El viento recorría el camino sin traer consigo ningún sonido, y fue esa ausencia, más que cualquier otra cosa, la que obligó a Kael a detenerse. No era la primera vez que el mundo se mostraba silencioso desde el Descenso —el silencio se había vuelto parte del paisaje tanto como las ruinas o los cielos apagados—, pero aquello era distinto, más denso, como si el aire mismo estuviera reteniendo algo que no debía escapar. Sus botas quedaron inmóviles sobre la piedra agrietada, y durante un momento no hizo más que observar el descenso del camino frente a él, una pendiente suave que se perdía entre colinas secas y deformadas, donde los restos de vegetación parecían más residuos que vida, arrastrados sin rumbo por una brisa que no terminaba de sentirse real.
A la distancia, apenas recortada contra la bruma gris, se alzaba la silueta torcida de una antigua torre de vigilancia, inclinada de tal manera que resultaba imposible no pensar que el mundo había intentado expulsarla y no había terminado el trabajo. Kael no la miraba realmente; sus ojos pasaban por ella como si fuera un detalle secundario, porque lo que lo retenía no tenía forma definida, sino que se insinuaba en la manera en que el espacio parecía mal acomodado, como una tela estirada con descuido que deja ver tensiones donde no debería haberlas. Entrecerró los ojos, no para enfocar mejor, sino como si ese gesto pudiera ayudarlo a percibir aquello que no terminaba de mostrarse, y fue entonces cuando escuchó los pasos suaves de Ilyra acercándose por detrás.
—No me gusta —dijo ella, y aunque su voz fue baja, quebró esa quietud antinatural con una facilidad inquietante.
Kael no respondió de inmediato. Había aprendido a no apresurarse cuando Ilyra hablaba de ese modo, porque su incomodidad rara vez nacía del miedo; era otra cosa, una forma de percepción adelantada que no necesitaba explicación para ser certera. Cuando finalmente habló, lo hizo sin apartar la mirada del horizonte.
—No es el lugar... es algo más.
Ilyra se colocó a su lado, y durante un instante ambos permanecieron en silencio, observando el mismo paisaje sin realmente ver lo mismo. Sus ojos recorrían puntos distintos, deteniéndose en detalles que para Kael carecían de sentido, como si siguiera rastros invisibles que solo ella podía detectar. La tela de su capa apenas reaccionaba al viento, y había algo en eso que siempre le resultaba incómodo, como si el mundo no terminara de interactuar con ella del mismo modo que con el resto.
—Está más cerca —murmuró finalmente.
Kael no necesitó preguntar a qué se refería. La sensación comenzaba a asentarse en su pecho, lenta pero constante, como un peso que no estaba allí un instante antes. Detrás de ellos, el sonido áspero de Dorn rompiendo la quietud llegó acompañado de un resoplido evidente.
—Si vamos a quedarnos mirando el aire, podrían avisar —dijo mientras ajustaba la correa de su arma, visiblemente irritado—. Ya perdimos bastante tiempo rodeando esas ruinas.
Kael giró apenas la cabeza, lo suficiente para observarlo sin perder del todo lo que tenía enfrente.
—¿Escuchás algo?
Dorn frunció el ceño, claramente confundido por la pregunta, pero obedeció de todas formas. Se quedó quieto, atento, dejando que el silencio se asentara a su alrededor durante unos segundos que parecieron más largos de lo que realmente fueron. Y entonces su expresión cambió, apenas, pero lo suficiente.
—No... —respondió, esta vez sin rastro de ironía.
No era simplemente que no hubiera sonidos; era la ausencia de todo aquello que debería estar allí incluso cuando nadie lo nota, como si el mundo hubiera sido contenido en una pausa que no correspondía. Dorn escupió a un lado, incómodo, y esta vez no intentó disimularlo.
—No me gusta nada esto.
—A nadie le gusta —dijo Kael con calma, aunque su cuerpo comenzaba a tensarse sin que pudiera evitarlo.
