desgarrada por todo el sendero del norte. Quédate tras los cerrojos.

​Isolde lo miró y le dedicó esa sonrisa tímida, la que había perfeccionado frente al espejo de bronce de su alcoba, inclinando la cabeza lo justo para que la capucha proyectara una sombra de humildad sobre su rostro.

​—Dios protege a los puros de corazón, maese Bertrand —mintió con una dulzura que sabía a miel y arsén—. Mi abuela me necesita, y el miedo es solo una falta de fe.

​Se internó en el bosque de pinos, y en cuanto la empalizada desapareció de su vista, su expresión cambió. La timidez se evaporó, dejando paso a una frialdad depredadora. El bosque no era para ella un lugar de peligro, sino un templo de columnas negras y techos de escarcha donde ella era la verdadera deidad. El silencio era absoluto, roto únicamente por el crujido rítmico de sus botas de cuero reforzado, diseñadas para largas marchas que ninguna "niña" debería ser capaz de soportar.

​Bajo la pesada capa roja, no cargaba bollos ni tarros de miel. En su lugar, un arnés de cuero sostenía un frasco de cerámica sellado con cera negra, cuyo contenido —grasa de ahorcado mezclada con cenizas de pergaminos heréticos de la biblioteca de Constantinopla— era el combustible para su ambición. En su muslo derecho, oculta por los pliegues de la falda, descansaba una ballesta corta de repetición. Era una maravilla de la ingeniería oscura, una pieza de relojería veneciana que disparaba viroles con la precisión de un suspiro y que ella misma había obtenido tras degollar a un mercader en un camino solitario meses atrás.

​Isolde comprendía la arquitectura del poder en su época. Sabía que una mujer sola en el siglo XIV solo tenía dos caminos trazados por los hombres: el yugo del matrimonio o el fuego de la pira. Ella, sin embargo, había decidido trazar un tercer sendero: la divinidad a través del horror. No quería ser amada; quería ser temida desde el trono de una leyenda.

​Desde lo alto de un risco de granito, cubierto por una capa de hielo que brillaba como obsidiana, un par de ojos ámbar seguían cada uno de sus pasos. No eran los ojos de un animal hambriento, sino los de Sir Alaric. Años atrás, Alaric había sido un caballero de la Orden del Hospital, un hombre de honor que, durante las Cruzadas, había sido atacado en las cuevas de Antioquía por una entidad que la Biblia no se atrevía a nombrar. La mordida lo había condenado a una existencia de dualidad tortuosa. No era un asesino por placer; era un guardián involuntario del bosque, una bestia que devoraba a los intrusos para evitar que los secretos más oscuros de la naturaleza fueran descubiertos por hombres ambiciosos.

​Alaric olía a Isolde, y el aroma lo desconcertaba. No percibía el rastro del sudor frío del miedo, ni la fragancia de la lavanda que solían usar las damas. Percibía el hedor metálico de la sangre seca y la podredumbre moral de una ambición que no conocía límites. El licántropo, una masa de trescientos kilos de músculo cordado y pelaje cenizo, soltó un gruñido gutural que hizo que la nieve acumulada en las ramas superiores cayera como una lluvia de diamantes. Isolde no se detuvo. Ni siquiera miró hacia arriba. Sabía que él estaba allí. Lo había estado rastreando durante meses, estudiando sus hábitos, sus zonas de caza y la cadencia de su respiración en las noches de luna llena. Ella no estaba allí para huir del lobo; ella era la trampa, y él era el ingrediente que le faltaba.



#1291 en Fantasía
#1718 en Otros
#342 en Relatos cortos

En el texto hay: hombre lobo, medieval, caperucitaroja

Editado: 25.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.