En cuanto corrió la voz, el ambiente se volvió extrañísimo.
Empezaba por la túnica de aprendiz en prueba: en el gremio magico, rango y poder suelen ir juntos; un arquimago presume su título. Pero los cuatro casos especiales rompían la regla.
La nobleza sabía que seguían siendo «aprendices», aunque nadie lo tomara en serio: su fuerza superaba a la de magos comunes. Ver al más poderoso vestido del rango más bajo dejó a todos sin script.
La más avergonzada era la condesa protagonista. Ella había provocado el escándalo; con tantos testigos, no había cierre discreto.
Cuando no sabía dónde meterse, apareció su padre Jashu —y con él Jadiel. Ambos también se habían llevado un susto al saber que el enviado asistía.
Días antes mandaron invitación; como esperaban, Ernesto declinó por la investigación del agua santa. don Dacto solo pasó un rato, dejó regalo y se fue. Que el enviado entrara a escondidas, con título para entrar de frente, no tenía lógica.
¿Visita secreta? ¿Para qué en su propia casa? Jashu y Jadiel observaron.
Las esposas, al ver a Ernesto, palidecieron: el joven atropellado era el enviado. Con eso el malentendido murió; las damas contaron la historia y reprendieron al guardia de la puerta.
Ernesto aprovechó para pedir materiales. Jadiel ordenó a sus magos preparar todo al instante.
Listo el encargo, Jashu y Jadiel insistieron en que se quedara al banquete. «Ya que estás aquí…» Ernesto aceptó.
Solo la túnica de aprendiz seguía picando. El foco pasó del rito de mayoría al misterioso enviado: era su primera gran aparición pública en Candavil. Todos preguntaban por el hospital en obra y por el agua santa.
Viéndolo de buen humor, supusieron avances enormes en la investigación.
Los jóvenes que debían brillar quedaron opacados. Nada que hacer: diferencia de rango y de poder obligaba a bajar la cabeza. En Caos la fuerza manda.
Entre pares quizá rivalizaran; frente a Ernesto, celos sí, pero pensar en compararse era absurdo.
La condesa se mordía la lengua. Su túnica de aprendiz —orgullo de no ser niña mimada del gobernador— ahora la ahogaba. El enviado era ídolo suyo y de su generación: más joven, mago temible, guerrero hábil, además listo y enigmático. Quería conocerlo; el primer encuentro había sido desastre.
Para Ernesto, la fiesta compensó: clima húmedo del sureste traía caza abundante. La cocina era ruda, pero la materia prima salvaba todo. Los halagos tampoco molestaban.
Solo le incomodaban reservas de camas futuras y cupo de agua santa —no sabía qué responder.
Lo que sí le alegró: Jadiel le entregó materiales por encima del pedido. A cambio de un favor posterior, Ernesto accedió encantado: necesitaba manos que manejaran círculos de agua.
De los voluntarios solo siete u ocho servían en laboratorio; el resto transportaba o aplicaba agua. Aceptó la ayuda de la asociación.
Su prontitud sorprendió a Jashu y Jadiel. El siguiente problema los desarmó: al oír que sí, media docena de magos pidió entrar al proyecto.
En Caos casi todo mago trae apellido pesado; molestar a tantos da miedo. Además había plazas obligatorias —como la de la condesa—. La pelea por cupos se volvió feroz.
Peor: Ernesto solo quería magos de agua. La investigación del agua santa lo explicaba; pero la asociación de Caos es de fuego y viento, con tierra para la infantería pesada. Agua casi no existe; en Estriel, cero.
Los dos se rascaron la cabeza y confesaron la verdad.
Ernesto también se preocupó: no lo había pensado. Podía simplificar el artefacto para exigir poco maná, pero no cambiar la naturaleza del poder —no hará que un mago de fuego sude agua.
Mientras rumiaba, Most interrumpió desde su alma:
Si el objeto se fabrica con círculos, a los magos de agua también se pueden «fabricar» con círculos de entrenamiento único. Para un solo fin, se aprende rápido.
Ernesto respiró aliviado. No hacía falta explicar aquello a Jashu y Jadiel.
—No se preocupen —dijo con seguridad—; yo me encargo. Ustedes mándenme gente con talento.
Tanta confianza aumentó el mito. Muchos esperaban ver qué truco sacaría el mago de conjuros imposible.
Entre expectación, admiración, envidia y complejos, el rito terminó.
Jashu lo mandó a la posada en su carruaje privado. Otro vehículo cargaba montones de mineral para pruebas: cristal azul, piedra solar y todo lo que hubiera en bodega de la asociación.
De vuelta, Ernesto tuvo que vaciar medio almacén. Cuando regresó el administrador, el oro aguja y la arena de cuarzo venían en cantidades absurdas —buena intención, pero no cabían; el excedente amontonó en el patio.
Cerró la puerta y se puso a trabajar solo.
Cada atasco, Most susurraba solución; el avance fue rápido.
Al oscurecer ya dominaba lo esencial.
Fabricar artefactos, en fondo, es como trazar círculos; la diferencia está en las propiedades de los materiales —terreno poco explorado para humanos, por eso parecía magia negra. Con un demonio de cientos de miles de años detrás, a Ernesto le resultaba natural.
Se hundió en el estudio. El precio: nadie en la posada durmió. Desde la noche hasta el alba, golpes, sierras y estallidos no cesaron en su cuarto.
Al amanecer abrió la puerta y encontró una fila de ojeras.
—¿Ya terminaste? —dijo Beatriz, vocera elegida—. Si sí, nos vamos a dormir.
Sin esperar respuesta, entró a su habitación y cerró de un portazo. La señal propagó efecto dominó: uno tras otro se arrastraron a descansar. La posada quedó en silencio.
Ese día fue feriado tácito: hospital, obra y citas se pospusieron.
Solo Ernesto estaba fresco. El aprendiz no podía esperar a probar su invento.
En brazos llevaba un cilindro incrustado de cristal azul; en la tapa, un mini círculo de piedra solar; en el fondo, arena de cuarzo fina; en las paredes internas, oro aguja como púas. Una noche de ruido para un dispositivo de Agua Santa de la Vida.