La Ciudad de México quedó atrás como un recuerdo borroso, una mancha de luces y ruido que se disolvía en la negrura de la noche. En el asiento 14, junto a la ventana, observé cómo el vidrio se empañaba con mi propio aliento. Afuera, el mundo de 1987 se sentía inmenso, casi abrumador.
No huía por odio; huía porque en esa casa, el silencio de mi padre se había vuelto un lenguaje que yo ya no sabía hablar. A mis 17 años, mi equipaje era apenas una mochila con ropa gastada y una libreta donde guardaba las palabras que nunca me atreví a decir. El motor del autobús, un pulso constante bajo mis pies, era lo único real en medio de tanta incertidumbre.
Cada kilómetro que recorría hacia el norte parecía arrancarme un pedazo de quien fui hasta ayer. Sentí una punzada en el pecho, no de arrepentimiento, sino de una extraña soledad que, por primera vez, me pertenecía por completo. No sabía qué me esperaba al llegar, ni si encontraría la libertad que tanto imaginé, pero mientras veía la luna iluminar los campos vacíos, supe que no había marcha atrás. Ese nómada que apenas empezaba a existir, estaba listo para enfrentarse al vacío.