A diferencia de Beatriz, a Ernesto no le gustaban los escenarios con mucha gente. Por eso dejó a Yun y al administrador de la posada como sus representantes para reunir a los pobres del barrio bajo.
Con esos habitantes ya tenía un plan desde hacía tiempo.
A primera hora visitó al conde Jashu, gobernador del condado. En teoría iba a hablar de ampliar el hospital; no era solo excusa: de veras quería hacerlo.
Hacía rato que le había echado el ojo a una fortaleza militar abandonada en un rincón de Candavil, cerca de la posada. Aunque estaba en ruinas y los muros se venían abajo, el terreno era enorme y delante había un patio llano útil.
Cuando supo que el enviado imperial venía en persona, Jashu se sorprendió. No entendía qué quería aquel señorito tan misterioso. Al oír que pretendía convertir la fortaleza del este —junto a las minas y al barrio pobre— en hospital de nobles, por fin respiró.
La verdad, Jashu no tenía ganas de ayudar en nada más que tocara a Ernesto; con no ponerle trabas ya era generoso. Pero un hospital aristocrático era asunto delicado, y además necesitaba algo del enviado.
Resulta irónico: al principio, para dar ejemplo a sus subordinados —él, gobernador de Estriel, y el enviado en bandos opuestos—, Jashu fingía indiferencia hacia el hospital. Su familia, en cambio, no.
En la alta sociedad de Candavil el hospital era de lo más de moda. Las anécdotas del viejo noble —supuesto vástago de alguna casa antigua de la capital— y la decoración lujosa del local eran tema de conversación.
Peor aún: el obispo auxiliar, para demostrar que el «agua santa» no era más que un antiséptico, compró a escondidas muestras a los ayudantes de la posada y, ante varios nobles, hizo una prueba.
No solo confirmó un efecto milagroso: el líquido, dentro de ciertos límites, reactivaba funciones apagadas del cuerpo y daba sensación de juventud recuperada. Nada conquista más a las damas.
Después de aquello, reservar cama en el hospital se volvió obsesión de las matronas. Jashu, el único que seguía haciéndose el desentendido, dejó a su esposa —la mujer más distinguida del condado— sin ni siquiera un cuartito. Para ella fue humillación; la culpa, del gobernador. En casa la pasaba mal, pero no se rebajaba a visitar al enviado.
Cuando Ernesto habló de ampliar el hospital, Jashu estuvo que saltar de gusto.
No entendía por qué escoger aquella fortaleza. Se había construido al fundar la ciudad para proteger las minas de bandidos del desierto oriental; con el crecimiento de Candavil y más tropas, perdió sentido y acabó absorbida por el barrio bajo. Además quedaba pegada a las minas: mal ambiente.
¿Por qué le interesaba semejante sitio? Con una palabra del enviado, Jashu le habría regalado el mejor terreno de la ciudad; cualquier noble haría lo mismo por halagarlo y lucirse. Pero eso no podía decirlo en voz alta.
Ernesto, sorprendido de tanta facilidad, se fue contento.
Al despedirse, Jashu ya no aguantó. Necesitaba salir de aquel infierno doméstico. Reservó, con la mayor dignidad posible, tres suites grandes.
Entonces Ernesto entendió por qué había sido tan complaciente: el hospital era oro puro. Podría sacar buen provecho de la nobleza —y al gobernador había que atenderlo primero.
En la posada, Yun y el administrador lo esperaban.
Aún era temprano, pero casi la hora del almuerzo. Ernesto mandó servir comida y escuchar informes mientras comían.
A Yun le pareció bien; al administrador, casi le dio un soponcio. Su rango y el del enviado eran cielo y tierra: compartir mesa, en la etiqueta de Caos, era casi una falta. Ni sus dos patrones lo habían invitado jamás.
Prometió anotarlo en la crónica familiar: «Comí con el enviado imperial.»
El administrador, salvo cuando se le encasquillaba el cerebro, era hábil. En una mañana había organizado todo.
Más de mil pobres vivían en barracones provisionales, iguales a las casas de mineros que Ernesto conocía, pero más toscas en madera y ventanas. Para dormir, bastaban.
También habían empezado a limpiar el antiguo barrio. Los propios pobres, mano de obra barata: con comida y unas monedas por cabeza, trabajaban con ganas. La fortaleza ya la había revisado don Dacto; confiaba en levantar un hospital magnífico y tenía el plan listo.
Yun atendía la vida diaria. Con el enviado detrás, todo era fácil; entre mineros, Ernesto y Beatriz eran casi divinidades.
En una mañana, dueños de minas y fundiciones acordaron encargar a Yun faenas menores que no valían contratar obreros formales ni confiar a indigentes.
Así, al menos tres de cada diez pobres tenían trabajo estable. Durante la obra, el resto también tendría ocupación.
El plan de «sistema de ayuda mutua» no entusiasmó a los del barrio; los mineros, en cambio, curiosearon y muchos quisieron probar.
Ernesto lo encontró raro: quien más lo necesitaba lo rechazaba; quien no, se interesaba. Aun así, si a alguien le gustaba su invento, mandó a Yun experimentar con los voluntarios.
Tras el almuerzo, Yun y el administrador se fueron a sus quehaceres. El respetable enviado se metió otra vez en sus pruebas.
Fabricar agua santa era el problema que no lo dejaba dormir —y el tema que más le prendía. Del detergente que Cristina había creado para la ropa no había avanzado nada, aunque ya sabía por qué curaba tan bien, cómo fundir magia sagrada en agua y cómo perfeccionar el círculo de síntesis.
El único pero: él jamás podría usar magia sagrada. Era la única fuerza que no podía imitar.
Las devotas de Xirinisa Elena lo veían como enemigo; en sus ojos estaba por debajo hasta de los nobles que les callaban la boca. Aquellos al menos creían en la diosa, aunque veneraran más a Marte o al Dios Sabio. Él, en cambio, era un sacrílego.
Hablar con fanáticas en circunstancias tan duras era inútil. Beatriz, absorta en salvar al mundo, no iba a dejar su misión para ayudarlo.