El sol salía despacio por el este. Los caballos galopaban y levantaban nubes de polvo que flotaban en el cielo.
Montado a su lado, Ernesto echó un vistazo a Jacobo. Jacobo alzó la vista hacia el polvo y tiró de las riendas.
—Avance lento —ordenó.
Todos los caballeros sujetaron el caballo con suavidad. Los corceles avanzaron en fila, al unísono.
Antes de que el sol llegara al cenit y subiera la temperatura, tenían que seguir así un trecho más; luego buscarían sombra donde esconderse del sol y de quien los siguiera, descansar hasta el atardecer y volver a marchar.
Solo podían dormir dos horas cuando estallara la tormenta de medianoche; en cuanto pasara, otra vez en camino.
Aprovechar la madrugada y la noche para eludir la persecución había sido idea de Ernesto. Nadie se opuso. De la noche a la mañana, parecía que Ernesto mandaba sobre esos caballeros.
A él le resultaba incómodo.
Lo consolaba saber que el plan funcionaba.
Llevaban días sin toparse con la banda de bandidos. Varias veces pensó que quizá habían ido tras la columna principal; entonces se preocupaba por Catino y los demás, y por si los dos jinetes de avanzada habían logrado avisar al grueso.
A veces también pensaba en el caballero que se había quedado atrás a propósito. Se decía que aún podía haber escapado, pero en el fondo intuía que ya no estaba en este mundo.
Al mediodía, con el sol de castigo en lo alto, encontraron refugio en la ladera sombreada de una colina.
Como siempre, Ernesto trazó un círculo de ilusión. Desde lejos era difícil verlos; el círculo servía sobre todo contra magos voladores.
A veces le preocupaban las huellas que dejaban al caminar. Antes del amanecer no: el viento las tapaba. Por la tarde, igual. La mañana era lo peligroso.
Había pensado esconderse antes de clarear, pero la velocidad del grupo lo disuadió. Lo más seguro era salir cuanto antes de aquel desierto de la muerte.
Dentro del círculo, los caballeros rodearon a Jacobo. Ante él, un mapa que una y otra vez les había señalado puntos de agua en la estepa.
Jacobo señaló el punto más al borde:
—Esta noche tenemos que llegar aquí. Mañana al mediodía cruzamos el Valle de Quisla. Una vez del otro lado, estamos a salvo.
Ernesto miró el mapa.
—¿No hay otra salida?
El Valle de Quisla era un hito claro. Si los bandidos tenían dos dedos de frente, tenderían una emboscada ahí.
Jacobo repasó el mapa dos veces y negó con la cabeza.
—Imposible. Toda la cordillera de Valks cierra el acceso al Reino de Caos por este lado. No hay forma de cruzarla.
Volvió la cabeza hacia Ernesto.
—Tranquilo. En el valle de Quisla está la Fortaleza Mecarus, la mayor fortaleza militar del oeste de Caos. Los bandidos no se acercan. Hay diez mil hombres de élite. Antes era el obstáculo más temible de nuestro regreso; ahora es nuestra mejor esperanza.
Ernesto se tranquilizó un poco, pero la mala premonición no lo soltaba.
Mientras hablaban del valle de Quisla, Catino y los suyos debatían cómo atravesar Valks.
En la mesa de debate: dos miembros de la realeza, Fiero, Catino y Gerardo. Faltaban Mateo y Joaquín, el comandante de la misión.
—¿Qué demonios pasa? —preguntó la princesa desde el caballo. Solo ella podía regañar a Joaquín y a Mateo.
Como heredera directa, era la futura reina si no se casaba. Maga formada por el mago mayor Naga, con poder de sobra. Desde niña había estado en la política; frente a su hermano, aún atrapado en juegos, ella era otra liga de madurez y de influencia.
No había señales de que la orgullosa princesa mirara a nadie con ojos de novia. Su orgullo no era la soberbia barata: respetaba a quien tenía talento, incluidos los cuatro aprendices —hasta Ernesto, que la había humillado, y Gerardo, que solo sabía hablar.
Para ella eran piezas útiles del reino; había que colocarlas donde rindieran más.
Había sido idea suya encargarle el itinerario a Joaquín. Nadie conocía mejor sus capacidades. Pero el camino reciente le había encendido la alarma.
Desde que llegó la noticia, marchaban de noche y habían desviado el plan original —nada raro—, pero cada vez se alejaban más del único paso conocido por Valks: el Valle de Quisla.
¿Quería Joaquín rodear toda la cordillera? Eso tomaría un mes y retrasaría la misión.
Nadie se atrevía a meter boca, aunque todos pensaran lo mismo.
Tras un silencio, Fiero dijo:
—Quizá el comandante teme una emboscada en el valle de Quisla.
—¿Y vamos a rodear toda Valks? —preguntó la princesa.
—Eso… habría que pregárselo al comandante —Fiero tampoco se atrevía a afirmar.
—¿El valle de Quisla no tiene la Fortaleza Mecarus? ¿Se atreverían los bandidos a atacarnos bajo su alcance? —dijo Catino.
—Tal vez el comandante cree que ni siquiera podemos escoltar a la princesa y al príncipe hasta la fortaleza —soló Gerardo. Con una frase así se entendía por qué nunca había encajado con los caballeros.
La princesa le lanzó una mirada que cortaba. Gerardo se dio cuenta de que había ofendido a medio mundo; necesitaba protección y pidió perdón a todos.
—Si nadie puede responder… —la princesa hizo una pausa— Fiero, trae al comandante.
Fiero partió. Tardó un buen rato en ver a Joaquín acercarse a caballo.
Joaquín seguía igual: cara de quien no tiene nada que hacer, sonrisa pícara, sin hacer caso del enfado de la princesa.
—Hola, sobrinita linda. ¿Para qué llamaste al tío? Ay, no hagas ese gesto; te van a salir arrugas.
La princesa se quedó sin argumentos. Con ese tío, ni gritos ni rabietas servían.
Con calma preguntó:
—Comandante, ¿no deberíamos girar hacia Fortaleza Mecarus?
—¿A Fortaleza Mecarus? ¿Por qué? —Joaquín fingió sorpresa.
Ella sabía que hacía el tonto. ¿Qué más podía hacer?
—Comandante, ¿no piensa entrar a Caos por el Valle de Quisla?