La cortina de seda azul permanecía descorrida apenas un palmo, lo justo para que las criadas entraran y salieran con palanganas de agua tibia que se volvían rosadas antes de ser retiradas. Del otro lado, no se escuchaba absolutamente nada.
En la estancia principal, el silencio pesaba más que cualquier grito.
Hon Weimin estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a todos. Miraba el jardín de bambú, allá a lo lejos, donde la rocalla se alzaba contra el muro del este. Desde aquí no podía verla, pero la imaginaba: las piedras grises, el musgo en las grietas, y al pie, el lugar donde su hija había sido encontrada.
—Debiste haberla encerrado hace meses —la voz de Hon Fen cortó el aire como un cuchillo desafilado—. Cualquiera con dos dedos de frente sabía que esta niña acabaría mal.
Weimin no se volvió.
La señora mayor estaba sentada en la estera principal, la que por derecho le correspondía como viuda del patriarca. A sus cincuenta y siete años, Hon Fen conservaba el porte erguido de quien ha pasado décadas luchando por cada pulgada de poder en esa casa. Sus manos, apoyadas sobre las rodillas, no temblaban. Nada en ella temblaba.
—Con catorce años —prosiguió, y cada palabra caía como una losa—. A los catorce años, yo ya me había comprometido. A los catorce, tu madre... —hizo una pausa calculada—. Bueno. Tu madre ya estaba preparando su compromiso matrimonial.
El golpe era directo. Recordarle a Weimin que Hon Qing, su madre, la primera esposa, había sido una mujer cumplidora, fértil, sensata. No como esta niña que ahora se desangra tras una cortina por hacer alguna estupidez.
Weimin apretó la mandíbula. No respondió.
En un rincón de la habitación, casi oculta por un biombo de grullas, Hon Xiuying observaba. A sus quince años, la primogénita de Hon Jun había aprendido el arte de estar presente sin ser vista. Sus ojos iban de su tío Weimin a su abuela Fen, y de vuelta, como siguiendo el golpeo de un volante en el juego del bádminton. No perdía detalle. No lo haría.
—Señora —intervino una voz suave, y todas las miradas se desviaron hacia Hon Shu, la segunda esposa de Weimin, que acababa de salir de detrás de la cortina con las mangas manchadas de agua y, tal vez, de algo más—. El doctor dice que la hemorragia ha cesado, pero Lihua no despierta.
Shu tenía treinta y dos años, pero en ese momento parecía más joven, o quizá sólo más frágil. Era una mujer menuda, de movimientos contenidos, y su nombre —Virtuosa— le iba bien. Demasiado bien, pensaba Fen en ocasiones, pero no podía ponerse en contra de esta "nuera", era su mejor aliada dentro de la primera rama.
—Seguro finge —dijo Fen con sarcasmo—. Claro, después de dar un espectáculo que tardaremos años en olvidar. ¿Sabes lo que dirán las otras familias? ¿Las casas con las que hemos negociado alianzas? "Ah, los Hon, esa familia cuya segunda señorita se tira de las rocallas como una desesperada".
—No fue un...
—¿Un qué? —Fen alzó una ceja, desafiando a Shu a terminar la frase.
Shu bajó la mirada.
—Basta.
La palabra vino de la ventana. Weimin se volvió por fin, y su rostro, a la luz mortecina del atardecer, revelaba algo que ninguno de los presentes esperaba: no era ira. Tenía miedo.
—Basta —repitió, más bajo—. Mi hija yace ahí. Mi hija.
Fen abrió la boca para replicar, pero en ese momento algo se movió en la puerta.
Hon Jian, de trece años, estaba en el umbral. El heredero. El hijo varón de Weimin y de su primera esposa fallecida, la misma madre de Lihua. Tenía los nudillos blancos de apretar el marco de la puerta, las túnicas de estudio desprolijas y la respiración entrecortada de quien ha venido corriendo.
—Hermana —dijo, y era más un gemido que una palabra—. ¿Mi hermana...?
Nadie respondió.
Jian miró a su padre. Miró a Shu, su madrastra. Miró a Fen, su abuela política. Miró a Xiuying, su prima, que desvió los ojos con la rapidez de quien no quiere ser visto.
Y entonces, sin pedir permiso a nadie, cruzó la habitación y desapareció tras la cortina azul.
—¡Jian! —La voz de Weimin fue un latigazo, pero el muchacho ya no oía.
Desde detrás de la cortina llegó un sollozo, contenido, varonil.
Amaba a esta hermana, aunque en el último año peleaban constantemente, no le gustaba su cambio y sus nuevas actitudes, si no fuera por ese hombre...
Verla en su cama, pequeña, frágil y pálida, le dolía el corazón.
El sollozo se quebró en un gemido seco, y luego vino el silencio otra vez, pero era un silencio distinto. Más denso. Más íntimo.
En la estancia principal, nadie se movió.
Weimin había dado medio paso hacia la cortina cuando la voz de Jian llegó, apenas un murmullo:
—...idiota.
No era una palabra dicha con rencor. Era la clase de insulto que solo puede nacer del amor más absoluto. El mismo que Weimin había usado con su esposa, la madre de estos dos, cuando ella lo esperaba despierta hasta tarde a pesar de las fiebres.
—Idiota —repitió Jian, y esta vez la voz se le rompió—. No te mueras. No te atrevas.
Shu bajó la cabeza y se llevó una mano a la boca. Fen, desde su estera, arrugó ligeramente el entrecejo, como quien calcula una variable inesperada. Xiuying, tras el biombo, contuvo la respiración.
Fue Weimin quien, por fin, rompió el hechizo. Caminó hacia la cortina con paso firme, pero en el último momento dudó. Su mano quedó suspendida a un palmo de la seda azul.
—Jian —dijo, y su voz era ahora la de un padre, no la del diputado—. ¿Cómo está?
Del otro lado, un silencio. Luego, la voz del muchacho, más controlada pero aún temblorosa:
—No despierta. Pero... pero respira. Se la ve... pequeña.
Weimin cerró los ojos. Asintió, aunque nadie pudiera verlo.
—Cuídala —ordenó, y se volvió para caminar hacia la estancia.
Su mirada encontró primero a Shu, que seguía de pie junto a la cortina con las manos manchadas. Luego a Fen, que lo observaba con esos ojos que siempre estaban calculando. Luego, casi por casualidad, el espacio tras el biombo donde Xiuying creía pasar desapercibida.