Crónicas del aprendiz de magia

El pacto

Frío. Un frío que te calaba los huesos.

Miedo. Un miedo que no podías apagar.

Soledad. Una soledad capaz de exprimir el alma.

Ernesto estaba atrapado en ese mundo extraño, y todo eso le caía encima a la vez.

El lugar era desolado y aterrador. Día y noche se turnaban en ciclos de unas tres horas.

De día, el horno del mundo se encendía. Un sol blanco y cegador hacía humear la tierra. Vidrio fundido bullía y corría como un río de fuego.

De noche, el frío caía de golpe. La culpa era la luna llena colgando en el cielo: donde caía su luz azul, todo se congelaba al instante. El río de vidrio se volvía suelo poroso y duro.

En el cambio entre calor y hielo, el aire se llenaba de rayos cruzados y vendavales salvajes.

Ese era el sitio donde Ernesto había caído. La gente lo llamaba el **Mundo Demoníaco**.

Desde que Cristina supo que Ernesto era discípulo de su gran enemigo Víctor, lo mandó a «entrenar» allí.

Cristina, la verdad, era monstruosa: podía rasgar el espacio, poner un círculo mágico en la frontera entre dos mundos y usarlo de puente. Ella misma admitía que, si la Guerra del Resplandor no hubiera dejado el campo lleno de grietas por la energía de dioses y demonios, no habría podido abrir el Mundo Demoníaco de la nada.

La esfera negra que usó contra el viejo lobo funcionaba con el mismo principio. En todo el mundo, quizá solo ella manipulaba el espacio así.

El círculo hacia el Mundo Demoníaco lo sostenía un mago en el centro. Meditando, mantenía una barrera capaz de preservar la vida dentro del área.

Aun así, el clima y el aire ralo lo convertían en un infierno. Si Ernesto no hubiera pasado meses meditando bajo descargas eléctricas, ya habría muerto y llevado el infierno consigo.

Solo le quedaba rezar para que Cristina, en un arranque de piedad, lo trajera de vuelta pronto —y no lo olvidara tres días como la vez pasada. Ella juró que no fue a propósito. Ernesto prefirió creer que fue un descuido. ¿Qué más podía hacer?

Beatriz, en el mundo de arriba, rezaba por él. Quién sabe si los dioses del Cielo alcanzaban hasta el Mundo Demoníaco.

Catino, buen compa, había pedido a Cristina que lo sacara. Poco después quedó grave en el entrenamiento que ella misma le impuso: días inconsciente. Ya no podía ayudar. Y aun despierto, dudo que se atreviera.

Además del clima, a Ernesto le quitaba el sueño otra cosa: los demonios que, según la leyenda, huyeron al Mundo Demoníaco tras perder la guerra.

Cuentan que demonios y dioses vivían juntos en este mundo, con la misma fuerza y temperamentos opuestos. Los dioses amaban la luz; los demonios, la oscuridad. Al principio no se peleaban.

Luego disputaron el control de los humanos. Dicen que la humanidad la crearon los dioses como sirvientes de sus dominios. Los demonios, por su parte, fabricaron bestias de guerra.

Con los siglos, los humanos —débiles de cuerpo— prosperaron de forma inesperada. Las tierras demoníacas se encogieron. Las criaturas poderosas que los demonios lanzaron causaron estragos, pero al final los humanos las iban eliminando y salían más fuertes de cada guerra.

Con ayuda secreta de los dioses, los humanos se atrevieron a atacar a los demonios de verdad.

Hubo muchas guerras. Los humanos perdían, pero los dioses los salvaban del exterminio.

Entonces los ancianos demonios urdieron un plan: tentar y corromper a la humanidad. Encontraron agentes, les metieron poder demoníaco. Los dioses no se dieron cuenta a tiempo. Poco a poco, buena parte de la humanidad quedó bajo control demoníaco.

Cuando los dioses reaccionaron, ya era tarde. Enviaron catástrofes y mataron a la mayoría. Un resto quedó protegido por dioses o demonios.

Después del desastre, la humanidad volvió a multiplicarse. El control del mundo reventó en la Guerra del Resplandor.

La batalla abrió el espacio en mil pedazos. Casi todos los demonios murieron; unos pocos escaparon a un rincón casi inhabitable: el Mundo Demoníaco. Los dioses «ganaron», pero pagaron caro. La colisión de energías arrasó el planeta.

Debilitados, los dioses eligieron otro mundo más amable, se llevaron lo bello y a parte de la humanidad. El mundo roto quedó para el resto.

Miles de años después, la tierra se calmó. Los humanos reconstruyeron civilización, pero sin fe reinaron la barbarie y la sangre. Solo cuando recuperaron la creencia desde ruinas antiguas volvió la magia. Las oraciones llegaron al Cielo; los enviados de los dioses sembraron orden. Al mundo de los dioses lo llamaron **el Cielo**.

A Cristina la leyenda le importaba poco. Lo que la volvía loca era atrapar un demonio de verdad. Los inteligentes no caían; solo conseguía bestias antiguas o espíritus oscuros.

Ahora Ernesto tenía una misión «gloriosa»: servir de **carnada**. Al menos Cristina le dio dos cosas para defenderse —más de lo que Víctor hubiera hecho.

Antes de lanzarlo, le tiró una katana larga: tres pies y pico, un poco larga para él, delgada como un dedo y medio en el punto más ancho. Curva, fina como papel de cigarrillo. Un movimiento y silbaba en el aire.

Filo ligero: espada rápida para duelo. Sin canal ni runas. Sin guarda en la empuñadura: su dueño anterior debía de ser un espadachín muy seguro de sí.

La empuñadura era tan corta que Ernesto no podía cerrar la mano: sujetaba con pulgar, índice y medio; anular y meñique quedaban al aire.

Una cinta rojo oscuro envolvía el mango. Cristina dijo que era poderosa, que **elegía** a su portador. Se llamaba **Lágrima Escarlata**: robaba la vida del enemigo y se la daba al amo. Quien la tenía peleaba cada vez con más ímpetu.

Nada es gratis. De vez en cuando la espada también chupaba vida al dueño. Cristina no la quería, pero tirarla era desperdicio. Para carnada, servía.

Ernesto lo pensó mucho y al fin la aceptó. En el fondo del pozo, cualquier tabla sirve.



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En el texto hay: fantasia épica, aprendiz de magia, magia y espadas

Editado: 20.07.2026

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