El viaje llevaba horas de monotonía cuando el autobús se detuvo en un paraje que apenas podía llamarse estación. Era un terreno baldío donde el polvo levantado por el viento se colaba hasta en los pulmones. Subió una mujer, no mucho mayor que yo, con una mochila tan vieja que parecía haber sido cosida mil veces. Se quedó parada en el pasillo, mirando los asientos vacíos, y terminó sentándose al lado mío, a pesar de que el resto del vehículo estaba casi vacío.
Durante un buen rato no dijo nada. Solo miraba por la ventana con una intensidad que me hizo sentir incómodo. Cuando finalmente habló, su voz sonó ronca, como si no la hubiera usado en días.
—Ese mapa que tienes en la cabeza —dijo, sin mirarme siquiera— no te va a llevar a donde crees.
Me tensé. Mi primer instinto fue levantarme y buscar otro lugar, pero me quedé inmóvil. ¿Cómo sabía ella lo que yo estaba pensando? Me giré lentamente, esperando ver a alguien que me recordara a mi padre, a alguien que estuviera ahí para juzgar o corregir. Pero sus ojos no buscaban mi aprobación; solo estaban cansados.
—No tengo ningún mapa —respondí, intentando que mi voz sonara tan indiferente como la suya.
Ella soltó una pequeña risa, una mueca amarga.
—Eso es lo que dicen todos los que huyen. Creen que al irse a un lugar sin nombre, van a dejar de ser quienes son. Pero el problema, chico, es que llevas el equipaje puesto aunque no traigas maletas.
No volvió a hablar. Se puso unos audífonos deshilachados, cerró los ojos y se quedó profundamente dormida en cuestión de segundos, dejándome a mí con una pregunta que me quemaba por dentro. Ese comentario sobre "el equipaje" me devolvió de golpe a la casa que había dejado, al peso de ese nombre que todavía me perseguía. Por primera vez, el viaje no se sintió como una huida, sino como una persecución.