Ahora lo sentía con claridad. No como una presencia visible ni como un ruido distante, sino como una certeza que crecía en el fondo de su mente, una intuición que no se formaba a partir de información sino de reconocimiento, como si una parte de él ya supiera lo que estaba ocurriendo antes de que pudiera entenderlo. Ilyra dio un paso hacia atrás, apenas perceptible, pero suficiente para que Kael lo notara, y ese pequeño gesto confirmó lo que ninguno de los dos quería decir en voz alta.
—Ya nos encontró —susurró ella.
El cambio no fue inmediato, pero sí inevitable. El aire pareció volverse más pesado, no en temperatura sino en densidad, como si cada respiración exigiera un esfuerzo mayor que la anterior. Dorn se puso rígido, llevando la mano a su arma con un reflejo que no necesitaba pensamiento.
—Decime que no es lo que creo.
Ilyra no respondió. No porque no quisiera, sino porque en ese momento ya no estaba interpretando la sensación, sino enfrentándola.
El suelo crujió.
Pero no bajo sus pies.
Más adelante, en el camino, una grieta comenzó a formarse con una lentitud inquietante, no como una fractura violenta sino como una apertura deliberada, como si la tierra misma decidiera ceder ante algo que no podía contener. Kael dio un paso al frente sin darse cuenta, impulsado más por necesidad que por valentía, mientras observaba cómo esa abertura se profundizaba sin que nada emergiera de ella. Y ese fue el verdadero problema: no había nada.
No salía nada.
No se movía nada.
Y sin embargo, algo estaba allí.
El espacio alrededor de la grieta se deformó sutilmente, como si la realidad no terminara de sostenerse en ese punto, y durante un instante que pareció extenderse más allá del tiempo mismo, Kael sintió que algo lo atravesaba, no físicamente, sino en una forma más profunda, más esencial. No había ojos, no había forma, pero la sensación fue inmediata e innegable: estaba siendo observado.
No desde un lugar.
Desde todos.
Se quedó inmóvil, incapaz de reaccionar, mientras esa presencia lo recorría con una precisión fría, ajena, como si lo evaluara sin necesidad de entenderlo. Y entonces, del mismo modo en que había comenzado, terminó. La grieta desapareció sin cerrarse realmente, simplemente dejó de existir, y el camino volvió a ser lo que había sido segundos antes, como si nada hubiera ocurrido.
El viento regresó primero, leve, casi tímido, trayendo consigo un sonido que resultaba extrañamente reconfortante después de la ausencia.
Dorn exhaló con fuerza, como si recién en ese momento recordara cómo hacerlo.
—Decime que ya pasó.
Kael no respondió. No podía.
Porque Ilyra seguía mirando el mismo punto, inmóvil, como si lo que había desaparecido aún permaneciera allí de alguna forma.
—No —dijo finalmente, y su voz ya no temblaba—. Esto no fue un encuentro.
Kael sintió cómo esa certeza se asentaba en su interior antes incluso de comprenderla del todo.
—Entonces, ¿qué fue?
Ilyra tardó un instante en responder, pero cuando lo hizo, sus palabras cayeron con un peso imposible de ignorar.
—Nos marcó.
El viento volvió a moverse entre las grietas del camino, arrastrando polvo y restos secos como si intentara cubrir lo ocurrido, como si el mundo mismo quisiera fingir que nada había pasado, y Dorn soltó una risa corta, tensa, más cercana a un reflejo que a una emoción real mientras se pasaba una mano por el rostro y murmuraba algo que Kael no llegó a escuchar del todo, porque su atención seguía fija en el lugar donde la grieta había existido, intentando encontrar algún rastro, alguna señal de que aquello había sido real y no una ilusión nacida del cansancio; pero no había nada, ni marcas en la tierra ni alteraciones en el aire, solo esa sensación que no terminaba de irse, sutil, persistente, como una presión en la parte posterior de su mente que no dolía pero tampoco cedía, y fue entonces cuando comprendió que lo inquietante no era que aquello hubiera desaparecido, sino la certeza silenciosa de que nunca se había ido realmente, que simplemente había dejado de mostrarse, y Kael apartó la mirada sin decir nada, porque en ese instante supo que, de algún modo imposible de explicar, ya no estaban solos aunque todo alrededor volviera a parecer vacío.
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Editado: 22.04.2026