Crónicas de una segunda señorita

Capítulo 2 

Diez días habían pasado.

Diez días intentando enseñarle, intentando mostrarle, intentando encontrar un resquicio por donde se colara la niña que solía ser.

No recordaba nada.

Al principio, la Vieja Señora —jamás le nació llamarla madre, y menos en privado— insistió fervientemente en que la muchacha estaba fingiendo. "Es un truco", decía Fen con esa voz que siempre parecía estar dictando sentencia. "Quiere atención. Quiere evitar el castigo por el escándalo. Ya verás cómo cuando la presionemos..."

Pero no.

No recordaba nada en absoluto.

Ni siquiera la etiqueta básica que había aprendido desde los cinco años: cómo sentarse en la estera, cómo recibir a un visitante, cómo inclinar la cabeza en la medida exacta para cada rango. Había que enseñárselo todo de nuevo, como a un bebé que hubiera crecido en el cuerpo de una doncella.

Y sin embargo...

Weimin observaba desde la entrada de la habitación, con las manos cruzadas a la espalda en un gesto que imitaba la serenidad pero apenas contenía el temblor.

Su hija siempre había sido inteligente. Impulsiva, sí. Irreverente, también. Pero inteligente. Demasiado confiada a veces. Demasiado manipulable, como le había repetido hasta el cansancio después de cada rabieta, después de cada salida al mercado de sedas, después de cada discusión sobre ese hombre.

Pero esto...

Esto no era inteligencia. Esto era otra cosa.

Lihua estaba sentada frente al médico, con las manos apoyadas sobre las rodillas en una postura que le habían enseñado esa misma mañana. La primera vez la había hecho mal. La segunda, también. La tercera, había mirado a la criada con una expresión neutra y había repetido el gesto sin preguntar nada.

No preguntaba casi nada, en realidad.

Eso era lo que más inquietaba a Weimin.

En diez días, su hija apenas había formulado preguntas. Observaba, sí. Sus ojos seguían a las criadas, a los visitantes, a los miembros de la familia que se acercaban con excusas más o menos veladas. Pero no preguntaba. No señalaba. No decía "¿quién es ese?" ni "¿por qué me mira así?".

Solo miraba. Y callaba.

El médico, un hombre de sesenta años llamado Wan Zhi que había atendido a tres generaciones de los Hon, le estaba tomando el pulso por enésima vez. Llevaba diez días viniendo a diario, diez días probando infusiones, acupuntura, masajes en la base del cráneo. Nada funcionaba.

—Señorita —dijo Wan Zhi con su voz pausada—, ¿recuerda algo de lo que hablamos ayer?

Lihua asintio con la cabeza. Un movimiento leve, casi imperceptible.

—¿Que recuerda exactamente? —pregunto el médico.

—Usted me preguntó si recordaba algo —respondió ella—. Yo le dije que no. Luego me preguntó si me dolía algo. Le dije que la cabeza, a veces. Luego me habló de la circulación del qi y yo le pregunté si tenía algún tratado escrito sobre el tema. Usted dijo que sí, pero que estaba en su estudio. Yo le pedí que me lo trajera. Usted no lo ha traído.

Wan Zhi enarcó una ceja.

—¿Recuerda eso con claridad?

—Recuerdo todo lo que ha pasado desde que desperté —dijo Lihua, y en su voz no había orgullo, solo constatación—. Con todo lujo de detalles. Lo que no recuerdo es nada de antes.

El médico asintió, tomando notas en su cuaderno.

—Fascinante. La memoria episódica anterógrada intacta, la retrógrada completamente abolida.

—¿Dolores? ¿Molestias?

—Solo a veces —respondio.

Wan Zhi suspiró y guardó sus agujas. Luego, con la cautela de quien va a pisar terreno minado, dijo:

—Señorita, he observado que... no pregunta. Sobre su vida anterior. Sobre las personas que la rodean. ¿No siente curiosidad?

Lihua levantó la vista. Por un instante, sus ojos se encontraron con los de su padre, que seguía en la puerta, inmóvil.

Luego, con una voz tan baja que Wan Zhi tuvo que inclinarse para oírla, respondió:

—¿Serviría de algo?

El médico parpadeó.

—¿Cómo dice?

—Preguntar. ¿Serviría de algo? —repitió ella, sin cambiar el tono—. Si pregunto, me responderán lo que quieran que sepa. Si no pregunto, tal vez alguien se equivoque y diga algo que no debería.

Wan Zhi se quedó sin habla.

Weimin sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Señorita —atinó a decir el médico—, eso es... es una forma muy... inusual de verlo.

Ella no respondió. Se limitó a bajar la vista a sus manos, apoyadas sobre las rodillas en la postura que había aprendido esa mañana.

Pasaron los segundos. Wan Zhi carraspeó, incómodo.

—Bueno, yo... volveré mañana. Seguiremos con los tratamientos.

Nadie lo despidió. Salió casi de puntillas, aliviado de abandonar esa habitación donde una niña de catorce años lo miraba como si pudiera ver a través de su piel.

Cuando estuvieron solos, Weimin dio un paso adelante.

—Lihua.

Ella levantó la vista.

—¿Sí?

—¿Cómo sabes que la gente miente?

Fue una pregunta repentina, casi brutal. No la había planeado. Salió sola.

Ella lo miró un largo rato antes de responder.

—No lo sé —dijo al fin—. Sólo... lo noto. Los ojos se mueven de cierta manera. Las manos hacen cosas. La voz cambia, aunque apenas un poco. —Hizo una pausa—. La señora Fen, por ejemplo. Dice que se preocupa por mí. Pero cuando me mira, sus manos se cierran. Como si quisiera apretar algo.

Weimin contuvo el aliento.

—¿Qué más notas?

Ella negó con la cabeza.

—No lo sé aún. Es demasiada gente. Demasiadas cosas a la vez. Necesito... tiempo. Y silencio.

—¿Y de mí? —la voz de Weimin apenas era un susurro—. ¿Qué notas cuando me miras a mí?

Lihua lo observó. Larga, profundamente. Con esa mirada que parecía pesar cada arruga de su rostro, cada tensión de sus hombros, cada imperceptible temblor de sus manos.

—Que me duele —dijo al fin—. Que le duele mirarme. Pero no se va. Se queda. Todos los días se queda.




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