Crónicas del aprendiz de magia

La misión

El calor subía y el aire se volvía más seco. A los lados del camino ya casi no había bosque; solo parches de árboles dispersos. Tres horas diarias bajo el sol ponían a prueba resistencia y cuerpo.

Por fin apareció un grupo de árboles —apenas una docena, raídos—. En medio del desierto, hasta eso era un lujo.

La escuadra ligera de vanguardia cabalgó a revisar.

No hacía falta: las ramas eran tan escasas que nadie podía esconderse. El suelo ardía tanto que una emboscada subterránea era absurda; nadie conservaría fuerza de combate ahí.

Un jinete regresó a reportar. La columna volvió a moverse.

Los carros de la princesa y el príncipe entraron al bosque escoltados. La caballería rodeó el perímetro mirando hacia afuera. Monjes y magos levantaron un escudo sobre todo el claro. Varios magos volaron a las copas; Joaquín mandó a seis mercenarios trepar a vigilar.

Era el tercer día desde Sofen. Tres días atrás habían cruzado la frontera y pisado tierra extranjera.

Entre el Reino de Sofen y el Reino de Caos se extiende una estepa desolada: el **Pastizal del Dios del Fuego**, disputado desde siempre.

Caos reclama el pastizal como propio y ha provocado guerras una y otra vez. Para Sofen, ese páramo sin riqueza solo valía como barrera natural; por diplomacia quizá lo habrían cedido —pero nadie garantizaba que Caos no avanzara después.

La ambición de Caos inquietaba a todo el continente.

El desierto es vasto: rodea el suroeste y el este del reino enemigo como un foso gigante. Gracias a él, Caos disfrutó largas épocas de paz; ahora ese mismo foso frenaba su expansión.

Pocos negaban que Caos era la nación más fuerte. Su orden de caballeros sagrados era la mejor de las tres grandes del continente; su caballería ligera «Viento Veloz» rivalizaba con los unicornios de Montiel. Su cuerpo mágico, invencible en leyenda, sostenía el dominio.

El archimago jefe de la Asociación de Magos de Caos era Leonardo Cobos. Muchos decían que no merecía el título; casi nadie dudaba que era el mago más poderoso del mundo. —Cristina, claro, lo consideraba un mago de tercera. En cierto sentido, no se equivocaba.

Para ser mago mayor hay que dominar las cuatro escuelas elementales. Casi todos los archimagos y magos superiores lo hacían; Cristina y Leonardo Cobos eran la excepción.

Cristina dominaba fuego, agua y viento; la tierra se le resistía —con su carácter, encajaba mal con la magia densa y paciente del elemento.

Apart de un hechizo de arena movediza y el «muro de tierra apilada» que inventó para su laboratorio, poco tenía de tierra.

Leonardo Cobos iba más lejos: solo fuego y viento. De agua y tierra no manejaba ni los conjuros más básicos.

Aun así lo llamaban archimago porque era el único capaz de lanzar un hechizo prohibido: **Apocalipsis Final**, el supremo del fuego.

Ernesto tenía curiosidad de conocer a ese famoso mago —y de ver el hechizo, si podía ser.

Solo él pensaba así. Casi todos rezaban por salir cuanto antes de aquella tierra maldita; Leonardo Cobos era la última persona que querían encontrar.

Siete días más de camino y llegarían a Kaladán, la ciudad más occidental de Caos —y al corazón enemigo. Por eso muchos deseaban que el viaje se alargara.

Quienes querían llegar pronto eran los dos royales con la misión y Fiero, capitán del primer batallón de la Guardia Real, segundo al mando de la escolta.

El rey había enviado su élite: el batallón más fuerte de la guardia para proteger a los dos embajadores de buena voluntad. Fiero era subjefe; el jefe supremo era Joaquín, jefe de los mercenarios de Ernesto.

Ante el tío del rey, princesa y príncipe eran todo respeto —aunque a sus espaldas comentaran. Los demás caballeros también obedecían cualquier idea de Joaquín. Ernesto sospechaba que no era un simple ranchero.

Preguntó a varios jinetes y fue armando el retrato.

Como mercenario, Ernesto no tenía rango militar. La tropa regular despreciaba a los mercenarios; la Guardia Real, más aún. Sus miembros eran hijos de nobleza o de familias educadas —como el hermano mayor de Gerardo. Con un mercenario no perderían palabra.

Pero Ernesto era mago. En Sofen, caballero y mago eran iguales en teoría; en la práctica, los magos —tan pocos— valían más.

Ernesto había tenido suerte con maestros: el más «bajo» que conocía era Belisa, maga superior. En su cabeza, un mago parecía cosa común.

En realidad, los magos personales del rey eran superiores; alguien como Gilberto era escaso y el rey no lo mandaba a capricho. Por eso los caballeros trataban a Ernesto distinto.

Y famoso: desde el duelo en palacio, los cuatro aprendices eran noticia en todo el reino. Catino ya era suboficial de la guardia, ayudante de Fiero en la misión —un cargo comparable al de subgobernador de Nueva Luna, el puesto del padre de Catino.

Beatriz era enfermera real; para ese puesto hacía falta al menos un clérigo intermedio, y ella era una niña.

Gerardo, por su don para la diplomacia, actuaba como enviado especial, por debajo solo de los dos príncipes.

Ernesto, por su vergüenza en palacio, quedó fuera de la lista oficial del cuerpo diplomático —pero era el más conocido de los cuatro.

Le dolía la cabeza: lo que más circulaba era su mayor error público.

Cada caballero lo conocía y conocía el chisme. Todos querían pincharlo un poco; al poco tiempo era casi amigo de todos.

El más cercano era Jacobo, hermano mayor de Gerardo —y nada parecido a él en carácter.

Jacobo era un joven sencillo, sin rastro del afán de negocio de Gerardo. Si Catino no estaba, Ernesto le preguntaba lo que necesitaba; con Jacobo también practicaba armas.

Cuando la curiosidad por Joaquín lo picó, fue directo a Jacobo.

En el anillo interior, cerca del carro de la princesa, encontró a Jacobo antes de una patrulla.

A propuesta de Ernesto, un caballero cedió su lugar. Jacobo salió con diez hombres hacia el siguiente campamento marcado en el mapa: debían llegar antes del anochecer y reconocer el terreno.



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En el texto hay: fantasia épica, aprendiz de magia, magia y espadas

Editado: 20.07.2026

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