Crónicas de una Dama Ausente

Capítulo 2

Alais era una niña regordeta, de mejillas redondas y siempre sonrosadas, con un cuerpo suave y cálido que parecía rebosar salud. A los seis años, sus brazos y piernas eran gruesos y firmes, como muñecos rellenos de lana, y al caminar se le marcaban hoyuelos en las rodillas que desaparecían bajo sus faldas. Sus padres la miraban con evidente orgullo: para ellos, esa redondez era prueba de que la cuidaban bien, de que nada le faltaba. Sin embargo, el amor que cada uno le daba tenía formas muy distintas.
Su madre, Sabel, la amaba con una intensidad que pesaba como una losa. La vestía con telas gruesas y oscuras que le apretaban el talle y la cubrían de cuello a pies, le ponía guantes de lino negro incluso dentro de casa —«para que no te lastimes las manos», decía con voz tensa—, y cada mañana, antes de que Alais pusiera un pie fuera, le untaba en la piel una pasta opaca, del tono exacto de su cutis, sobre el ojo derecho. Con movimientos rápidos y ansiosos, cubría aquella mancha carmesí que la niña llevaba desde el nacimiento, borrando todo rastro hasta que su piel parecía uniforme.
—Nadie debe ver estas marcas, hija —le susurraba al terminar, alisándole el cabello con manos inquietas—. Es por tu bien. El mundo es cruel con lo que no entiende.
Alais no comprendía por qué debía ocultarse, pero sentía el amor detrás de cada gesto: excesivo, ansioso, protector hasta ahogarla. No la dejaba correr mucho rato, no la dejaba comer dulces fuera de casa, no la dejaba acercarse a los animales del bosque ni mirar a los vecinos a los ojos demasiado tiempo. Siempre había una mano que la detenía, una advertencia, un límite… y siempre, siempre, el miedo inculcado de que si alguien la veía tal como era, algo terrible sucedería.
Su padre, en cambio, llegaba de vez en cuando, regresando de largos viajes de comercio con el polvo del camino en la ropa y regalos escondidos en su alforja. Al escuchar el galope del caballo y el crujir de la pesada puerta de roble, Alais corría hacia él con los brazos abiertos, y él la alzaba en brazos sin importarle su peso, riendo con fuerza y sinceridad.
—¡Mi niña bonita! —exclamaba, y la hacía girar hasta hacerla reír y sus ojos brillaban de verdad. Le traía cintas de colores vivos, miel de tierras lejanas, frutas secas que sabían delicioso… y la abrazaba con un calor que su madre casi nunca le daba, pues Sabel vivía con el temor constante de que algo le pasara. Pero esas visitas eran breves: al tercer o cuarto día, él volvía a marcharse, y la casa recaía en un silencio denso, donde solo quedaban las reglas, las miradas vigilantes y la rigidez de su madre.
Alais los amaba a ambos. A la madre que la cuidaba en exceso y al padre que aparecía como un sol fugaz y siempre traía algo especial para ella. Pero ya a su corta edad, algo en su pecho se sentía apretado, como si llevara siempre un vestido un poco demasiado pequeño. No la dejaba respirar tranquila. Su madre había inculcado en ella un miedo paralizante a ser vista, a ser juzgada, a que descubrieran lo que llevaba en la piel. Y la gente… la gente ya era cruel sin necesidad de ver las marcas.
Nadie en el pueblo sabía de ellas. El guante negro cubría la mano donde tenía la marca de una luna creciente, y la pasta de su madre disimulaba la mancha junto al ojo. Pero su cuerpo era redondo y suave, sus pasos eran lentos y pesados, y eso no podía ocultarlo. Cuando caminaba por la calle, las miradas se posaban en ella, pesadas y burlonas. Creían que ella no oía sus comentarios bajos, pero Alais escuchaba cada palabra. Y cada una la volvía más pequeña, más retraída, más consciente de que su sola presencia era motivo de burla.
Cuando su padre estaba en casa, Alais se sentía la niña más feliz del mundo. Cuando se marchaba, y la casa volvía a llenarse de silencio y reglas, buscaba consuelo en un prado lleno de flores silvestres, donde creía que nadie la veía. Allí podía reír libremente, corría torpemente entre las margaritas, y lloraba cuando la tristeza la alcanzaba —por la ausencia de su padre, por la rigidez de su madre, por todo aquello que no entendía—. Lloraba con el rostro empapado, los labios temblando, sollozos profundos y ruidosos que le sacudían todo el cuerpo, sin saber que esa forma de llorar, tan sincera y sin filtro, sería lo que más usarían contra ella.
Ocurrió una tarde de sol brillante, cuando Alais creyó estar sola. Estaba sentada en la hierba alta, mordiendo una manzana que su padre le había dejado antes de partir, cuando tres niños del pueblo se acercaron en silencio. La miraron de arriba abajo, y el mayor soltó una risa seca y burlona.
—Miren qué gorda es. Parece un barril con piernas.
