Crónicas de una mestiza Vestigios de mí sangre

Capítulo 10 Bruce

Los guardias condujeron a Jamie por un blanco y largo pasillo, no hablaban ni siquiera entre ellos. Había puertas negras separadas unas de otras ¿serian prisiones como en la que estaban ella y su padre? Abrieron otra puerta (esta vez roja) y pasaron otro pasillo igual que el primero, este con puertas rojas ¿Acaso era la casa de las puertas? Pasaron como cinco y allí se detuvieron. Uno de los hombres abrió la puerta que tenían en frente hacia una habitación amueblada con una cama con cortinas, muebles de caoba y el suelo cubierto por completo con una alfombra color caqui.

—Entra —dijo sin expresión, no tenía más remedio que hacer lo que le dijeran, así que entró. De inmediato fue invadida por manos pálidas de unas mujeres, con los mismos rostros sin expresión que aquellos hombres, los cuales se habían ido de allí cerrando la puerta.

Las mujeres comenzaron a quitarle la bufanda y campera.

—¡Esperen! ¿¡Que hacen!? —Jamie intentó zafarse desesperada de las pálidas manos que se asían con fuerza.

—¿No pensara ir vestida así a una cena con el amo, verdad?

—¿Cena? ¿Amo? —Las mujeres siguieron con su trabajo sin contestar. Se sentía como si estuviera siendo atendida por muñecas de porcelana, sus tactos eran fríos y su piel no olía a nada. Jamie apretó los dientes, solo debía esperar. Cuando le quitaron toda la ropa le pusieron una bata de seda. Las siete mujeres hacían un montón de cosas, cada una algo diferente.

Cuando sus pies desnudos tocaron la alfombra, se sintió cálido y extraño, la hicieron caminar hacia un tocador y la sentaron. Una de las mujeres le limpió la cara con brusquedad mientras otra le quitaba la colita que se había hecho, la cual ya estaba algo torcida por la odisea.

—¡Auch!—se quejó Jamie cuando tiraron de su pelo. Al terminal con su peinado (al cual le pusieron como cientos de productos) siguieron con su cara. Ella se aguantó todo en silencio, viendo como la maquillaban con kilos de productos, al verse como terminó sentía que jamás se había maquillado de verdad. Ni siquiera había podido darse una buena ojeada en su reflejo cuando rápidamente la arrastraron del asiento y la pusieron frente a la colosal cama.

Allí reposaba el vestido más hermoso que Jamie podría jamás haber deseado. Era enorme, rojo, parecía ser de Satén, recubierto de triple capa de tul ¿De dónde lo habían sacado? ¿Se seguían haciendo cosas así de hermosas? Sin más las mujeres la comenzaron a vestir. El vestido era precioso lo único que estaba demás, era el corsé; ahora entendía a las miles de chicas en libros y películas, el corsé la dejaba casi sin aliento.

Cuando terminaron de colocarle el alborotado vestido deslizaron guantes igual de rojos por sus manos, al terminal le llegaban hasta los codos y colocaron en sus pies zapatos con pequeños tacos, luego la pusieron frente al espejo.

Se quedó sin aliento ¿Era ella? No lo podía creer, parecía estar viendo el reflejo de su madre, en el peinado y la forma en que la maquillaron, en conjunto parecía una princesa de cuento, como aquellas de las que le contaba su madre. Impulsada por un sentimiento dio una vuelta completa, era un magnifico vestido, que si lo hubiera tenido de niña hubiera sido más que feliz con él.

Una de las mujeres abrió la puerta e hizo pasar a uno de los guardias. Jamie retrocedió, por un momento había olvidado que estaba allí en contra de su voluntad ¿Cómo lo había podido olvidar? eso sí que daba miedo, más que todo lo que había vivido los últimos días.

La volvieron a sacar de la habitación, esta vez la condujeron por un pasillo hasta llegar a unas escaleras de madera, las cuales lucían antiguas y bajaron ¿Qué demonios era aquel lugar? Los distintos estilos eran chocantes, mientras que los pasillo eran modernos, las escaleras tanto la sala que les esperaba abajo eran antiquísimos.

Cuando llegaron abajo otros dos guardias los esperaban para escoltarla, estos tenían semblantes más humanos y vestían un estilo de uniforme; chaqueta, pantalones holgados y borceguíes, también llevaban un emblema al hombro, Jamie no pudo mirarlo bien pero a simple vista no le parecía conocido.

—Ya pueden irse —dijo uno de ellos a sus antiguos escoltas, quienes subieron de vuelta sin decir nada. Los nuevos eran menos en cantidad pero daban más miedo, aparte Jamie se percató algo asustada de que llevaban armas de fuego. Tragó saliva ¿En dónde se había metido?–. Sigue caminando.

Jamie sin atreverse a rebelarse (menos ahora) siguió caminando tal como sé lo ordenaron.

Tenía tazón, el estilo de esa parte de la casa era muy antiguo, con sus paredes empapeladas y sus arañas colgando del techo, precioso. Se detuvieron, parecía que ya habían llegado a su destino, Jamie se retorció la falda del vestido algo nerviosa mirando la hermosa puerta de madera tallada. La puerta se abrió.

La habitación que les esperaba al otro lado era un comedor con una enorme mesa alargada, con miles de platos, vasos y cubiertos distintos.

—Aquí estamos, Bruce —dijo uno de los guardias cuando entraron ¿A quién se lo decía? ¿A su compañero o al hombre sentado a la otra punta de la mesa?

—Gracias, ya pueden irse —El hombre se levantó y fue hacia ella—. ¡Mírate! ¡Luces igual que tu madre!

El hombre hizo un gesto con ambas manos para demostrar que se refería a ella. Su gran sonrisa era falsa, eso lo podía ver con claridad, sus ojos le parecían algo conocidos, no eran los del tipo del sueño pero…




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