Crónicas de una mestiza Vestigios de mí sangre

Capitulo 1 un viaje sin tomar

Rosario, ciudad de Santa Fe, Argentina

Cerró la cremallera del bolso en donde había guardado todos sus libros y suspiró. Ya tenía todo listo para el viaje, escuchó pasos a su espalda pero no miró, ya sabía quién era.
—Jamie, cariño —dijo su padre—. No te enojes.
Ella lo ignoró. Se acercó a su mesilla de noche y tomó la foto en la que estaban su madre y ella, la última foto que se habían tomado juntas, antes de que su madre falleciera. Sus caras sonrientes la quitaban de la cruda realidad. Sin ahondar la metió en su bolso de mano. La querría con ella cuando estuviera lejos de casa. —Jamie, no me ignores. —su padre sonaba dolido.
—Eso será imposible, prácticamente me quitan del medio. –Jamie se volvió hacia su padre. Furiosa se cruzó de brazos y esperó a que él bajara la cabeza.
—Tienes el temperamento de tu madre —suspiró—. Ya sabes que ella y yo queríamos enviarte a esa escuela, es en la 8 que yo estudié y conocí a tu madre, queríamos que estudiaras allí.
—Claro, mi madre —Jamie se sentó en su cama—, no tiene nada que ver con Karina.
Karina era la nueva mujer de su padre, Jamie la odiaba.
Le hacía parecer como si él quisiera olvidar a su madre, ella aún no había superado su muerte y él ya se había casado con otra mujer, realmente lo odiaba.
El caniche de su madrastra entró en la habitación a olisquear todo, por suerte ya no tendría que ver más a aquella alimaña peluda, aunque… —Tu madre lo quería, creí estar haciendo bien.
—Sí, eso o Karina lo quería. —dijo Jamie ponién- dose de pie, saliendo de su habitación y empujando a su padre de paso.
Cruzó el pasillo que conectaba con la cocina, allí olía a galletas recién horneadas. Karina aquella bruja hablaba con sus amigas por teléfono apoyada en la mesada como una tonta adolecente de película norteamericana.
—Nelson y yo estaremos libres esta semana —dijo mirando significativamente a Jamie, quien la fulminó con la mirada y salió fuera, dando un portazo como venganza.
Fuera hacia un buen tiempo otoñal, cruzó el jardín que ella y su madre habían plantado y se metió en el viejo auto gris, enfurruñada.
Las últimas rosas brillaban, un pétalo cayó meciéndose y uniéndose a los demás en el suelo ¿extrañaría su hogar?
Claro que sí, allí había crecido y allí su madre había…. Sintió el llanto en su pecho. La puerta delantera de la casa se abrió y salió su padre cargando con los bolsos, los metió en el baúl, el frio entró con él cuando se sentó a su lado.
—¿Lista? —dijo frotando sus manos para calentarse.
Jamie no dijo nada, su padre lo tomó como un sí y giro la llave encendiendo el auto, que arrancó con un rugido viejo.

Terminal de Ómnibus Mariano Moreno

La terminal estaba abarrotada, había niños corriendo por doquier y padres gritándoles. Jamie arrastraba su maleta tras el suyo. —Muy bien ¿tienes todo? –Él se volteó para mirarla.
—Sí, todo —contestó ella algo nerviosa, su padre apretó los labios y la abrazo.
—Adiós mi niña —dijo con tristeza—. Cuídate ¿sí?
—Lo hare —Jamie golpeó con cariño la espalda de su padre repetidas veces para calmarlo y a ella internamente—, y vos también ¿sí?
—Cuenta conmigo cariño —dijo sorbiendo por la nariz, miró más allá—. Debo… —Sí, ve. —Ella y su padre se despidieron una última vez y él se marchó, lo último que vio fue su coronilla pelada alejándose.
Con un suspiró calmante se metió en la terminal. Faltaba hora y media para que llegara su colectivo hacía Buenos Aires, así que aprovecharía para ir al baño primero. Se metió con maletas y todo. Allí estaba vació y lo agradeció, no había tenido tranquilidad en todo el día, ni siquiera para llorar y autocompadecerse. Se detuvo frente al espejo para acomodarse su cabello castaño, se parecía tanto a su madre; el color marrón de sus iris, el reflejo de la luz en su pelo…sus ojos brillaron peligrosamente de tristeza, por esa razón abrió la canilla y se lavó la cara, el frio del agua la relajó, ahora que estaba sola se dio cuenta de lo mucho que extrañaría su hogar y a su padre.
Una nueva escuela, conocer gente nueva…había dejado las pocas amistades que había hecho que no fueran por compasión por ella, y sobre todo había dejado a su padre, lo único era esperar que aquella escuela valiera la pena.
Decidió volver a la multitud antes de que sucumbiera a las lágrimas. Agarró una toalla de papel para secarse la cara y mirando su reflejo vio que detrás de ella había alguien de pie frente a los cubículos, primero pensó que estaba esperando a que ella saliera de allí, luego se dio cuenta que era un hombre…y aquel era el baño de chicas. El hombre levantó algo sobre su cabeza, una especie de hacha enorme.
Y la bajó.

