—¿Los compañeros del héroe? —Carlos III se quedó extrañado con aquel título.
—Su Majestad, estos tres jóvenes que tiene ante usted se encontraron con nuestro héroe fundador y caminaron un trecho a su lado —explicó el sumo sacerdote Merlón.
Luego se volvió hacia Ernesto y los demás:
—No me equivoco, ¿verdad?
¿Qué más podían hacer los tres sino asentir sin parar?
La noticia dejó a todos boquiabiertos.
Pero enseguida recordaron que, para un lobo demoníaco de tres cabezas que puede vivir miles de años, quinientos años no son más que un parpadeo. Para una bestia mágica, el honor y el rango humanos no valen nada; que Ernesto y sus compañeros hubieran viajado con el héroe de toda la humanidad de hace cinco siglos era, pues, algo creíble.
Las miradas de envidia y admiración que caían sobre ellos hicieron que Ernesto comprendiera de verdad lo altísimo que era el viejo lobo en el corazón de la gente.
—Oh, Majestad, dentro de pocos días es el Día de la Victoria. ¿Por qué no aprovechamos y pedimos a estos jóvenes que nos representen cómo conocieron a Vantoes, nuestro héroe fundador? Mi rey, ¿qué le parece mi idea? —de pronto intervino el gran mago Leonardo Cobos.
—Mmm, bien, muy bien. Tengo muchas ganas de ver esa representación. ¿Podrían ustedes, distinguidos huéspedes, concederme ese pequeño deseo? —preguntó Carlos III.
Antes de que Ernesto y los otros reaccionaran, la princesa Florencia ya había aceptado de plano:
—Servir a Su Majestad es nuestro mayor honor. Haremos todo lo posible por cumplir su deseo.
—Gracias —Carlos III hizo una reverencia y luego se volvió hacia sus ayudantes—: Atiendan todo lo que estos caballeros necesiten. Denles la mayor ayuda posible.
Terminada la orden, Carlos III, acompañado de Merlón, siguió explicando relieve tras relieve las leyendas de los muros.
Aunque la narración del rey seguía siendo excelente y cada historia superaba a la anterior, el interés de todos se había ido a los tres jóvenes.
Si no fuera por la cortesía, nadie querría seguir escuchando; al menos Ernesto no oyó en absoluto lo que Carlos III dijo después.
Al recorrer todo el salón, salieron por la puerta trasera hacia una plaza circular rodeada de doce columnas de mármol, altas y uniformes. Cada una medía unos treinta metros de alto y dos de diámetro.
En el centro, orientadas hacia los cuatro puntos cardinales, había cuatro estatuas de bronce de más de cuatro metros. La que miraba al este era un lobo de tres cabezas tan imponente que era el doble del viejo lobo del Bosque del Sueño.
Al parecer, cuando la esculpieron usaron al viejo lobo como modelo, trazo por trazo. Bastaba ver que hasta los detalles más mínimos del pelaje estaban tallados con precisión.
Sin embargo, Ernesto la miró largo rato y sintió que no era del todo igual al auténtico. Si había algo que más difería, era la expresión solemne y grave del lobo en la estatua.
En su memoria, el viejo lobo jamás había sido tan formal.
A veces Ernesto pensaba que, si el lobo se volviera humano, sería idéntico a Víctor, a Cristina o a Joaquín. Quizá esa era la cara más verdadera del héroe de otra raza.
Pero eso solo lo pensaba en silencio; ni se atrevía a decirlo en voz alta, porque sabía muy bien que, si alguien supiera lo que pensaba del héroe, haría todo lo posible por corregirle esa «herejía» —seguro con métodos un poco violentos.
Además, entre los cuatro compañeros que conocían al lobo, ya había un defensor de acero de su imagen sagrada: Catino, fanático de los héroes. Si no supiera la identidad real del lobo, estaría de acuerdo con Ernesto; pero ahora, si supiera que Ernesto tenía pensamientos irreverentes, sería el primero en intentar lavarle el cerebro.
Mirando la escultura, Ernesto siguió al grupo cruzando la plaza.
Al otro lado había un edificio de un solo piso, en forma de media luna.
Entraron por un arco semicircular. Ernesto siempre había sentido curiosidad por la arquitectura peculiar de Caos; en el Reino de Sofen no existía nada así, todo de estructura curva.
Desde que pisó Caos, lo impresionaba el dominio de los arcos. Con formas simples construían para todo.
Por doquier había puentes en arco que cruzaban ríos sin un solo pilar intermedio, firmes y hermosos. Ernesto no dejaba de maravillarse.
El edificio ante él era otra joya de esa técnica.
Muros de mármol blanco se curvaban a ambos lados; el techo también era de losas curvas, sin vigas ni columnas visibles. Las viguetas bajo el techo eran pura decoración: no sostenían nada.
Cada dos metros, pegados al muro curvo, colgaba un espejo de plata de un palmo de diámetro. La luz del sol, rebotando entre ellos, iluminaba la sala por completo.
En Sofen, para tener un salón así de claro hacía falta magia especial y artefactos caros, cosa de palacio. Ernesto solo lo había visto una vez en la corte real.
Pero pronto otra cosa le robó la atención.
En el centro había una mesa larga, también curva, cubierta de vajilla. De los dos extremos del edificio salieron dos filas de jóvenes sirvientas, cada una con una bandeja de plata. Del aroma que llegaba, Ernesto supo que la comida sería irresistible.
Odiaba la etiqueta diplomática y la vida de palacio, pero había una ceremonia que jamás rechazaría: el banquete.
Por más reglas absurdas que impusieran, con tantos manjares delante, cualquier esfuerzo valía la pena.
En eso, Ernesto también había heredado algo de Víctor.
Aun así, recordaba la prohibición de la princesa de comer. Acababa de avergonzarla otra vez; quién sabe qué castigo le esperaba al volver. Si volvía a fallar en la mesa, la vida se le pondría muy difícil.
Ernesto se acercó sigilosamente por detrás y preguntó en voz baja:
—Su Alteza, ¿qué debo hacer ahora?
Florencia se cubrió el rostro con el abanico y respondió igual de bajo: