Al salir del laboratorio de Merlón, Ernesto, Catino y Gerardo no se atrevieron a regresar al campamento.
Preferían enfrentar un enjambre de dragones furiosos que a la princesa hecha tormenta. Conocían de sobra su carácter explosivo.
Catino y Gerardo, además, temían recibir el mismo «entrenamiento de novia» que Ernesto. Para dos jóvenes con futuro, eso sería la peor desgracia.
Ernesto ya cargaba con esa mancha; ellos no querían arruinar su porvenir.
El más angustiado era Catino, para quien el honor valía más que la vida.
Los tres vagabundos recorrieron sin rumbo las calles de Videsk.
Videsk merecía llamarse el centro del mundo: su prosperidad no tenía comparación. Incluso las grandes ciudades de Sofen, como Nueva Luna, palidecían a su lado.
En el eje de la ciudad se alineaban siete palacios, y eso era solo una fracción de Videsk.
La ciudad entera parecía hecha de plazas: delante y detrás de cada palacio, en los barrios residenciales, en cada cruce comercial, incluso en zonas modestas había una plaza pequeña.
Cada plaza exhibía estatuas. Las grandes eran verdaderas exposiciones de escultura; las medianas, aunque con menos piezas, superaban en tema y valor artístico a las monumentales. Las más pequeñas no olvidaban una figura de la diosa de la tierra, aunque fuera de piedra barata.
Cruzaron plaza tras plaza. Cada uno miraba el arte con ojos distintos.
Catino prefería héroes en bronce, negro y brillante; a Gerardo eso le importaba poco. A él le gustaban ángeles, diosas del bosque, pastoras con ovejas, sobre todo en mármol blanco.
Ernesto no era fanático de héroes ni tenía el gusto refinado de Gerardo: le atraían estatuas realistas, como El Pensador o el arquero.
Coincidieron al admirar los doce arcos del triunfo a lo largo de la Avenida del Triunfo, cada uno rodeado de relieves y figuras, con curvas elegantes sobre suelo de mármol blanco. Hasta Gerardo, exigente, los elogió sin reservas.
Hacia el sur estaba el barrio alto, donde vivían nobles y ministros. Las calles anchas estaban plantadas de plátanos; carruajes de toda forma y adorno pasaban sin cesar. Catino y Ernesto no les hacían caso; Gerardo los miraba con envidia y asombro.
Cada dos o trescientos metros había una plaza mediana, bien cuidada pero mal compuesta: tantas esculturas excelentes amontonadas sin tema ni jerarquía resultaban discordantes. Casi todas llevaban el nombre del mecenas noble y encajaban con el gusto de Gerardo, no con el de sus compañeros.
De vez en cuando aparecían hoteles o cafés con clientes elegantes. Si Ernesto no hubiera llegado repleto del banquete, habría probado la cocina local.
Al salir del barrio alto comenzaba la famosa zona comercial, llena de tiendas.
Ernesto y Gerardo se entusiasmaron; Catino no. Quiso alejar a los dos comerciantes de tanto ruido, pero Gerardo le soltó:
—Si no te gusta, regresa solo al campamento.
Catino se quedó: no se atrevía a enfrentar solo a la princesa.
Caos, en el corazón del continente, reunía mercancías de todas partes. Había cosas que ni Gerardo conocía.
Lo que más le llamaba eran productos del Reino de Montiel: porcelana fina y seda espléndida. También compró a escondidas un frasco de perfume de Calonda.
Cuando Ernesto y Catino vieron el precio, se quedaron paralizados: para ellos era una fortuna. Al salir de la tienda, Gerardo insistía en que había sido una ganga.
En una tienda de antigüedades, Catino encontró dos estoques del Principado de Zaramos. Esa tierra montañosa del noroeste era rica en minerales; allí existía un metal especial, el oro nube: una pizca en el acero aumentaba dureza y flexibilidad. Era tan escaso que casi no había armas de ese material. Catino gastó todo lo que traía y, con ayuda de Gerardo, compró uno.
Lo acarició como si fuera un tesoro. Gerardo no entendía tanto gasto por una sola arma.
Contento con la compra, Catino acompañó con buen ánimo a Gerardo y Ernesto por más tiendas.
El distrito comercial de Videsk era un mosaico de calles unidas por plazas centrales: unas vendían de todo, otras solo un tipo de producto; otras, aunque variadas, eran para bolsillos muy gruesos. A esas iban Gerardo y Catino con más ganas.
Tras varias calles parecidas, Ernesto propuso separarse. Gerardo y Catino siguieron juntos; Ernesto pidió prestadas veinte monedas de oro a Gerardo y se fue por su cuenta.
A él le gustaban más los mercaditos tranquilos en callejones, con baratijas de uno o dos cobres, figuritas de bambú y madera.
De callejón en callejón, casi se sintió en casa, aunque Videsk era mucho más próspera que Servín.
Aun en la zona más humilde, las casas de varios pisos eran más bonitas que la mayoría de edificios de otras ciudades.
Cada dos o tres calles había una plazuela que le recordaba la de su pueblo.
La gente se reunía allí: tertulia natural y escenario improvisado. Malabaristas, vendedores ambulantes, ambiente de fiesta.
En el centro había una o dos estatuas sin valor artístico, pero adornadas con flores o cintas. Ese calor popular no lo tenían las grandes plazas con obras maestras.
Ernesto amaba ese ambiente: gente que sabía vivir y disfrutar, más despreocupada que los de las avenidas brillantes cuatro calles más allá.
Al final de un callejón vio un bar llamado El Duende del Bosque.
El nombre y el letrero lo atrajeron de inmediato: en Servín había un bar idéntico.
Lo conocía de memoria. El dueño era Tadeo, buen hombre y amigo de Víctor. Era el único en el pueblo que no le importaba que Víctor debiera dinero. El Duende del Bosque era el segundo hogar de su maestro; casi cada noche Víctor terminaba borracho allí.
Al atardecer, Ernesto iba a recogerlo al laboratorio. Tadeo siempre le daba algo de comer: salchicha frita, tortitas de papa con mantequilla.
En su cumpleaños número doce, Tadeo le regaló su primer pastel. La felicidad de aquel día seguía viva en su memoria. No podía creer que a miles de kilómetros existiera otro Duende del Bosque igual.