Jamie gritó y se hizo a un lado terminando su parálisis momentánea justo a tiempo. El enorme hombretón a pesar de su aspecto (casi dos metros, Jamie estaba segura) era hábil, antes de que el arma se estrellara contra los lavamanos la dobló e hizo que la siguiera. En pánico viéndola venir directa hacia ella, resbalo y cayó, por suerte. Sintió el silbido del hacha encima de su cabeza, en donde hacia tan solo unos segundos había estado de pie. Se levantó como pudo realmente aterrorizada, miró al hombre que por suerte se había dejado llevar por el peso del arma y ahora le tomó unos segundos equilibrarla para que apuntara hacia ella. Aprovechando su momento para defensa Jamie agarró un tacho de basura y se lo estampo en la cara al gigante. Vio como los papeles volaron por los aires y el tacho caía abriéndose por completo y él… Inmutable el hombre avanzó un paso, Jamie se asustó ¿¡Quién era ese monstruo!? Tenía la cara cubierta con una máscara negra que cubría hasta sus ojos, sin orificios que le dejaran ver ¿cómo es que podía seguirla? Jamie no sabía adonde correr, no podía escapar por la puerta ya que el hombretón le bloqueaba el paso. Él arrastro el hacha por el suelo y la levantó, el bello de su cuerpo se erizo. Paralizada y sin saber que más hacer, sintiendo que sus fuerzas la abandonaban, cerró los ojos ‘‘mamá’’ ese de seguro seria su fin… Un fuerte golpe, viento y nada más. Levantó los parpados lentamente, temiendo encontrarse con el hacha ante sus ojos, pero para sorpresa el lugar en donde había estado el hombre estaba vació. Respiró a bocanadas, aliviada. El hombre estaba en el suelo, con una vara atravesándole la espalda, y más allá en la puerta de entrada tres siluetas, el alivio se esfumó.
Las tres nuevas personas entraron al baño (tamaño normal, no se le escapó a Jamie) Ella los observó, dos varones y una chica. El hombre del medio se acercó como si ella fuera un animalito asustadizo, era mayor casi como su padre, casi.
Se agachó a su lado ¿Cuándo habían flaqueado sus piernas? Jamie ni lo recordaba. —¿Te encuentras bien? —le habló tranquilamente, tenía unos amables ojos tras sus gafas y una voz suave—. No te haremos daño, hemos venido a buscarte. —¿A…buscarme? —Jamie lo miró, sus ojos no cambiaban.
—Si —El hombre miró a sus compañeros y se acomodó los lentes—. Pero debemos apurarnos, luego te contaremos, ahora podrían llegar más. Le ayudó a ponerse de pie, sentía las piernas blandas, no creía posible quedarse de pie más tiempo, mucho menos caminar. El otro varón, resulto ser un chico probablemente de su misma edad, se acercó para ayudar a llevarla.
—Jensen, tómala del brazo —dijo el adulto—. Y Cecilia hazme el favor de tu tomarla de este. La chica que hasta ese momento se había mantenido al margen se acercó con cara de pocos amigos. Se puso en el lugar del hombre, era un poco más baja que ella, pero daba miedo, tenía un estilo punk, llevaba un piercing bajo el labio inferior, vestía de negro de la cabeza a los pies y lucía un pelo igual de negro y puntiagudo, Jamie esperaba que solo fuera cabello.
—¿Qué miras? —dijo con tono amargo, Jamie desvió la mirada de ella.
Salieron del baño, allí había otra chica, cuando los vio corrió a su encuentro. —No vi a nadie sospechoso. —Le dijo con orgullo al hombre de gafas, luego desvió la mirada a la propia Jamie—. ¿Es ella? La chica se acercó velozmente, era pelirroja con algo de rulos, tenía pecas y ojos verdes. Se alisó la falda estampada tartán. —Eh… —Jamie se trabó.
—Soy Margaret —sonrió. —Margaret, las presentaciones después —dijo el hombre.
—Lo siento Riley —Margaret se dio la vuelta y se adentró en la multitud de pasajeros.
—¡Mis maletas! –recordó Jamie, en aquel momen-to le parecían muy importantes ¿cómo viajaría sino? —Ve a buscarlas —dijo el tal Riley a Jensen, quien le ayudó cuando el muchacho se fue. Jamie se sentía mareada, no podría mantenerse consciente por mucho.
Se metieron entre la asfixiante gente y salieron al aire cargado de combustible, pero fresco, el cual le golpeó en la cara despejándola levemente, la llevaron casi corriendo y la metieron a un auto. Lo último que recordó fue estar acostada en el asiento trasero y ver el colectivo en donde ella debía partir estacionado, esperándola ‘‘Debo tomarlo’’ algo café borró su visión, un pájaro de ojos negros.




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