Habían llegado a la casa de empeño, estaba cerrado “Casa de empeño y antigüedades” se leía el letrero. Era demasiado tarde en la noche era obvio que estaría cerrado ya.
—De 9:00 a 13:40 y de 17:00 a 19:30 horas —leyó Riley—, tendremos que pasar la noche en la ciudad.
Encontrar un hotel barato y en una zona no tan peligrosa fue difícil, al final terminaron alquilando una habitación por una noche en casa de una señora fumarrilla. Todo olía a humo de cigarro y había excesiva humedad.
—Muchas gracias —agradeció Riley a la mujer, quien respondió con un “Nahh” él cerró la puerta suspirando.
—Yo tomó la cucheta de arriba —Jensen se subió trepando, sí que sacaba su lado competidor cuando debía. La habitación estaba compuesta por una cucheta y una cama matrimonial.
—No pienso compartir la cama con ninguno de ustedes — dijo Cecilia arqueando las cejas.
—Solo hay tres camas, no te quejes —Rachel suspiró cansada.
Cecilia enojada dio una patada a la cucheta haciendo que Jensen gritara, Rachel reprimió una risa. Christopher no pasaría la noche con ellos, dijo que no podía compartir la habitación, lo cual ellos no dijeron nada, sabían que tanto su religión como su cultura no se lo permitían. Incluso Riley se ofreció a pagarle una habitación pero él dijo que no creía poder dormir, así que sin más se había ido a dar vueltas por la ciudad, a saber que iría a hacer.
Christopher era muy reservado y nadie podía saber en que estaría pensando. Probablemente en Nicklaus, Rachel tampoco podía sacárselo de la cabeza ¿en que estaría pensando para irse así? Lo único en lo que estaba muy segura como su amiga era en que no los había traicionado.
Dormir en medio de dos personas, una que le daba patadas y otra que le ponía pelo en la cara le hizo sentirse como cuando era una niña y hacia pijamadas con sus amigas. Por supuesto Cecilia era la de las patadas y Margaret la del pelo en la cara, igual así al estar tan cansada pudo dormir toda la noche.
A la mañana siguiente Christopher los estaba esperando fuera de su hospedaje.
—¿Encontraste algo? —preguntó Riley cerrándose el cierre de la campera.
—No, nada, solo algún que otro demonio —dijo serio.
—Ah, bien —Riley parecía no saber si se refería a demonios reales o humanos malvados.
Ese día sí que había mucha gente, ya que era viernes. La casa de empeño y antigüedades “Carlos empeños” estaba abierto al público.
—Buenos días —saludo Rachel al entrar, el encargado de la tienda (¿sería Carlos?) les saludo con un gesto de cabeza y siguió con su lectura del diario, era un anciano de bigotes y chaleco de lana.
Mientras fingían mirar las cosas en venta iban buscando la señal. Había un montón de cosas, desde instrumentos de música, herramientas, aparatos electrónicos y zapatos antiguos entre otras cosas. Revolvieron todo pero solo lograron llenarse las manos de polvo.
—¿Encontraron lo que buscaban? —Les asaltó el encargado.
—¿He? No, digo, no buscábamos nada en específico, solo mirábamos —contestó Rachel, el hombre no apartó la mirada de ellos, se podría decir que les miraba con más sospecha ¿podría saber ese hombre lo que guardaba entre sus ventas de segunda mano?—. De hecho ¿Podría ayudarme? Necesitamos lo más viejo que tenga, es para un regalo.
El hombre apartó la mirada de los chicos y se encamino al mostrador. Sin mucha delicadeza dejó un cisne de porcelana para que ella lo mirara y seguía vigilando a sus amigos. Necesitaba interpelarle más.
—¿Cuántos años de antigüedad tiene? —preguntó haciéndose la interesada.
—90, 96 —el hombre encogió los hombros.
—¿Y esto es lo más viejo que tiene?
—Sí, lo es —él desvió su mirada hacia los demás.
—¿Tiene algún certificado?
—Mire ¿lo compra o no? —suspiró ya cansado de ella.
—Haber…déjeme consultarlo —Se fue hacia donde estaba Margaret—. ¿Lo encontraron?
—No —ambas hablaban en susurros.
—Ven —Rachel y Margaret volvieron al mostrador—.
¡Aquí! ¿Qué te parece para el regalo?
—Mm, no me parece demasiado viejo —dijo Margaret evaluándolo, ¡¡Bien!! Suerte que había elegido a Margaret y no a Jensen, ella sí que sabía seguirle la corriente, aunque si aquel hombre hubiera conocido a Margaret habría notado lo nerviosa que estaba.
—Sí ¿no? —Rachel movió la cabeza como indecisa.
—Es lo más viejo que tengo —repitió el hombre irritado.
Por el rabillo del ojo Rachel pudo ver a Jensen moviendo los brazos ¡Maldición! ¿No podía ser más evidente?
—¿Sabe qué? no lo llevaremos —dijo ella y se volteó veloz hacia los demás—. Chicos ¿encontraron algo?
—No, nada —dijo Riley aparentemente rendido.
—Nosotras tampoco, así que vamos —Rachel con una sonrisa se volvió hacia el encargado—. Muchas gracias.
Cuando todos estuvieron a una cuadra de la tienda suspiraron de alivió.
—Ay por el amor de Dios, estaba con los nervios de punta —exclamó Margaret apoyándose en la pared de una vivienda.