Mientras tanto, Cobos y la duquesa de Salodi salían del salón pequeño. Iban al dormitorio a comunicarle a la señorita Fernanda lo acordado.
Entraron y la encontraron tapada con almohadas en la cama, inmóvil: una grosería de etiqueta que la duquesa pasó por alto.
Cobos la llamó un buen rato hasta que Ernesto apartó la almohada y mostró un rostro agotado.
Sin importarle el humor del «sobrino», Cobos repitió punto por punto el acuerdo y cerró con:
—Fernanda, sobrina querida, ¿necesitas algo? Tu tío lo consigue.
Ernesto ya había escuchado todo a través del muro. Desde hacía rato quería desollar al oso y cocinarlo en caldo, con salsa de zorro viejo —Joaquín— de acompañamiento.
Estaba seguro: el plan era idea de Joaquín y Cobos hacía de cómplice torpe sin mirar la amistad. Se lamentó de haber juntado con gente así que lo empujaba al fango.
Con voz helada, sacada entre dientes, dijo:
—Tío querido, tengo frío. ¿Me trae pieles para abrigarme? No pido mucho: dos cobijas de piel de oso, dos colchonetas, dos mantas, dos alfombras y dos cojines. Con eso basta.
La duquesa de Salodi casi se cae de risa; por pura educación se contuvo.
Para salvar al mago de la vergüenza, preguntó con dulzura:
—Señorita Fernanda, desde hoy es nuestra huésped de honor. Lo que necesite, dígamelo. ¿Qué desea para el desayuno? Lo mando preparar.
—Estofado de pata de oso —respondió Ernesto sin pensar.
Cobos no se inmutó. Su «piel de oso» era gruesa; no tan dura como la de Joaquín, pero bastante para aguantar burlas.
Sonrió y dejó que la sobrina lo pinchara. Al irse, dijo desde la puerta:
—Fernanda, niña, mandaré doncellas a atenderte y te compraré otro vestido que te guste.
Se fue balanceando el cuerpo pesado. Sotomayor y Hugo Eloy, desde la ventana de enfrente, no desperdiciaron la oportunidad de reírse del gran mago.
La escena era única: la supuesta sobrina pidiendo un almacén de pieles de oso delante del supuesto tío. Nadie lo creería si se lo contaran.
La duquesa acompañó a Cobos hasta la puerta principal.
Justo llegaba un grupo de damas distinguidas. La anfitriona las recibió con calidez; tras los saludos presentó al gran mago Leonardo Cobos.
Las señoras ya sospechaban quién era el hombrón con túnica de mago, pero resultaba increíble ver a Cobos visitando a la madre de su enemigo Hugo Eloy.
Cobos saludó a cada una con cortesía: sabía el poder que representaban; hasta el emperador evitaba ofenderlas.
Pero no soportaba tanto parloteo. Se despidió rápido, subió al carruaje y huyó hacia el palacio.
La duquesa, con las amigas ya dentro, llevó la conversación al salón. Tras charla de circunstancias, contó con brío la «aventura romántica» de la noche: cómo su hijo conoció a la sobrina del gran mago, la trajo a casa y la hospedó.
Narraba como novelista: para esas mujeres, poco superaba a un buen romance. Al oír la historia, pidieron ver de inmediato a la bella desconocida.
La duquesa sonrió: todo salía según lo planeado. Desde el amanecer había enviado invitaciones cuidadosamente elegidas —hasta dos miembros de la familia imperial— cubriendo casi toda la influencia femenina de la alta sociedad de Caos. Ese círculo podía presionar a cualquier funcionario; ni el emperador desafiaba el bloque.
Con las amigas entró al cuarto de Fernanda.
Ernesto, hecho polvo en la cama, no esperaba una procesión de visitantes curiosas.
Las damas lo recorrieron con mirada crítica y admirada, una y otra vez. Sintió que estaba en otro mundo; peor que cuando Cristina lo tiró al Mundo Demoníaco. Era un miedo que carcomía el ánimo.
Nunca se había sentido tan solo.
De pronto todas fijaron la vista en sus pies. Bajó la mirada y casi se desmaya: bajo la colcha asomaba la mancha de sangre. Recordó el comportamiento raro de las doncellas al limpiar.
Se puso rojo sin saber por qué. Pero entendió una cosa: ya no había forma de limpiar su nombre, ni aunque se tirara al **Río Tordillo**.
Sin pensar mucho supo qué imaginaban. Sus ojos brillantes y cómplices lo confirmaron.
Le picaba el cuerpo; no encontraba sitio.
La duquesa, viendo cumplido el objetivo, la sacó de apuros y llevó a las amigas al salón pequeño a seguir platicando.
Cada una, al salir, volvió la cabeza y le dedicó una sonrisa maternal.
La anfitriona sabía lo que significaba: la joven que le gustaba acababa de ser aceptada por la élite social de Caos. Ese reconocimiento valía más que un título oficial: las grandes damas juzgaban por linaje y porte, no solo por decreto imperial.
La muchacha tenía ambos: sobrina del gran mago y una elegancia rara. La alta sociedad la abrió sin esfuerzo.
Por fin quedó silencio. Ernesto ya no tenía ganas de escuchar a las vecinas del muro; adivinaba el chisme. Solo quería dormir; lo demás, después.
Pero el destino no cooperó. Llegaron las cuatro doncellas de las que hablaba Cobos: las conocía. La primera era la estilista de corte que le había peinado; las otras, sirvientas de confianza de la princesa. Florencia insistía en que siguiera el papel que tanto le pesaba.
Le dolió la cabeza. Peor aún: el dueño de casa trajo a la condesa Mercedes a dar clases en la mansión. Ernesto no había olvidado que el maldito entrenamiento de novia de corte era la raíz de su desgracia.
No le quedó más remedio que levantarse y bajar con las dos señoras.
Abajo lo esperaba una multitud, como en un baile.
Reconoció a varias: las damas del cuarto, las veinte señoritas que entrenaban con él en casa de Mercedes, y otras caras vistas en el gran banquete real de hace dos días.
Le tembló el corazón: ojalá nadie notara la farsa.