Alais se quedó quieta, la manzana a medio camino de la boca.
—Y mira cómo camina, como un pato —añadió otra niña, imitando su paso lento y pesado—. ¿Por qué no corres? ¿No puedes?
Las lágrimas le subieron de golpe, calientes y rápidas, antes de que pudiera detenerlas. No quiso llorar, pero no pudo evitarlo: rompió a llorar con fuerza, con esos sollozos grandes y sonoros que le sacudían los hombros y le hinchaban la cara hasta ponerla roja. Y eso fue exactamente lo que ellos esperaban.
—¡Mírenla llorar! ¡Qué fea se pone! —gritó el primero, señalándola con el dedo—. Llora como un bebé llorón. Eres gorda y fea y llorona.
—Nadie te va a querer así —dijo la tercera, acercándose más—. Tu padre se va porque no te soporta.
Se fueron riendo, dejándola sola en la hierba, temblando de pies a cabeza. Alais se abrazó a sí misma, apretando el guante contra su pecho, y siguió llorando… pero poco a poco, los sollozos se fueron apagando. No porque se hubiera calmado, sino porque comprendió, con una claridad helada que le partió el pecho: comprendió que su cuerpo era motivo de burla. Que su llanto, lo más sincero y suyo que tenía, era lo que más usaban para herirla. Que si lloraba, la hacían fea. Que si mostraba lo que sentía, era débil. Y que nadie —ni los niños, ni su madre que la escondía, ni su padre que se marchaba— la vería realmente tal como era.
Se secó las lágrimas con la manga de su vestido. Miró su mano, el guante negro que la cubría. Se tocó el ojo, donde la pasta se había corrido por las lágrimas, dejando ver un borde de la mancha. Y pensó, con una determinación terrible para una niña de seis años: «Si no lo ven, no pueden herirme. Si no lloro, no se ríen. Si no siento… no duele».
Esa noche, cuando su madre la arropó, Alais no le devolvió el abrazo como siempre hacía. Se quedó quieta, rígida, con las manos bajo la manta.
—¿Te ocurre algo, hija? —preguntó Sabel, acariciándole la frente con gesto preocupado.
Alais alzó la vista y sonrió. Una sonrisa pequeña, cuidadosa, calculada, que ya no llegaba a sus ojos.
—Nada, madre. Estuve corriendo por el prado y estoy cansada.
Sintió un leve cosquilleo de culpa al mentir… pero la sensación pasó rápido. Y al notar que su madre se tranquilizaba, comprendió algo fundamental: las palabras podían ser herramientas. Podían usarse para protegerse. Para sobrevivir.
Días después, el cielo se tiñó de escarlata.
Todo el pueblo conocía la leyenda: la Luna de Sangre era un presagio nefasto, una maldición caída del cielo. Nadie se atrevía a salir; nadie dejaba una ventana abierta. Se decía que su luz escarlata tocaba la piel y corrompía el alma, que quien la miraba perdía la vista para siempre. Las puertas se cerraban con cerrojo, las persianas se bajaban, las velas se apagaban para no atraer la mirada de lo que bajaba desde el firmamento.
Alais también conocía la superstición. Su madre se lo había repetido mil veces: «Cuando salga la luna roja, escóndete. No la mires. Es mala».
Pero esa noche, mientras su madre dormía y el pueblo entero se escondía en sus hogares, sintió el llamado, no con palabras, sino con un impulso cálido y profundo, como una voz en su sangre que le decía ven, mira, soy tuya.
Se levantó de la cama descalza, sin hacer ruido, y se acercó a la ventana. Sus manos, sin que ella lo decidiera, empujaron las pesadss maderas hacia atrás.
Y ahí estaba: una luna enorme, redonda, ardiendo como una herida abierta en el cielo. Su luz escarlata cayó sobre ella de golpe, bañando su rostro, su cuerpo, todo lo que la gente se empeñaba en juzgar. Alais no se apartó. No sintió miedo. Al contrario: sintió que algo la reconocía. Que esa luna no la veía gorda, ni fea, ni extraña. La veía tal como era.
Se quitó el guante. La marca en su mano —las pequeña luna creciente— se encendió con un brillo rojo intenso, latiendo al mismo ritmo que su corazón. Se lavó la pasta del ojo con agua fría, y la mancha junto a su ojo derecho brilló débilmente, pulsando, como si respondiera a la energia de la luna.
—Tú no te escondes —susurró a la luna, y su voz no tembló—. Tú no te burlas de mí. Tú no me juzgas.
La luz escarlata la envolvió como un abrazo. Y mientras en el pueblo, todos cerraban los ojos con miedo, Alais abrió los suyos de par en par, y dejó que la luna la viera toda. Por primera vez en su vida, no se escondió. Y en ese momento, algo dentro de ella se despertó, algo que la había estado sofocando finalmente se liberó.
