Crónicas de una Dama Ausente

Capítulo 1

En el cielo despejado una luna de sangre que parecía arder eternamente velaba la noche como un presagio nefasto. Su resplandor escarlata se derramaba sobre el mundo, tiñendo los caminos de tierra, los techos de paja y las ventanas cerradas con un halo fantasmal, es como si la propia noche estuviera sangrando. La luz se colaba entre las rendijas de la madera desgastada de las viviendas bañando el interior de cada estancia con un tono enfermizo, irreal.

Toda la aldea permanecía atrincherada en la penumbra, con las puertas cerradas con cerrojos dobles y las persianas ajustadas hasta no dejar pasar ni un hilo de luz. Pesaba sobre el pueblo la vieja creencia, transmitida de madres a hijas, de que bastaba un solo roce de esa luz escarlata para que la maldad se arraigara en la carne y los demonios encontraran un camino al alma. Nadie salía; nadie se atrevía siquiera a asomar la nariz al exterior.

La brisa de otoño, que solía traer el olor de la tierra mojada, esa noche carecía de toda paz: el aire era denso, sofocante, cargado de un silencio que pesaba en los huesos, roto únicamente por el crujido lento de la leña en los hogares y el murmullo frenético, entrecortado, de oraciones dichas con miedo.

Pero en la vivienda más alejada, apartada del bullicio y del miedo a la luna, el terror cedía paso al inicio de la vida. Aunque modesta por fuera, la casa revelaba un poco de la pequeña riqueza de la familia en sus muros sólidos de piedra gris y sus gruesas vigas de roble oscuro.

Junto a un lado de la entrada, el pequeño puesto de madera donde la madre comerciaba sus tejidos, telas e hilos permanecía recogido, cerrado. Dentro, la abundancia marcaba cada rincón: del techo colgaban atados de hierbas aromáticas de otros reinos que aún conservaban su aroma, ristras de cebollas y cecina; en las esquinas reposaban telas finas, rollos de lana muy suave, y baúles labrados con herrajes de bronce, recuerdos de los largos viajes comerciales del padre. Sobre la mesa de madera pulida, la vajilla de peltre y los cuencos de cerámica fina devolvían el resplandor del fuego, dando fe de una prosperidad constante.

En el centro de la estancia, sobre una cama vestida con sábanas suaves la madre yacía con el rostro perlado de sudor y el pecho agitado por el esfuerzo supremo. A su lado, sujetando su mano con firmeza, estaba él: Guerau, uno de los comerciantes más respetados del pueblo, un hombre de trato recto y que nunca faltaba a su palabra. No pensaba soltarla. No esa noche. Ni nunca.

—Aquí estoy, mi vida —susurró, acercando su rostro al de ella, limpiándole el sudor de la frente con un paño limpio-. No te dejaré sola. Resiste un poco más, ya casi nace nuestro hijo.

Junto a ellos solo estaba la partera, Mara, una mujer que había traído al mundo a varias generaciones de la aldea. Se movía con precisión, ignorando los mitos de la luna roja; para ella en estos momentos no había demonios ni augurios.

—Puja, Sabel, puja con fuerza —la animó, con voz firme—. El bebé ya casi está aquí.

Entonces irrumpió el llanto, claro, tan potente que no parecía venir de un ser tan pequeño, era el grito de una niña que reclamaba su lugar en el mundo con una fuerza asombrosa.

El padre apretó la mano de su esposa hasta hacerle daño, ahogando un sollozo de alivio que se le quedó atorado en la garganta.

—¡Está aquí! ¡Nació! —exclamó, con la voz quebrada por la emoción.

La partera envolvió con ternura a la recién nacida con una manta suave y cálida para calmarla antes de entregarla a sus padres. Pero justo en ese instante, una ráfaga de aire, fría y repentina, golpeó el ventanal haciendo crujir la madera al abrirse. Un rayo de luz roja como la sangre recién derramada se coló en la penumbra y cayó directo, exacto, sobre la pequeña bebé.

La partera apartó rápidamente a la bebé pero no fue lo suficientemente rápida, con prisa quitó la manta de la bebé y ahogó un grito que murió en su garganta, convertido en un gemido de terror.

El padre se congeló en el sitio, como si el aire mismo se hubiera vuelto hielo. Él conocía perfectamente la superstición con respecto a la luna roja y todo lo que conyeba.

—¿Qué... qué tiene? —susurró la madre, intentando incorporarse, con el miedo abriéndose paso entre el cansancio.

La luz de la luna de sangre no solo la había tocado: había dejado su huella, grabada en la piel como si siempre hubiera pertenecido allí.

Junto a su ojo derecho se había dibujado una marca con la forma perfecta e inconfundible de una llama. En el dorso de su mano derecha, una diminuta luna creciente lucía de un negro absoluto. No había herida, ni hinchazón, ni llanto de dolor; al contrario, ambas marcas emitían un calor tibio y constante, como si el propio fuego etereo hubiese quedado aprisionado bajo su piel, latiendo al mismo ritmo que su corazón.

La niña parpadeó, ajena al horror que se había apoderado de la habitación, y ofreció una sonrisa torpe, e inocente, tan pura que dolía mirarla.

—Dios mío... —susurró la partera, retrocediendo un paso—. No es posible... no puede ser...

El padre se llevó una mano a la boca, pálido, como si fuera a desvanecerse en cualquier momento. La partera dio un paso atrás, con la mirada baja y el aliento cortado, como si temiera que la marca se extendiera y los tocara a ellos.

Ninguno articuló palabra durante largos segundos, pero los tres comprendieron con una claridad aterradora el peso de lo ocurrido: no era una mancha de nacimiento. No era algo casual, normal. Era un sello. La magia ancestral, aquella que la Iglesia perseguía con lo que se podria describir como locura fanática acababa de reclamar a esa recién nacida antes de que ella diera su primer suspiro.

—¡Dámela! —exclamó la madre, y su voz ya no tenia ese miedo, sino una feroz posesión. Extendió un brazo tembloroso y acunó a su hija contra el pecho, cubriéndola con su propio cuerpo, como si pudiera protegerla del cielo mismo.




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