Por fin llegó el día que Ernesto ansiaba: el Día de la Victoria.
La liberación estaba a la vuelta de la esquina.
Tan emocionado estaba que madrugó… y aun así había quien madrugó más: un cuarto entero de flores frescas, con rocío en los pétalos, como cada mañana de esos cinco días. Admiraba y sufría la dedicación de Hugo Eloy.
Otra pesadilla: en el centro del dormitorio, un vestido largo color crema. Lo conocía demasiado. La duquesa lo encargó al sastre Cleré; lo normal eran dos meses, pero el viejo, por gratitud, lo terminó en tres días.
Parecía un tulipán: elegante, ligero, con doce volantes en forma de lirio y un lazo de gasa en la cintura.
La única joya: un broche de flores de berenjena en el pecho, con una hoja de esmeralda maciza rodeada de rubíes y diamantes. Ernesto ni calculaba su valor.
Ya no se dejaba engañar por la belleza: sabía el precio del corsé de piel de dragón debajo —una armadura contra la mayoría de armas mágicas.
Con ayuda de las cuatro criadas se vistió rápido. Habían ensayado días para el cambio doble de identidad hoy.
La estilista de la princesa —la mejor empaquetadora de Sofen— había inventado trucos: pestañas listas, maquillaje ligero fácil de quitar, moño que escondía el pelo para poner peluca masculina después.
Para cambiar rápido, Ernesto llevaba siempre el corpete de dragón, incluso de hombre.
Tras pruebas y mejoras, con ayuda podía volverse hombre en un minuto; al revés tardaba más, pero todo cabía en cinco minutos. Aun así rezaba para no tener que cambiarse muchas veces.
Inquieto, caminaba, miraba por la ventana, hojeaba el cuaderno de Hugo Eloy, tocaba el Cuerno del Viento. No paraba.
Por fin los criados lo llamaron abajo. Bajó con las sirvientas, emocionado.
Abajo, Hugo Eloy y su madre esperaban; todo el servicio en fila. Al ver a Fernanda en gala, Hugo Eloy se quedó sin palabras. Siempre hermosa en vestido, pero hoy la alegría interior —porque sabía que se acercaba la salida— la hacía aún más irresistible.
Hugo Eloy sabía por qué sonreía así. Le dolió. No quería soltar a esa ovejita. Pérdida amarga.
La duquesa susurró al oído del hijo:
—Tranquilo. Tu amor no se escapa. Ya está arreglado.
Animado, Hugo Eloy dio dos pasos:
—Querida señorita Fernanda, hoy es nuestro último día juntos. Espero que lo disfrute.
Le ofreció el brazo. Ernesto no entendió el gesto hasta que la duquesa tomó su mano y la colocó en el pliegue del codo del duque.
Quiso zafarse; inútil contra un caballero sagrado. Salió del salón acompañado, contra su voluntad.
Por primera vez en cinco días salió de la mansión. Recordó la noche que rompió el vitral y llegó igual: soldados en el corredor. Hoy no había tensión de combate; parecían recibir a rey y reina. Ernesto supo que en sus mentes ya era la señora del comandante.
Hugo Eloy y Fernanda subieron al carruaje; la duquesa iba en otro, para dejarlos solos.
Dentro, Hugo Eloy no se pegó como la vez anterior. Guardó distancia en silencio.
En la calle, más carruajes. Todos cedían paso al de Hugo Eloy. Ernesto comprendió su poder en Videsk.
Entraron a la avenida central. Hoy estaba saturada: un río de carrozas hacia la plaza de la Victoria.
Aun con prioridad en el eje, el avance era lento. Ernesto miró por la ventanilla: casi todos los carruajes del centro eran tan lujosos como el suyo. En Caos, caminar y montar también tenían jerarquía.
Cuando se acercaban, los demás abrían paso. De las ventanas laterales asomaban caras sonrientes y lluvia de halagos. A Ernesto le daban náuseas.
Hugo Eloy, considerado, cerró ventanas y cortinas sin darles gusto a los aduladores.
Aun así se filtraba el ruido de la lisonja.
Tras un rato en la oscuridad del coche, dos golpes en el tabique delantero. Hugo Eloy abrió la cortina de su lado.
Junto a ellos iba un carruaje granate, sencillo salvo por una ventana enorme.
Dentro, una belleza de otro mundo: vestido violeta claro, escote profundo, collar de diamantes, chal azul en el hombro. Cabello negro en cascada, ojos almendrados afilados, nariz recta. Sonrisa ambigua. Ernesto sintió presión.
Era de las mujeres más hermosas que había visto… y algo en ella no encajaba, sin saber qué.
Pensó en Cristina —bella pero más monstruo que mujer—, en la princesa —igual de aterradora—, en las visiones del Bar El Duende del Bosque…
Olvidó que él mismo, disfrazado, era parte del problema.
Supuso que la desconocida sería ex amor de Hugo Eloy.
Se equivocó: asomó el joven serio de la primera noche con el duque. Ernesto se avergonzó de no saber aún quién era.
Cruzaron saludos por la ventana; poco más. Pero la mujer no miraba a Hugo Eloy: no le quitaba los ojos a Ernesto. Una mirada familiar que no ubicaba. Lo incomodó.
Hugo Eloy también se puso tenso.
Los dos carruajes avanzaron juntos en silencio incómodo.
Llegaron a la plaza de la Victoria. Hoy reinaba solemnidad y fiesta a la vez.
Los doce arcos de triunfo estaban cerrados al tráfico. La mayoría de carruajes se detuvo lejos; los nobles caminaban en grupos.
Un anillo de caballeros sagrados, un kilómetro alrededor, custodiaba el perímetro. Ernesto reconoció a muchos, hoy en uniforme de gala: casaca roja, yelmo dorado, penacho carmesí, banda de oro al hombro, capa escarlata.
Sin invitación imperial, no pasaban.
Por el rango de Hugo Eloy y Rafael Sotomayor, sus tres carruajes entraron directo.
Dieron media vuelta por el borde y pararon en un hueco reservado. Pocas docenas de carrozas: la flor del poder de Caos. Ernesto vio el de la princesa y el de Cobos.
Subieron los escalones del Templo de la Victoria. Otra vez el brazo de Hugo Eloy en el suyo, imposible de zafar. No quería que la princesa, Joaquín o Cobos lo vieran así.
Cada pocos escalones, un caballero sagrado de élite —capitanes o más—. Ernesto los conocía de sobra; sin miedo a revelarse, ya les habría saludado.