—Cinco, seis, siete —Ella iba canturreando saltando de número en número, llevaba una muñeca en una mano y a pesar del frio llevaba una falda hasta las rodillas.
¿Era su recuerdo? ¿Era ella? no podía recordarlo. La niña saltó un charco de agua y paro en la calle.
—¡Ángela ven! —Una mujer gritaba el nombre de su madre. Sintió que una cálida mano tomaba la suya, entonces se dio la vuelta. Era un niño de ojos dorados.
Christopher.
Y Christopher fue el primer nombre que broto de sus labios cuando despertó.
—No, soy yo —Jamie abrió los ojos y se encontró la cara somnolienta de su padre—. ¿Y quién es Christopher? ¿El dueño de la casa, el hombre que te rescato?
—¿Eh? No, no —Jamie se sentó, se sentía sucia y despeinada—. ¿Qué pasó?
—Trajeron algo de comida —Había una bandeja grande en el suelo—. De cualquier modo ¿es tu rescatador?
—¿Eh? No —Recordó que su padre le había preguntado por Christopher—, el que me rescato fue Riley.
—¡Riley! ¿¡Riley Hamilton!? —preguntó su padre sorprendido.
—Sí, el mismo—contestó Nicklaus, muy bien porque en todo el tiempo que Jamie había estado en casa de Riley no había sabido su apellido—. Debes de conocerlo ¿no? Tengo entendido que él ha ayudado mucho, a ti y a tu mujer.
—Por supuesto, lo recuerdo como un tipo amable ¿Se encuentra bien?
—Sí, más o menos —Nicklaus hurgo en la bandeja, al parecer no había nada de su agrado ya que se alejó sin tomar nada.
Había pasado alrededor de un día desde la cena con el ex-bruce (quien no era bruce) por lo cual su estómago rugió de hambre al pensar en la comida.
—Comamos algo cariño —dijo su padre acercándose a la bandeja. Jamie lo hizo, se llevó una gran decepción al ver que solo había pan, dulce y manteca, con agua para beber. Pero igual así comió, necesitaba fuerzas si quería salir de allí.
—¡Auch! —Jamie soltó el cuchillo de untar, el mango que estaba roto le había pellizcado, se llevó el dedo que comenzaba a sangrar a la boca.
—¡Ah!
Jamie se sobresaltó cuando Nicklaus corrió hacia ella y le quitó el cuchillo, por un momento creyó que él se había preocupado por ella, pero no.
Nicklaus dejó el cuchillo en el suelo y agarró la bandeja, tirando toda la comida de paso.
—¡Hey! —gritaron Jamie y su padre. Nicklaus estrelló la bandeja contra el cuchillo con todas sus fuerzas—. ¿Qué te hizo?
Sin embargo él no le contestó a Jamie sino que levantó el lamentable cuchillo con gloria.
—¿Saben que significa? —preguntó con los ojos brillantes—. Que podemos huir.
Corrió hacia la puerta, Jamie se levantó y lo siguió. Con mucho cuidado Nicklaus estaba metiendo la parte de fierro del mango en la cerradura.
—¡Maldición! No llega —exclamó Nicklaus—. Necesitamos algo más fino.
—Más fino —Los ojos de Jamie se fueron directamente al colgante de Nicklaus debajo de su ropa, le parecía haber visto algo más fino y puntiagudo…
—¿Qué…? ¡No! —Nicklaus parecía ofendido.
—Vamos, necesitamos algo más fino y no hay nada más fino aquí, salvo eso —Jamie apuntó a Nicklaus, el chico lo pareció considerar un largo rato, mordió su labio inferior.
—Ok, pero…sostén esto —dijo refiriéndose al cuchillo.
Jamie ya se había quitado los guantes con anterioridad y ahora solo los sostenía, estuvo a punto de tirarlos al suelo pero recordó que habían pertenecido a su madre, mejor decidió que se los entregaría a su padre para que los guardara.
—Sostén esto así y no lo muevas —advirtió Nicklaus.
—Bien —Lo que vino después fue algo incómodo, intentar con mucho cuidado para que no se mueva para nada mientras remplazaba las manos de Nicklaus por las suyas. Le daba un poco de vergüenza, las manos de Nicklaus eran perfectas, finas, las uñas ni demasiado largas ni demasiado cortas y sanas, en cambio las suyas, uñas demasiado cortas (obligada por Christopher) y una uña rota y medio quemada por la explosión. Además tenía la piel seca, daba envidia que un chico fuese más perfecto que ella.
Nicklaus se sacó el colgante y Jamie pudo ver de qué se trataba, era una medalla de la Virgen María y el niño, a sus cabezas llevaban una cruz que atravesaba la medalla dejando a salvo la imagen, la sacó muy suavemente. Beso la medalla y volvió a colocarla en su lugar, con el mismo cuidado puso la cruz encima del mango del cuchillo y la metió en la cerradura.
—Suelta —dijo sin nada de delicadeza. Jamie se apartó para dejarlo trabajar.
Su padre, a su lado le rodeo los brazos, ambos estaban con los corazones latiendo a mil. Si eso funcionaba podrían salir y escapar, era obvio que no querían cantar gloria antes de tiempo porque podría no funcionar. Pero con una gran sorpresa la puerta hizo clic, haciendo que a los tres casi se les parara el corazón.
Nicklaus suspiró de alivio y devolvió la pequeño cruz a su lugar —Jamie ven. Tú abres la puerta.
—Okey —Jamie tomó el borde ya que no tenía manija en la parte interior. Nicklaus sacó un pequeño revolver. Jamie estaba atónita—. ¿Tuviste eso todo este tiempo?