Cuando Ernesto terminó el trato con Most, el carruaje ya iba más lento. Llegaban.
Ahora se sentía más tranquilo: Most le había prometido que, por fuera, no delataría su disfraz.
No podía cambiar su cuerpo, pero sí torcer cómo lo percibían los demás: que lo vieran y escucharan más mujer. Aun así había riesgo si el otro conocía magia mental; por eso Most le advirtió que él también se cuidara.
Para ir sobre seguro, Most le tocó la garganta: un círculo mágico en las cuerdas vocales que alteraba un poco la frecuencia de su voz.
Ernesto pensó en Cristina, que le modificó la voz para conjurar más rápido. Misma idea, distinto fin.
El carruaje se detuvo. Un lacayo abrió la puerta.
Cobos bajó primero. Ver al gigante salir por la portezuela estrecha hizo sonreír a Ernesto: hasta en un coche grande apenas cabía de lado. Solo le quedaban los descapotables.
Cobos no se fue. Extendió la mano izquierda en el aire. Ernesto tardó en entender: ya no era Ernesto, era Fernanda, sobrina del mago mayor.
Se levantó despacio, imitando a Florencia, apoyó la mano en el brazo de Cobos y bajó la escalera con gracia.
La elegancia atrajo miradas. Ya de por sí llamaban: Cobos era imposible de ignorar, y «Fernanda» era una belleza serena con un vestido que gritaba desde lejos.
Bajo todas esas miradas, Ernesto siguió a Cobos por un pasillo largo.
Al final había un arco en forma de media luna. Otra vez la obsesión de Caos por las curvas.
Tras el arco, un prado liso como terciopelo verde, salpicado de flores sencillas: lilas moradas, tulipanes blancos, acianos azules. Nada exótico, solo cuidado y armonía. A Ernesto le gustó.
¿Quién sería el dueño de este lugar?
En el centro había un mirador de dos pisos, hecho de ladrillo rojo común. Sin ventanales enormes ni barandales de bronce: solo rejas largas y alféizares pequeños.
Cobos lo llevó hacia allá.
Al llegar, la puerta se abrió sola. Una dama de vestido gris verdoso salió a recibirlos.
—Señor Cobos, bienvenido.
—Condesa Mercedes, traigo a mi sobrina Fernanda. Según lo acordado, en seis días enséñele todo lo que una dama debe saber en la alta sociedad.
—Es usted muy amable. A simple vista la señorita ya tiene porte impecable. Si confía en mí, haré lo posible para que conozca nuestro mundo.
—No la interrumpo más. Me retiro —Cobos se inclinó con esfuerzo, sonrió a Ernesto—. Mi linda sobrinita, portese bien con la condesa Mercedes.
Enfatizó «sobrinita» y se fue tambaleando.
—Señorita Fernanda, pase —dijo Mercedes.
Ernesto la miró bien. No era como la imaginaba: vestido gris discreto, bien cortado pero sin adornos, salvo un borde color luna en el dobladillo.
Junto a ella, el vestido de Ernesto parecía un almohadón de seda y oro.
No sabía calcular su edad. Las patas de gallo delataban años; el cabello negro, recogido en espiral bajo una red, era sobrio. Joyas modestas: perlas sueltas en aretes y collar, dos anillos de oro sencillos.
Dentro del mirador, más de veinte señoritas de edades parecidas, vestidas distinto, formaban dos filas. Todas lo miraban fijo. Ernesto se tensó, temiendo que lo descubrieran.
Mercedes creyó que tenía miedo al lugar nuevo:
—No tema, señorita Fernanda. Esta semana convivirá con ellas. La cuidaremos.
Eso lo tranquilizó: no lo habían pillado. El tono suave de Mercedes lo relajó.
Mercedes dio vueltas a su alrededor, de arriba abajo:
—Señorita Fernanda, ¿no trae otro vestido?
Ernesto ya estaba nervioso otra vez; solo criticaban la ropa.
—Lo eligió mi tío —dijo con naturalidad—. ¿Hay algo malo?
Al oír que fue Cobos, Mercedes cerró la boca. No iba a decir en la cara que el mago mayor no tenía gusto y que la habían vestido como cojín de salón.
Por dentro, sin embargo, lamentaba a la pobre muchacha con un tío tan tosco.
Tanta elegancia natural, tan arruinada por ese traje chillón.
Las otras veinte también suspiraban por la «sobrina» del bufón Cobos, y por dentro se alegraban: con semejante atuendo, en el gran baile del Día de la Victoria no les quitaría el escenario.
Mercedes ordenó dos filas enfrentadas con un pasillo en medio. Ernesto al centro.
—Muéstreme lo que sabe de etiqueta de corte.
Mandó salir a la primera de la izquierda como pareja.
Ernesto no se asustó. Con Florencia había ensayado mil veces. Nunca como dama, pero de mirar tanto memorizó cada paso. Si fallaba, venía el castigo.
Y Florencia era maestra de verdad. ¿Qué podía salir mal?
Siguió el ritmo de la otra chica y recorrió una por una las ceremonias que conocía.
La naturalidad y el porte sorprendieron a todas, Mercedes incluida. ¿Ese bloque de Cobos formó a una sobrina así?
Había asperezas, sí, pero la fluidez era de las que pocas damas logran.
Mercedes juró pulir esa «flor rara» que aún no abría del todo.
El espectáculo ganó admiración y, a los lados, pura envidia. Para las chicas, Ernesto era enemigo número uno.
Lo aislaron: nadie le habló, nadie lo miró de frente. A Ernesto le vino bien; menos charla, menos riesgo de que se le escapara la voz.
Horas después, Mercedes le dio tutoría personal. Enseñaba una vez y Ernesto repetía perfecto; dos prácticas y ya parecía experto.
Ella no sabía que Florencia lo había entrenado como novia de corte a la fuerza. Mercedes solo consolidaba lo aprendido.
Al fin Mercedes dio por terminada la clase. Las chicas salieron en estampida; Ernesto las siguió.
El día lo dejó hecho polvo: orejas perforadas, vestido, etiqueta femenina todo el día. Solo quería regresar al campamento y dormir.
Cruzó el prado, el pasillo, y llegó al sitio donde Cobos lo dejó.
Se quedó tieso.
Carruajes por docenas: familias recogiendo a las señoritas. En minutos la plaza quedó vacía. Solo él, sin ride.
¿Y ahora cómo volvía? Ni había quedado con Cobos.