Crónicas del aprendiz de magia

La crisis (II)

Hugo Eloy se inclinó y examinó con cuidado a la señorita Fernanda, gravemente herida.

Una larga herida corría desde debajo del arete en la oreja derecha, bajaba por el cuello y llegaba casi a la garganta. Para alguien tan versado en técnicas de combate como él, bastó una mirada: si no la trataban a tiempo, sería mortal.

Un cura común no serviría; y menos iba a dejar que aprendices torpes usaran a la mujer que amaba como conejillo de indias.

Entonces, entre el torbellino de su mente, surgió una sola persona adecuada.

A estas alturas no le quedaba opción: tendría que molestar a esa señora tan distinguida.

Si Fernanda no estuviera al borde de la muerte, jamás la habría despertado. No quería preocuparla ni meterse en líos de más: la señora lo trataba como a un niño que nunca aprende, y su cariño excesivo a veces lo agotaba. Sin necesidad urgente, prefería no llamarla.

Sobre todo en este asunto: lo último que deseaba era que supiera de la existencia de la señorita Fernanda.

Pero la herida y el peligro de muerte lo obligaban a enfrentar a la persona que más temía ver en semejante situación.

Alzó la voz y llamó al mayordomo.

—¿Ya se acostó mi señora madre? Si aún está despierta, que una doncella la invite al salón. Diga que alguien resultó herido y necesita curación.

Hizo una pausa, repasando la idea.

—Mejor diga que fui yo quien resultó gravemente herido. Así será más seguro. Vete ya.

Levantó la vista: el mayordomo seguía paralizado. La furia lo inundó.

—¡Muévete! ¡Ya!

El grito lo despertó de golpe; el hombre cayó al suelo. Pero al ver los ojos rojos del amo, la cara de hierro y la mirada de quien lo devoraría vivo, salió a rastrar hacia el patio trasero donde dormía la señora. Detrás escuchó entre dientes:

—Si pierdes tiempo y muere esta señorita, te descuartizo.

El mayordomo corrió como nunca. Conocía demasiado bien el carácter de su señor para dudar. Solo rezaba: que la joven tuviera suerte, que la anciana no durmiera aún, que llegaran a tiempo.

Hugo Eloy apartó al sirviente, levantó a Fernanda del suelo y, pisando cristales rotos, entró por la ventana destrozada al salón.

Ordenó a los criados despejar un espacio y juntar varios sofás como cama improvisada. Una doncella extendió un grueso edredón de plumas.

La depositó con cuidado, tomó la toalla seca que ya le tendían y la colocó sobre la herida mortal. Sabía que, antes de que llegara un experto, lo mejor era contener la hemorragia y no tocar de más: un tratamiento torpe podía matarla.

Solo le quedaba rezar a los dioses del Cielo por un poco más de tiempo, y rogar que su madre llegara pronto.

Quizá la oración sirvió: poco después apareció el mayordomo, jadeando, con la señora a su lado.

Ante sus tropas Hugo Eloy era un mando imponente; ante la nobleza fronteriza, un señor poderoso; ante el emperador, un gobernador de hierro; ante la corte moderada, líder de la facción dura.

Pero ante su madre seguía siendo, a ojos de ella, un chamaco que no crecía.

Como esperaba, la duquesa entró corriendo a revisar si él estaba lastimado. A Hugo Eloy le resultaba insoportable: cualquiera en la sala veía quién necesitaba atención de verdad.

Por fin no aguantó más.

—Señora madre, perdón por molestarla tan tarde; la situación es urgente. Una amiga mía está grave y solo usted puede salvarla. Por favor, mire si la herida es mortal.

La duquesa de Salodi —madre de Hugo Eloy— recién entonces notó a la paciente en la cama improvisada. Observó de cerca a la joven pálida por la sangre perdida.

Hugo Eloy esperaba con ansia. ¿Estaba diagnosticando o… escogiendo nuera?

La siguiente frase de su madre disipó la duda.

—Hijo mío, esta vez tienes buen ojo. Esta muchacha está muy por encima de las que solías traer. Si eliges a alguien así, yo como madre me quedo tranquila. Dime: ¿de qué familia es? ¿La conozco?

Hugo Eloy casi se desmayó. Su madre estaba escogiendo esposa en plena emergencia.

—Señora madre, cure primero. Es una herida letal; cualquier retraso…

Al ver la desesperación del hijo, la duquesa se alegró de veras: esta vez iba en serio, no era un capricho de una noche. Y la joven en la cama le caía muy bien.

—Tranquilo, hijo. Tu enamorada no morirá.

Enderezó el rostro y entonó en voz baja. Una luz brillante se reunió en su palma; al intensificarse, apareció el emblema de **Xirinisa Elena**, diosa de la vida, bondadosa y misericordiosa.

La duquesa de Salodi imprimó el sello luminoso sobre la herida. Con cada pulso de luz, los tejidos se cerraron; pronto brotó piel nueva y solo quedó una marca rosada tenue.

Hugo Eloy acarició la única señal que persistía, sin saber qué pensar.

—No te preocupes —dijo la madre—. La marca desaparecerá pronto. Te devolveré a tu amada intacta.

Hugo Eloy solo pudo sonreír con amargura: su madre lo había entendido todo mal.

¿Cómo explicarle que la bella señorita decía ser sobrina de su enemigo político Leonardo Cobos? ¿Que según Rafael Sotomayor podía ser agente secreto de la delegación de Sofen?

¿Cómo decirle que al principio solo quería divertirse y luego entregarla a Sotomayor o devolverla a los de Sofen y cortar todo lazo?

Y lo peor: no sabía cómo explicarse a sí mismo por qué le dolió tanto verla herida, por qué se alegró tanto de que su madre la aprobara.

Una madre siempre nota cuando el hijo tiene problemas en el corazón.

—¿Me contarás más de esta muchacha? Me interesa mucho.

Hugo Eloy no sabía por dónde empezar. Tras pensarlo, decidió ocultar los vínculos de Fernanda con Sofen y las sospechas de Sotomayor.

—Es sobrina del gran mago Leonardo Cobos, se llama Fernanda…

Se quedó mudo. No supo seguir.

La duquesa de Salodi se sorprendió. Aunque no se metía en la política del hijo, conocía el tablero: Hugo Eloy y Cobos eran enemigos mortales.



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En el texto hay: fantasia épica, aprendiz de magia, magia y espadas

Editado: 20.07.2026

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