Desde ese día, empezó a guardarlo todo. Cada sentimiento que no servía para calmar a los demás, cada lágrima que amenazaba con caer, cada grito que se le formaba en la garganta… lo tragaba, lo guardaba en lo más hondo, donde nadie pudiera verlo.
Las burlas no cesaron. No solo eran los niños. Los adultos jóvenes, hombres y mujeres que cargaban leña o pasaban entre los puestos que habia fuera de las casas, soltaban comentarios bajando la voz, creyendo que ella no oía:
—Pobrecita Sabel, con una niña así de… grande.
—Demasiada carne para tan pocos años. Seguro que algo no anda bien en ella.
—Y mira qué callada. No mira a nadie. Rara, desde que nació.
Alais bajaba la cabeza y seguía caminando. No entendía por qué su cuerpo era motivo de burla, por qué su silencio era sospechoso. Pero cada comentario, cada mirada de reojo, cada risa a sus espaldas… se quedaba con ella, acumulándose, pesando más y más.
Y mientras reprimía sus lágrimas y su ira, cosas extrañas empezaron a suceder a su alrededor: la vela de su habitación parpadeaba violentamente y se apagaba de golpe cuando contenía el llanto; el hierro de la ventana se enfriaba tanto que escarchaba el cristal en plena primavera; las puertas de la casa crujían como si alguien las empujara con fuerza cuando ella estaba sola, apretando los dientes para no gritar.
Nadie lo relacionó con ella. Nadie notó que la niña regordeta y risueña se estaba volviendo cada vez más silenciosa, que su mirada se hacía más oscura y más fría cada día. Nadie vio que, bajo el guante y bajo la pasta que cubría su ojo, la marca palpitaba, oscureciéndose, alimentándose de todo aquello que ella se negaba a dejar salir.
Fue un proceso lento, no un cambio de un día para otro.
A los siete años, cuando se burlaban de ella, se mordía los labios hasta sangrar para no soltar un sollozo. Notaba que el aire a su alrededor se enfriaba, que las hojas de los árboles cercanos temblaban sin viento, pero no decía nada. Solo miraba.
A los ocho, ya no corría cuando la llamaban. Se detenía, los miraba uno por uno, y seguía su camino sin cambiar la expresión. Los niños se inquietaban: esperaban su llanto, su enojo, su huida. Y al no encontrarlo, la burla perdía fuerza, se volvía más tensa, más vacía.
—¿Por qué no dices nada? —le gritó uno, lanzándole una piedra que le golpeó el hombro.
Alais se tocó el lugar. No dolió tanto como esperaba. O tal vez dolió, pero ella ya no lo dejaba salir.
—No tengo nada que decir —respondió con voz tranquila, y el niño retrocedió, inquieto por esa mirada que no era de una niña de ocho años.
A los nueve, empezó a estudiar a los demás. Se sentaba en el umbral de su casa y observaba. Observaba cómo sonreían los demás cuando querían algo, cómo bajaban la mirada cuando tenían miedo, cómo alzaban la voz para imponerse. Aprendió que las emociones eran herramientas: que podían usarse, no solo sentirse. Que una sonrisa podía calmar, que un gesto de timidez podía hacer perdonar, que la mirada baja podía simular sumisión. Y empezó a practicarlas, una y otra vez, hasta que fueron perfectas.
Cuando su madre la regañaba, bajaba la mirada y entrelazaba los dedos, como si estuviera arrepentida. —Lo siento, madre—, decía con voz suave. Y Sabel, agradecida por tener una hija tan obediente, la abrazaba brevemente, sin saber que el arrepentimiento no estaba ahí. Solo estaba la actuación.
Cuando su padre llegaba de viaje, Alais corría hacia él con los brazos abiertos, riendo con una risa que sonaba perfecta, exactamente la que él necesitaba escuchar. Él la alzaba, la besaba, decía que era su alegría… y no notaba que la risa no llegaba a sus ojos.
A los diez años, se miró largo rato en el espejo de bronce de su madre. Vio su cuerpo, que seguía siendo redondo y suave. Vio su rostro, donde ya no había rastro de las lágrimas de antes. Pasó un dedo por el lugar donde la mancha latía bajo la piel, y luego miró su mano, la marca que ocultaba al día.
—Ya no soy esa debilucha que lloraba por cualquier cosa —dijo a su reflejo, con una voz que ya no sonaba a la de niña—. Nadie va a volver a lastimarme.
No supo que al decir eso, no solo estaba cerrando la puerta al dolor. Estaba cerrando la puerta a todo lo demás. A la alegría sin reservas, al cariño sin condiciones, a la capacidad de amar sin miedo, a confiar libremente. Y en ese espacio vacío que dejó su corazón, la magia oscura echó raíces profundas, firmes, creciendo fuerte y sin obstáculos, esperando el momento de florecer.
Mientras tanto, arriba y escondida, la Luna Roja seguía vigilando a su Elegida. En el pueblo, nadie sabía que la niña de la que todos se burlaban o despreciaban se estaba convirtiendo en algo mucho más peligroso que cualquier leyenda.




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