Crónicas de una mestiza Vestigios de mí sangre

Interludio

Jamie y su madre estaban de pie hablando con la encargada del cuidado de la niña. Jamie no podía parar de admirar todo a su alrededor; caballos, niños, pistas de arena para montar, había incluso cabras y ovejas. También una llama lanuda.

Esa mañana ella y su madre habían decidido ir de paseo a una granja escuela, Jamie estaba ilusionada de montar en un caballo. Había un montón y eran tan enormes…

—Gracias, entonces cuídela bien —Su madre se agachó acariciando su cabello, Jamie le sonrió—. ¿Lista?

Jamie asintió emocionada, no veía el momento de cabalgar —Si mamá.

—Vamos preciosa —La mujer que se encargaría de ella la llevó al corral. El caballo de un marrón puro levantó la cabeza mirándolas. Jamie le acarició el hocico y fue recibida con un aliento cálido y un aliento espantoso. La mujer le tocó el hombro—. ¿Quieres subir ya?

—Si —Jamie se vio levantada y posada en la grupa del enorme caballo. Pero no le importó en lo absoluto que fuera tan alto, ella quería montarlo igual.

—Sostente de las riendas muy ligeramente —La mujer le indico con suavidad—. Si te tensas el caballo lo notara.

Jamie sostuvo las riendas de cuero con un poco de miedo, no quería espantar a aquel hermoso animal, quería ser su amiga. Cuando estuvieran en casa le preguntaría a mamá sí podrían volver de nuevo algún día antes de que comenzaran las clases.

—¿Podrías encargarte del animal vos solita? —La mujer sonrió—. En seguida vuelvo.

—Bien—La mujer se alejó sin más. Jamie se emocionó, ella sola y el caballo. Acarició las crines duras, ojala pudiera tener un caballo, lástima que vivían en una ciudad. Si al menos sus padres se decidieran mudar al campo, quizá ella pudiera tener caballos, un poni y ovejas, le gustaban las ovejas, también podría tener una vaca…

El caballo dio un respingo resoplando—. ¿Qué sucede bonito?

Jamie estiro la mano para acariciar el cuello del caballo, pero el animal asustado se precipito hacia delante, relinchando.

—¡AAAH! —Jamie gritó agarrándose fuertemente al animal—. ¡Mamá!

El caballo esquivo la tranquera y comenzó a encabritarse, la espuma salía de su boca salpico a Jamie en la cara, tibia. Ella perdió el agarre y cayó al suelo aturdida entre las patas del animal. Se dio la vuelta boca arriba viendo como su madre y la mujer que se suponía debía cuidarla corrían hacia ella, pero estaban muy lejos.

Jamie miró al caballo. Sus ojos estaban desorbitados, sus ollares grandes lanzaban aire húmedo y lleno de polvo, su boca soltaba saliva espumosa de un tono verde debido a las pasturas. La miró aterrado y Jamie lo supo, allí ella estaba siendo un peligro.

—¡Aaah! —gritó y el caballo se levantó en sus patas traseras yéndose encima de ella, aplastándola.

—¡Jamie! —Escuchó a su madre gritar mientras ella era aplastada por el enorme animal. No podía levantarse, no podía correr, dolía. “Mamá” lloró, su pecho dolía, dolía mucho. Sentía calor…

Un gritó aterrador broto encima de ella, el caballo con una sacudida violenta se desplomo sobre ella, completamente inmóvil.

—¡Jamie! ¡Cariño! —Su mamá la levantó veloz y la pegó a su pecho, Jamie no paraba de llorar aterrada—. ¿Cariño, te has hecho daño?

Su madre despegó la sucia y húmeda cara de Jamie de su pecho. Jamie asintió sin parar de derramar lágrimas.

—Llamare a urgencias —La mujer se alejó asustada en busca de señal.

—Es tu culpa. Debías cuidarla —Gritó su mamá furiosa, luego miró a Jamie con amor—. Vamos de aquí ¿sí?

Jamie asintió y miró hacia el animal. Estaba inmóvil, Jamie sabía que ya no tenía vida. Su mirada vacía le hizo sentir escalofríos recorrer su espalda.

Ya no le gustaban los caballos, los detestaba.




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