Crónicas del aprendiz de magia

El ojo del corazón

Un arco extraño, largo y delgado, empotrado en la pared blanca. Debajo, en abanico, siete flechas también incrustadas.

Hugo Eloy los retiró con cuidado y los llevó ante Fernanda.

Colocó las siete flechas en la mesa y entregó el arco a sus manos.

Ernesto examinó el arco que había salvado al mundo.

Su forma parecía un ave con las alas abiertas, nada que ver con los arcos simples que había usado.

Tres curvas distintas: dos en la misma dirección unidas por una tercera, profunda, en sentido contrario.

No entendía para qué servía ese diseño.

El metal —o aleación desconocida— brillaba plateado; a ratos cruzaba un destello azul, como rocío en un pétalo o ondas en un lago. Cambiaba al instante.

Se veía frágil, pero pesaba mucho en la mano.

Los brazos del arco eran lisos; en los extremos, ganchos dorado rojizos para la cuerda.

La cuerda, transparente como cristal, estaba tensa.

Ernesto la tocó: firme.

Lo que más le llamó la atención fue la curva central invertida, cubierta de cuero rojo. Suave al tacto, sin resbalar. En el centro, ligeramente desplazado, un reposaflechas de metal.

Ernesto alzó el arco y tiró de la cuerda. No cedió.

Apretó más. Nada. No era un arco para él.

Negó con la cabeza y se lo devolvió a Hugo Eloy.

El duque lo había observado todo. Le intrigaba esa muchacha: los ojos brillaban ante el arma. Y había intentado tensar el arco ancestral —Hugo Eloy se reía por dentro. No era un arco de mercenario; era rey entre arcos. Pocos caballeros de alto rango podían abrirlo del todo.

—¿Usted puede usarlo? —preguntó Ernesto. Quería saber si alguien en el mundo podía tensarlo.

—¿Qué entiende por «usar»? ¿Solo disparar flechas? —Hugo Eloy leyó su pensamiento. Le pareció gracioso que, al no poder, dudara de todos.

Ernesto no había pensado en otra cosa que disparar.

—¿Hay otro modo o algún secreto?

Hugo Eloy reflexionó:

—Hoy nadie sabe usar este arco de verdad, ni yo. Mi ancestro dejó el arma, no el manual. Yo solo lo trato como arco común.

Vio la cara confusa de Fernanda y explicó:

—Señorita Fer, si es maga lo sabe: frente a un mago, el arquero pierde. La magia llega a quinientos o seiscientos metros; a veces, a donde alcanza la vista. Ni este arco iguala eso. Mi ancestro Ticoni sí supo sacarle el poder legendario. Dicen que podía rivalizar con magos. Pero no dejó el método. Desde entonces no se ha usado como debe.

Ernesto cayó en sus pensamientos.

Ahora entendía la onda mental: llamaba a quien lo descubriera, a quien pudiera manejarlo. El arco tenía voluntad. No quería ser adorno; quería volver a brillar. Y lo había elegido a él.

Pero él no podía tensarlo. En sus manos ni siquiera servía de arco normal.

Confuso, volvió a tomar el arco y acarició la curva.

De pronto, sobre el metal plateado apareció texto azul en una escritura desconocida… que Ernesto entendía sin esfuerzo.

El arco era regalo del dios del viento a la humanidad.

Forjado por el dios del viento y el dios de la guerra; el dios sabio grabó las runas. Se llamaba Cuerno del Viento, una de las tres armas heroicas de la Guerra del Resplandor junto al Carro de la Tierra y el Emblema del Agua.

El arco resplandeció. La luz plateada creció, envolvió sus manos, luego todo su cuerpo.

Hugo Eloy miraba boquiabierto. Pronto adivinó: la muchacha que le gustaba había sido elegida por el arco de su linaje.

Por dentro le punzó la envidia. Él, descendiente del héroe y caballero sagrado, sin derecho al arma; una mujer frágil, dueña del tesoro.

Para su orgullo de caballero era insoportable. Pero no podía enojarse con quien amaba. Y armar un escándalo por eso sería más vergonzoso.

Se quedó sentado, viendo el milagro que quizá no se repetía en mil años.

La luz se apagó. El arco volvió a la normalidad, salvo una marca en el puño: la huella de la mano izquierda de Fernanda, idéntica. Señal de dueño. No desaparecería hasta su muerte.

—Ya tiene dueño nuevo. Felicidades, señorita —dijo Hugo Eloy sonriendo, con un dejo de tristeza.

Ernesto lo notó y malinterpretó: creyó que el duque no quería soltar la reliquia.

Devolvió el arco con vergüenza:

—No fue a propósito. No quiero quedarme con la joya de su familia…

—Si lo eligió, es suyo. Mejor que sirva que quedar de adorno —respondió Hugo Eloy.

—Pero yo tampoco puedo usarlo.

—No importa. Yo le enseño. Soy buen maestro y paciente.

Ernesto no se opuso. Quería cambiar el ritmo de su vida: media jornada de etiqueta y media de visitas de señoras lo tenían sin aliento. La mansión era un circo social; todos venían por «Fernanda». Si seguía así, no habría salida.

Además, le picaba la curiosidad por la técnica de tiro del héroe.

Tras dudar un buen rato, aceptó.

Hugo Eloy casi saltó de gusto, pero se contuvo y dijo con cortesía:

—Entonces lo organizo. Ya es tarde; descanse. Me retiro.

Dejó el arco en sus manos, hizo una reverencia y subió.

Ernesto quedó solo.

Quiso volver a colgar arco y flechas en la pared, pero no pudo. Los llevó a su habitación.

Buscó sitio en el armario; para el arco sacó varias cosas al piso, entre ellas un cuerno enorme de diente de dragón. También tiró unos desnudos que, según él, solo merecían la ventana.

Contento y muerto de cansancio, se acostó. Era la primera noche tranquila desde que llegó a casa de Hugo Eloy.

Para quien duerme como tronco, la noche es corta.

Al despertar, el sol ya estaba alto y la habitación llena de gente: cuatro criadas, la duquesa sonriendo, Mercedes y dos señoras en un rincón.

Cuando enfocó la vista, casi se desmayó.

Mercedes sonreía mirando los desnudos en el piso. La sonrisa decía más que mil palabras.

Hugo Eloy señalaba los cuadros; de vez en cuando las señoras y Mercedes lanzaban miradas a Ernesto. La situación olía mal.



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En el texto hay: fantasia épica, aprendiz de magia, magia y espadas

Editado: 20.07.2026

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