Crónicas del aprendiz de magia

El ensayo

Ernesto hundía la cara entre los manjares cuando, con un leve resoplido, la princesa Cristina apareció a su lado.

De golpe, todo supo a cartón. No sabía qué castigo le esperaba por desobedecer. Temía que lo mandaran otra vez al brazo de Hugo Eloy.

La princesa no dijo más; solo, con voz que le helaba la sangre:

—Deja de comer. Sígueme.

Ernesto bajó la cabeza y la siguió como reo.

Cuatro pares de ojos lo vieron desde las sombras y confirmaron el rumor: Ernesto tenía un estatus raro —propiedad privada de la princesa Cristina de Sofen, herramienta poderosa que hasta habían «prestado» a su sobrina Florencia.

Carlos III había pensado en reclutarlo —Cobos envejecía y necesitaba sucesor; Ernesto era el candidato ideal— pero si pertenecía a la casa real de Sofen, era difícil que cambiara de bando. Tampoco creía que la princesa soltara un tesoro tan útil: magia de conjuro al nivel del Apocalipsis Final, mando militar, don de palabra, y hasta servía de señuelo disfrazado de mujer. Un «vivo» así, ¿por qué no lo tenía él?

Decidió retener al vivo y a quien lo manejaba: la princesa. El matrimonio uniría reinos, y ella quizá aceptaría, pero a Carlos III no le entusiasmaba. Ya tenía a quién querer; además, aunque Ernesto fuera mujer de verdad, tampoco le gustaría esa princesa.

Al fin optó por dejar a la orgullosa Cristina como rehén en Caos.

Ernesto, mientras tanto, esperaba sentencia. Para su alivio, en un pabellón aparte del salón la princesa no estalló contra él; solo dijo fría a los demás:

—Como pensé: en cuanto vio comida, se olvidó de mí y se lanzó solo. Hasta desobedeció.

Ernesto se erizó. Gerardo metió la pata:

—¿Va a castigarlo, alteza?

—Aún no lo he pensado. Si Ernesto obedece y no vuelve a fallar, esta vez paso.

Ernesto respiró. Gerardo hizo puchero: últimamente disfrutaba demasiado viéndolo sufrir; esperaba otra broma, como el disfraz de mujer.

Ya más tranquilo, Ernesto tomó el guion que le pasó Beatriz.

Era lo que imaginaba: el viejo lobo del texto no se parecía al de la vida; parecía un santo. La trama, vieja como el mundo: los cuatro viajan por el Bosque del Sueño, huyen de un espinosaurio, no pueden escapar, aparece el lobo y los salva, luego los educa con paciencia de cuento. Tan falso que dolía.

No se atrevió a criticar: si lo escribió la princesa, se buscaba problemas; si lo escribió Joaquín, igual.

Calló. Tras dos o tres lecturas, una cosa le gustó: casi no tenía líneas. «¡Ay!… ¡Uh!… ¡Corran!» —idiota a prueba de fallos. El ensayo salió redondo a la primera.

Cuando acabó, ya era hora. Entró un criado a avisar a la princesa: empezaba el rito.

Salieron del pabellón. Una marea de gente cruzaba el césped hacia el pinar detrás del palacio.

Tras los pinos apareció un altar de basalto negro. Doce columnas de dos metros de ancho se alzaban en círculo; en lo alto, doce vigas formaban una estrella de doce puntas. Bajo el sol, la sombra en el suelo parecía un círculo mágico que lo envolvía todo.

Los nobles de Caos rodeaban el altar, esperando.

En lo alto, en fila, los grandes del reino. Ernesto reconoció casi a todos: en el centro, Carlos III; a su izquierda, Rafael Sotomayor; a su derecha, Leonardo Cobos; segundo a la izquierda, Hugo Eloy; segundo a la derecha, un hombrón de barba espesa parecido a Fiero —el comandante de la Orden de los Caballeros Sagrados, cuyo nombre nunca recordaba—; a su derecha, un viejo bajito, flaco, bigotes largos, ojos agudos y pelo canoso: no lo conocía.

Todos serios y quietos, salvo Hugo Eloy, que no dejaba de girar la cabeza buscando algo en la multitud.

Ernesto adivinó qué: solo podía ser su otra mitad. Trató de no llamar la atención.

En vano: el duque ansioso ni lo miraba; cuando pasaba la vista por su lado, era un barrido rápido.



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En el texto hay: fantasia épica, aprendiz de magia, magia y espadas

Editado: 20.07.2026

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