Crónicas del aprendiz de magia

Los poderes extraños

Todos seguían mirando a Hugo Eloy, sumido en sus pensamientos. De pronto despertó, como si alguien le hubiera sacudido por dentro, y subió al altar con paso lento.

Ante la multitud, el duque se acercó con cortesía a la señorita Fernanda y dijo:

—Querida señorita Fer: si el arco nos señala un peligro oculto, dejemos que el arco mismo lo borre.

Luego explicó a todos los poderes extraños que, según decía la tradición, poseían esas armas sagradas.

El báculo descubría enemigos escondidos. Combinado con el arco, podía localizar, fijar y seguir cualquier amenaza oculta contra quien portara los artefactos.

Gracias a esa pareja, los Asesinos en las Sombras que el emperador mago mandaba en secreto habían fracasado una y otra vez. Aquella dupla salvó incontables veces la vida de los doce héroes.

Pero como solo servía contra rivales ocultos y nunca se usó en el choque frontal con el emperador, con los siglos el truco se olvidó.

Hugo Eloy lo había leído por azar y no le dio importancia: le parecía imposible de repetir. No imaginó que hoy tendría que usarlo.

Al terminar, todas las miradas volvieron a Fernanda: solo ella podía manejar el arco de los héroes.

Apuntar con la mente no era difícil si sentía la vibración oculta; lo imposible era tensar el arco con sus fuerzas.

Ernesto miró a Hugo Eloy con desesperación.

El duque ya tenía un plan. Se inclinó profundamente:

—Señorita Fer, confíe en mí. Solo siga mis indicaciones.

Si dependiera de Ernesto, diría que no. Pero abajo todos lo miraban fijo; no podía rechazarlo en público.

Hugo Eloy, listo como pocos, no le dio tiempo a dudar. Se puso detrás de ella, la mano izquierda sobre la de Fernanda que sostenía el arco, la derecha en la cuerda, y la encerró entre su pecho y el arma.

Susurró al oído:

—Usted apunte, querida. Lo demás lo hago yo.

Ernesto se sonrojó de vergüenza. El galán le soplaba en la oreja y le picaba la piel. Quiso escabullirse, pero las miradas y el zumbido de los tres artefactos lo devolvieron a la realidad: el método era feo, pero era el mejor.

Había pensado pedir ayuda al capitán de los caballeros sagrados o a su hijo; pero Hugo Eloy lo habría echado del altar, y temía que un segundo hombre se enamorara de su disfraz. Un galán ya bastaba.

Resignado, aceptó.

Hugo Eloy tensó poco a poco. El arco se abrió en un arco perfecto, como media luna ante sus ojos. Una flecha plateada cruzó su pecho: punta en el reposaflechas, cola en la cuerda tensa.

Ernesto calmó la mente, barrió pensamientos y concentró todo en la flecha.

En la cuerda la sensación cambió. Antes solo intuía el peligro; ahora era nítido. Lo trasladó a la flecha y, en un instante, su conciencia viajó con ella.

Ya no necesitaba ojos: el mundo entero —vivo o inerte— se mostraba en lo profundo de su espíritu, más claro que con la vista.

En ese estado encontró la presencia maligna: una vida fuerte, llena de rencor y codicia.

Siguió su pulso. Los tres artefactos, bajo su voluntad, la fijaron. La luz creció hasta que la flecha entera brilló como un haz sólido en las manos de Hugo Eloy.

Al menor pensamiento de Ernesto, el duque sintió la señal y soltó.

La flecha salió con una estela dorada y magnífica, trazando un arco elegante que ascendía en espiral alrededor del altar.

En el aire quedó un dibujo espiral de oro. Nadie respiraba. Todos contemplaban casi un milagro.

Cuando el arco dorado llegó arriba, la punta aceleró. Un chasquido seco —y la luz cayó como meteoro. «Tin»: la punta se hundió en el basalto negro del altar.

Con la flecha, esquirlas de cristal cayeron como nieve sobre el altar. Al atardecer reflejaban siete colores, bellos y fantasmales. Llegaron a las cabezas de todos y, como rocío al primer sol, se desvanecieron sin dejar rastro.

De golpe estalló un clamor enorme, tan fuerte que llegó al salón del banquete donde seguía la fiesta.

Muchas damas dejaron la charla y salieron. El grito despertó a Jacinta, que ya había adivinado: venía del altar de la Victoria.

Se mordió el labio: debió haber ido. Quizá allí pasaba lo más tremendo del siglo.

A poca distancia del altar, un mago de rojo acariciaba en la manga un cristal roto.

Sangre le corría por comisuras, nariz, oídos y hasta los ojos. Entre las uñas también manaba un hilo rojo.

—Ja… ¿mala resonancia mágica, verdad? —dijo una voz ronca detrás de él.

A diez metros, otro mago de túnica gris: cubierto de abscesos, ojos amarillentos llenos de venas, nariz podrida pegada al rostro, orejas reducidas a dos puntos. Entre labios rotos, dientes negros y torcidos. La mano derecha solo tenía pulgar y medio dedo; de la rodilla abajo, un barrote de hierro negro en lugar de la pierna.

Sonrió torciendo la cara:

—Cruz, te lo advertí: no metas mano a ese altar. Lugares malditos conviene evitarlos. Hay magia en todas partes; no hace falta cazar esa.

—¿Y dejar que se desperdicie? Es fuerza que no se acaba —respondió el de rojo.

—Tampoco vale la vida. En quinientos años nadie la domó; quienes la acumularon acabaron devorados. Mejor no tocarla.

—Ahora ni puedo. El Cristal de Congregación de Almas se rompió, y perdí años de trabajo. No imaginé que el arco fuera tan fuerte… ni que alguien pudiera usarlo…

—No te vayas por mal camino. La dueña del arco es la mujer de mi patrón. Si te metes en sombras… me cuesta mantenerme neutral. No me hagas líos.

—Tranquilo. No salgo por gusto.

—Mejor.

Humo negro lo envolvió y se hundió en la tierra. El de rojo esparció arena dorada sobre el cuerpo y desapareció.

Luego, pasos sobre hierba pisada: alguien pasaba, pero no se veía a nadie.

En el salón del palacio, Ernesto estaba rodeado de nobles de Caos.

Aunque Hugo Eloy y Cobos hacían de escudo, la curiosidad no cedía: origen, edad, gustos, baile, copa, cacería, finca de campo… y hasta propuestas de matrimonio en la cara del duque, que hubiera querido partirles la mandíbula.



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En el texto hay: fantasia épica, aprendiz de magia, magia y espadas

Editado: 20.07.2026

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