Crónicas del aprendiz de magia

La partida

Cleré quedó en una encrucijada que le partía el alma.

Debía algo a la duquesa de Salodi: ella le había salvado la vida y lo había elevado hasta la Sastrería Real. Jamás olvidó aquel favor, pero no hallaba forma de pagarlo.

Por otro lado, no podía traicionar a Cobos ni a aquel chamaco que aún no cumplía la mayoría de edad. Si hubiera querido delatar a Ernesto, ya lo habría hecho en la mansión de Hugo Eloy.

Por primera vez en su vida, el viejo sastre se sintió impotente. Ni siquiera cuando la muerte lo acechó perdió la esperanza; ahora solo veía un horizonte gris sin fin.

Se dio cuenta de que ya estaba viejo —y eso era lo que más le costaba admitir.

Se hundió en el sillón en silencio. Perdido entre la deuda y la lealtad, no tenía ni un consejo que dar.

Ernesto esperó sentado, con la esperanza de que saliera alguna idea práctica. El silencio lo inquietaba.

Al cabo de un rato, Cleré alzó la mirada nublada y preguntó en voz baja:

—Entonces, ¿qué piensa hacer?

—Aprovechar la inspección para recorrer el país y esconderme un poco. Creo que el emperador también busca eso con el nombramiento.

—Esconderse… el día primero sí, el quince no. Conoce el carácter del duque: no suelta presa fácil; su terquedad da miedo.

De pronto Cleré recordó algo y preguntó:

—¿A qué vino hoy? ¿Por qué trae ese vestido? ¿Se le rompió? ¿Quiere que lo remiende?

—¡No, no! Vine a pedirle que se lo devuelva al duque Hugo Eloy. Yo no puedo llevarlo; ojalá usted hiciera ese recado.

El anciano asintió en silencio: ya lo había imaginado.

Ernesto malinterpretó la señal y creyó que aceptaba. Con alivio le metió el vestido en las manos:

—¡Gracias, de verdad! Me quitó un peso enorme de encima.

Temía que se arrepintiera y se despidió de prisa.

Cleré se quedó con el vestido en las manos, aturdido. Tardó en entender que sostenía una papa hirviendo imposible de soltar.

No quería quedar en medio de aquel lío. Era asunto ajeno y, sin embargo, ya lo habían arrastrado. Hasta los grandes nobles sudarían con semejante problema; él solo era un civil sin cargo.

¿Hacer como si nada? Sabía que el desenlace lastimaría a muchos, sobre todo a la duquesa bondadosa. Callar sería traicionarla otra vez.

Por primera vez pensó en retirarse y volver a su pueblo a esperar la muerte. Mejor eso que hundirse en semejante tormenta…

Ernesto salió de la tienda liviano como pocos días en Videsk. Caminó entre la multitud sin rumbo: calles comerciales, mercados, plazas abiertas.

Los que lo seguían a distancia se quejaban en silencio: así sí que cansa el trabajo de espía.

Cuando regresó a la embajada, el sol ya iba alto. El edificio recuperaba algo de vida; el personal atendía el día a día.

En cuanto entró, le avisaron que la princesa lo quería ver.

Subió al pequeño salón del segundo piso del palacio de caza. Desde que la delegación mayor partió de Caos, aquel observatorio que Mateo usaba para las estrellas se había convertido en oficina de Florencia.

El lugar dominaba el entorno: muros gruesos y círculos de aislamiento mágico en las paredes para que nadie escuchara secretos.

Era la primera vez de Ernesto allí. Caballeros reales de Sofen vigilaban las puertas; aún abatidos, pero con un poco de brillo en los ojos. Ya se habían quedado en Caos de forma definitiva; mejor hacer bien su trabajo que hundirse en la tristeza.

Al entrar vio a la princesa —y casi no la reconoció.

Llevaba traje de caza rojo vivo, botas negras hasta la rodilla y un látigo fino en la mano derecha. Se veía llena de energía.

Lo señaló con el látigo:

—Otra vez salió sin permiso. Tiene mucho que hacer; no quiero verlo vagando. ¿Entendido?

Ernesto asintió de inmediato. Que solo lo regañara y no lo castigara ya era un milagro; no iba a discutir.

Se sentó en una silla apartada. Todas las miradas convergían en él: era el protagonista de la reunión, aunque él no lo notara.

Había mucha gente. Florencia convocó a todos los caballeros reales de rango de capitán o superior que quedaban en Caos, más varios funcionarios de la embajada.

Después de la princesa, el de mayor rango era él mismo.

—Llegó tarde —dijo Florencia—. Hoy hablamos de la misión que le dio el emperador Carlos III. Ya analizamos los riesgos y tomé una decisión: Catino y Jacobo irán con usted. También varios caballeros que pelearon a su lado pidieron acompañarlo y les di permiso.

Se detuvo a ver su reacción.

Ernesto se quedó helado. Jamás pensó que la princesa, que siempre lo trataba como basura, lo protegiera así.

Después de la retirada de la mayoría de la delegación, los caballeros que quedaban eran pocos. Catino era su jefe; Jacobo, pieza clave de la seguridad de la princesa.

Los que habían sobrevivido el desierto con Ernesto ocupaban puestos importantes: Joaquín los había pulido en poco tiempo hasta dejarlos listos para mandar solos.

En este momento eran un tesoro escaso.

Y Florencia los enviaba todos con él, vaciando lo poco que le quedaba en Videsk.

No entendía su lógica. Si de verdad le importara, no lo habría metido en aquel embrollo. Pero tampoco encajaba con su carácter fingir tan bien: en el Templo de la Victoria, Carlos III le leyó la intención al instante; en banquetes y audiencias solo supo poner cara fría —su mejor actuación.

Hoy, sin embargo, en su expresión había algo más que lo desconcertaba.

De todos modos no podía dejar a la princesa sin guardias.

—Princesa, es demasiado arriesgado. ¿Y su seguridad? Videsk está llena de peligros: radicales que quieren guerra, enemigos que quieren romper la alianza con Sofen… Ni con más gente bastaría.

—Tal vez convenga pedir ayuda a Cobos y traer caballeros sagrados; a esos sí confiamos. Pero alguien debe atender la embajada: usar caosianos no conviene. Catino y Jacobo, además de protegerla, pueden ayudarla en lo diplomático.



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En el texto hay: fantasia épica, aprendiz de magia, magia y espadas

Editado: 20.07.2026

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