El sueño me alcanzó tarde, arrastrado por el vaivén rítmico del autobús y el zumbido constante de los neumáticos sobre el asfalto gastado. Cuando desperté, la cabina estaba sumida en una penumbra azulada, solo interrumpida por la luz intermitente del tablero del chofer. A mi lado, una mujer mayor dormía con la cabeza apoyada contra el vidrio, su respiración tan pausada que parecía mimetizarse con el latido del motor.
Saqué mi libreta de la mochila, sintiendo el tacto del papel bajo mis dedos. En la primera página, mi padre había escrito, con su letra rígida y perfecta, una lista de "objetivos" para mi futuro. Ingeniero, me decía, o administrador de alguna empresa que él conocía. Nunca se detuvo a preguntar si yo siquiera sabía cómo manejar el estrés de una oficina, o si me asfixiaba el solo hecho de imaginarme encerrado entre cuatro paredes grisáceas hasta que el tiempo se me agotara.
Arranqué esa hoja. No la rompí con rabia, sino con una lentitud casi religiosa. La hice una pequeña bola y la dejé caer al suelo del pasillo, ocultándola bajo el asiento. El espacio en blanco que quedó en la libreta me devolvió la mirada, limpio, virgen, aterrador.
Afuera, la oscuridad era absoluta. Ni luces de pueblos, ni señales de vida; solo la inmensidad de un país que empezaba a mostrarme lo pequeño que era. Por primera vez, no me importó el destino. La libertad no era llegar a algún lugar específico; era simplemente el hecho de que, en ese momento, nadie sabía dónde estaba. Y esa soledad, lejos de asustarme, se sentía como el aire más puro que había respirado en mis diecisiete años.