Crónicas de una mestiza Vestigios de mí sangre

Capítulo 2 Mi sangre

Fue arrancada del sueño, bostezando se restregó los ojos. Ella esperaba ansiosa oler el exquisito aroma de panqueques recién hechos por papá que preparaba todas las mañanas, pero en cambio lo que olio fue orina de gato. Se sentó espantada.

No se encontraba en su cama, no se encontraba en casa, estaba sentada en el asiento trasero de un auto, la puerta estaba abierta y daba a una hermosa casona con un aspecto antiguo pero con toques modernos, y como detalle final, estaba rodeada de campo verde como si allí el otoño no tocara.

¿En dónde estaba? Era obvio que en Rosario, su ciudad, no, lo mejor sería salir y averiguarlo. Con una sacudida recordó a las personas que la habían arrastrado fuera de la terminal, no se las veía por ninguna parte, quizás en la casa…

Un gritó la hizo saltar del asiento y golpear su cabeza contra el techo del vehículo, y unos cuantos más bajos la hizo percatarse de que provenía de allí mismo. Rápidamente giro la cabeza hacia los asientos delanteros, y si, efectivamente allí estaba. Un ave, una rapaz ¿La había visto antes? ¡Sí! ¡Por supuesto que sí! Antes de caer inconsciente, podía recordarlo muy claramente cuando lo demás era algo difuso. El pequeño ave giro la cabeza para mirarla más atentamente, como si estuviera evaluándola.

Jamie salió de su estupor y bajó del auto. El aire era distinto, no sabía el porqué, hacia frio, mucho más que lo normal aun estando el sol en lo alto, probablemente fuera mediodía. Calentando sus brazos frotándolos subió hacia la casa, allí debían saber algo, allí debían estar aquellas personas, en tal caso ¿por qué la habían dejado sola en el auto?

Aún se sentía un poco mareada pero el aire fresco y el leve viento ayudaban, aunque deseaba estar en su casa, calentita y con su papá tomando mate y comiendo torta fritas calientes ¡Su papá! Seguro no sabía nada de eso, debía ir a contactar con él, debía estar preocupado por su incomunicación. Se apresuró subiendo las escalinatas principales.

La puerta de la casa estaba abierta, igual así Jamie tocó por educación, nadie contestó, tragando saliva entró. En el pequeño vestíbulo olía a sahumerio.

—Hola —su voz sonaba demasiado fuerte en aquel espacio vació, incomoda se adentró más, ahora podía oír leves voces, pero no distinguía nada de lo que se decía.

Mau’’ Jamie miró hacia las escaleras, un gato anaranjado bajaba veloz para recibirla, enrollándose en sus piernas.

—Hola gatito —dijo acariciando la cabeza suave y llena de cicatrices del animal quien ya ronroneaba—. ¿Y los dueños de casa?

—Veo que has subido sola —Jamie se sobresaltó, alguien más bajaba de las escaleras, era una chica, rubia y elegante forma de caminar, era una de esas que su madre solía llamar presumida. Tenía una silueta muy marcada como las modelos que salían en las revistas de moda que solía mirar y llevaba una campera en brazos como si estuviera por salir.

—Oh, lo siento —se disculpó Jamie de inmediato—, es solo que me desperté y no había nadie.

La chica la evaluó, o eso creía Jamie que hacía, tenía unos hermosos ojos verdes.

—No te preocupes, le habíamos dicho al tonto de Jensen que te fuera a buscar, pero no ha ido e iba yo… —Hizo un gesto como “¿Qué le vamos a hacer?’’—. Sígueme.

Jamie obedeció, la siguió más adentro de la sala que contaba con un sofá, en donde la chica rubia tiró su campera. No solo lo aparentaba desde fuera, la casa era realmente enorme, la sala del sofá contaba con un enorme ventanal que daba hacia el enorme y verde jardín, y por supuesto allí estaba las escaleras por las que habían bajado tanto la chica como el gato, que en aquel momento saltaba con mucho ahínco tras ellas.

—Soy Rachel por cierto —se presentó volteándose para mirarla.

—Jamie, mucho gusto —se contuvo de preguntar en dónde carajos estaban los otros que la habían llevado hasta allí.

Rachel la condujo a una sala en donde había una enorme mesa alargada, estanterías repletas de cosas; vasos, tazas, copas, platos, teteras etc. Todo muy pulcro a pesar de la cantidad, siguieron atravesando la sala y llegaron ante la cocina, Jamie lo supo de inmediato, el aroma que salía de allí era exquisitamente mareante, hizo que su estómago amenazara con sonar. Y no era lo único que la hizo marear, el sitio estaba repleto de gente, que hablaban y gritaban.
Todos se detuvieron al ver a Jamie.

—Ho…hola —De la aglomeración salió el chico que había visto aquella mañana, un poco vacilante—. Soy Jensen.

Le tendió la mano que Jamie tomó por educación, estaba algo sudorosa.

—Jamie —tartamudeó.

—Yo Margaret —la chica pelirroja de antes se estiro para hacerse notar, con una gran sonrisa se acercó—. Mucho gusto Jamie.

—A ver, muévanse, déjenla respirar —Una mujer regordeta los hizo a un lado. Tenía una cara amable, cabello rojizo artificial y gafas. Sus rasgos le recordaban a alguien aunque sinceramente no recordaba a quien—. Mi nombre es Rebecca, toma, bebe un vaso de agua.

—Gracias —Jamie aceptó el vaso y la silla que le ofrecían, le estaba agradecida, se sentía mareada y algo ahogada por la bienvenida.

—Jensen llama a tu papá —dijo la mujer dándole golpecitos con un repasador al chico.

—Claro abuela —El muchacho se alejó atolondrado.




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