Crónicas del aprendiz de magia

El aprendiz

El sol se filtraba entre el follaje espeso del bosque, tacaño, como si no quisiera regalar ni un rayo de más.

Del monte venía un olor a musgo mezclado con madera podrida. El suelo era un enredo de raíces y piedras sueltas. Entre todo eso, cuatro personas avanzaban con mucho trabajo.

El de adelante era, más o menos, el más grande del grupo, aunque todavía le faltaba mucho para ser un adulto de verdad. Los tres que iban detrás eran puro chamaco. De lejos, el cuarteto parecía una excursión escolar de fin de semana.

Pero el Bosque del Sueño no era precisamente el mejor lugar para pasear. El mayor llevaba un machete y abría camino entre lianas y arbustos. El muchacho del final cargaba todo el equipaje. En medio, un chavo y una chava caminaban con cara de que no les pesaba nada.

—Parece que no va a ser fácil encontrar un buen campamento antes de que se ponga el sol —dijo alguien.

—Lalo, súbete otra vez a la copa de un árbol y fíjate si hay algún claro cerca —le ordenó Catino al que iba con las manos libres.

Catino era el jefe del grupo. O al menos eso creía él.

—Otra vez yo —rezongó Gerardo. Por fuera parecía molestísimo; por dentro, se sentía el rey del mundo. Después de todo, era el único que sabía levitación.

—Espíritus del aire, escuchen mi plegaria. Por el pacto que tengo con el dios del viento, suéltense de la tierra.

Con el conjuro en los labios, Gerardo se fue elevando poco a poco, flotando hacia las copas, hasta perderse entre las ramas.

—Al sureste, como a dos leguas, hay una loma —llegó su voz desde arriba—. Voy a echarle un ojo primero.

—Otra vez se escapa el primero.

—Nomás porque sabe volar.

—Ahorita le partimos la madre.

—Que cene carne cruda.

—Que le toque vigilar solo toda la noche.

—…

Sin estar presente en el juicio, Gerardo ya había sido sentenciado por el resto del equipo. Ni idea tenía de su mala suerte.

Tardaron dos horas enteras en llegar a la loma. El camino estaba de lo más feo. Cuando por fin llegaron, el sol ya se había ido.

Antes de que cerrara la noche de plano, tenían que armar la tienda y juntar leña para la fogata. Los tres jueces, claro, no iban a mover un dedo. El condenado podía reducir su castigo a base de chamba pesada. Ese era, según la ley de la civilización, el derecho mínimo de todo prisionero.

—¡Qué cansancio! Me duelen hasta las patas —se quejó alguien.

—Beatriz, ni digas que estás cansada. Tú no abres camino, no cargas nada, ni siquiera traes tu propio morral —protestó Gerardo.

—A trabajar. Nada de plática.

—Beatriz, ¿no puedes portarte como señorita?

—Eso depende de la señorita.

—…

—Esos dos todavía tienen fuerzas para pelear. Les falta carga —le susurró Catino a Ernesto.

Ernesto asintió.

Al caer la noche, prendieron la fogata. La leña, por supuesto, la había recogido Gerardo. Catino se encargó de encenderla: estudiaba magia de fuego, y un bolito de llamas no le costaba nada. Beatriz estaba preparando un faisán que Gerardo había cazado.

Mirando las llamas, a Ernesto se le fue la mente a su pueblo.

Era de Servín, un pueblito río arriba del Río Tordillo. Pequeño, sí, pero como estaba cerca de Nueva Luna —la segunda ciudad más grande de la zona—, vivía con bastante movimiento.

Su papá tenía una tienda de abarrotes. Desde chico, Ernesto ayudaba a atender clientes o a cuadrar la cuenta. Por eso casi nunca tenía tiempo de jugar.

En esos momentos, su padre siempre le decía: «Mijo, un día esta tienda va a ser tuya.» De niño, su sueño era abrir un almacén enorme en Nueva Luna.

Eso era porque a Servín llegaban seguido comerciantes de la gran ciudad, todos en carretas bonitas. Ahí cambiaban a caballo o camello y seguían el viaje. Ernesto los admiraba con toda su alma. Le encantaba escucharles hablar del teatro central, de las fiestas, de todo lo que pasaba en Nueva Luna. Pero nunca había salido de Servín… hasta que apareció su maestro.

Se llamaba Víctor. Era mago.

Antes de él, en Servín no había ningún mago. Su llegada emocionó al pueblo un buen rato: por fin tenían hechicero propio.

La emoción no duró mucho. Víctor no era un mago como los demás. O mejor dicho: no actuaba como si lo fuera.

Era mujeriego y borracho. Los magos no tienen que jurar castidad como los monjes, pero para conjurar necesitan mucha concentración, así que la mayoría es seria, disciplinada y sobria.

Eso ni era lo peor. Lo peor era que sus hechizos eran un desastre. No controlaba bien la magia: se le pasaba la mano, se le quedaba corta, y a veces ni salía nada.

Después de varios desastres en el pueblo, ya nadie se atrevía a pedirle ayuda. Los ricos de Servín habían querido, por medio de él, conocer a otros magos y entrarle a la Asociación de Magos. Pronto se rindieron.

Corrían rumores de que Víctor no tenía buena fama. Había desviado fondos de la asociación, coqueteado con la esposa de un cliente, robado una estatua de la iglesia y, peor aún, engañado a muchachas usando su título de mago. Y —eso Ernesto lo sabía de sobra— nunca pagaba sus deudas.

Al final, el padre de Ernesto perdió la paciencia. La siguiente vez que Víctor vino a la tienda a comprar a crédito, le pidió la cuenta.

Discutieron un buen rato. Viendo que el señor no iba a ceder, Víctor accedió a pagar la mitad y dejar la otra mitad para cuando le cayera la mensualidad de la asociación.

El padre aceptó a regañadientes y fue por el libro de cuentas.

Víctor aprovechó para acercarse a Ernesto, sonriendo:

—Oye, chamaco, ¿quieres aprender magia?

—Sí —respondió Ernesto sin pensarlo.

—Perfecto. A partir de hoy eres mi alumno —declaró al instante.

Así Ernesto se convirtió en su primer y único discípulo. La deuda del maestro se borró de un plumazo. Y de ahí en adelante, cada vez que Víctor necesitaba algo, mandaba a Ernesto a pedírselo a su papá. Durante años, el señor no dejó de preguntarse por qué Víctor había elegido ser mago y no comerciante: tenía madera de estafador nato.



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En el texto hay: fantasia épica, aprendiz de magia, magia y espadas

Editado: 30.06.2026

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