Las nubes rojas giraban en el aire, arrastrando burbujas enormes de magma y levantando remolinos de calor.
Desde los ojos de Ernesto se veía con claridad la masa de fuego elemental apiñada en lo alto.
Ignoraba el paisaje infernal a su alrededor, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar. Ernesto estaba solo en el centro.
Las llamas no podían acercarse a diez varas de su cuerpo. Fuera de ese círculo, un muro de fuego de decenas de metros los encerraba a todos.
El trueno volvió a retumbar. Arriba se formó otra burbuja gigante.
Ernesto alzó el brazo derecho con calma y la lanzó al cielo. La lanza negra salió disparada al instante.
Cortó el aire como un rayo oscuro y se hundió en las nubes en un parpadeo.
La burbuja que se gestaba arriba tembló de golpe y se contrajo.
El cielo rojo entero cambió de un modo extraño. Las burbujas que rodaban desaparecieron sin dejar rastro.
El firmamento, antes hirviendo, quedó quieto: las nubes parecían seda roja ondeando con la brisa, o un lago escarlata que subía y bajaba suave.
Para los caballeros bajo aquel cielo, todo era inquietante. No creían que el peligro hubiera pasado. Al contrario: en el aura que salía de Ernesto percibían que lo peor aún venía.
Lejos, en la muralla, el gran mago Leonardo Cobos sintió lo mismo.
Desde hacía un rato notaba una energía mágica enorme y concentrada que había perforado la masa de fuego elemental; ahora los elementos ígneos bullían fuera de control.
—¡Rápido, rápido! ¡Evacuen toda la Fortaleza Mecarus! —ordenó Cobos en cuanto advirtió lo anormal.
Sin mirar las preguntas de sus hombres, siguió dando órdenes breves.
Pronto todos abandonaron Mecarus. Según Cobos, la columna se retiró diez kilómetros a la derecha trasera de la fortaleza.
Incluida la princesa, nadie entendía qué iba a ocurrir.
El primero en hablar fue el guardia mago que despertó antes entre los doce de la escolta.
Al abrir los ojos, preguntó aterrado:
—¿Qué pasa? ¿Por qué el fuego elemental está tan alterado?
Nadie a su lado supo responder.
Los demás guardias despertaron uno a uno, casi todos con la misma pregunta.
Solo Cobos podía contestar.
Joaquín y la princesa se acercaron al gran mago, junto con los doce guardias.
—¿Qué ha sucedido, por favor? —preguntó Florencia. El susto le hizo olvidar por un momento el protocolo.
Cobos no reparó en eso. Volvió la cabeza:
—Alguien acaba de romper mi hechizo prohibido. La magia se ha descontrolado.
No había respuesta más demoledora.
Hasta entonces creían que Cobos no tenía fuerza suficiente para dominar el conjuro.
Eso pasa a menudo con magia de alto nivel: cuanto más poderosa, más fácil que se desmadre —y que caiga sobre quien la lanzó. Por eso su orden de huir de Mecarus tenía sentido.
Pero que alguien hubiera *roto* su magia era inconcebible.
Por costumbre, solo un hechizo del mismo rango puede anular otro igual. Para romper el conjuro de Cobos haría falta otro hechizo prohibido.
Y Cobos era el único mago de conjuros prohibidos reconocido en el mundo. ¿De dónde saldría otro?
Mientras discutían, la tierra entera se sacudió. El suelo firme saltó como un corcel enloquecido.
Las nubes tranquilas del cielo se rasgaron como si un arado de hierro las hubiera surcado.
Un estruendo colosal. Con el golpe, toda la Fortaleza Mecarus estalló en mil pedazos.
Aun a cinco kilómetros, les llovieron fragmentos.
Cuando el polvo se asentó, todo quedó en silencio.
Bajo la dirección de Cobos, la columna avanzó despacio hacia el desfiladero donde había estado Mecarus.
Al llegar, la destrucción era total: apenas quedaba algo que llamar ruinas. Ningún edificio en pie; la onda expansiva había esparcido los restos kilómetros atrás.
Solo sobrevivieron algunos cimientos.
El lugar parecía una obra recién iniciada, no una fortaleza.
Al cruzar al otro lado del paso, el panorama dejó helados a todos.
El Valle de Quisla, antes de colinas y cumbres, ahora tenía las montañas afeitadas hasta la raíz. El suelo era un mar de escombros.
Solo en el centro quedaba un claro intacto. Entre las rocas, unos caballeros caminaban hacia afuera.
Cobos mandó de inmediato dos escuadras de Caballeros Sagrados a recibirlos.
Jacobo despertó de un desmayo y vio a su alrededor un muro de piedras hasta la cintura.
Se levantó con cuidado. Estaba entre escombros. Despertó a sus compañeros uno a uno; solo Ernesto, por más que lo llamaran, no abría los ojos.
Miraron el paisaje y se les aflojaron las piernas. No podían creer haber sobrevivido a semejante escena. No habían peleado de verdad, pero cada caballero sentía el cuerpo hecho polvo.
Tras un respiro, Jacobo ordenó seguir. Ya no debía haber obstáculo: tenían que atravesar el Valle de Quisla.
Casi todos querían cargar a Ernesto. Servir a ese mago se había vuelto, de golpe, un honor.
Caminar entre las rocas era agotador: algunas del tamaño de una colina, otras como molinos, otras finas como arena.
El terreno subía y bajaba sin tregua.
A lo lejos aparecieron dos columnas de Caballeros Sagrados del Reino de Caos.
Al acercarse, el capitán saludó a Jacobo con la formalidad de su orden.
Jacobo, caballero real con orgullo, devolvió el saludo.
—Distinguido caballero, permítame servirles de escolta. El gran mago Leonardo Cobos los convoca.
Cuando supo que estaban bajo el **Apocalipsis Final**, Jacobo entendió que enfrentaban a Cobos.
En el mundo solo ese mago podía lanzar un conjuro tan terrible.
Antes habría estado emocionado; tras aquel duelo mágico, intuía que Ernesto quizá superaba al legendario archimago.
Miró a sus compañeros: pensaban lo mismo.
El capitán bajó de su corcel y le llevó el caballo a Jacobo.