El viaje se sintió interminable tras aquel intercambio. Ella no volvió a decir una palabra, y yo, por mi parte, me obligué a mirar por la ventana, tratando de absorber el paisaje para no tener que pensar en sus palabras. Los kilómetros pasaban, los campos se volvían áridos y el cielo perdía sus colores para volverse de un gris monótono.
Cuando el autobús se detuvo en una pequeña estación de montaña, sentí un movimiento a mi lado. La chica se puso en pie con una agilidad silenciosa. No recogió su mochila porque ya la tenía puesta. Antes de bajar, se detuvo un instante y, sin mirarme, dejó caer algo sobre el asiento que acababa de dejar.
—El destino no es un punto en el mapa —dijo, con voz apenas audible—. Es lo que dejas de ser cuando finalmente te cansas de pretender.
Bajó del autobús sin más despedidas. La vi cruzar el andén, una silueta que se perdía entre el humo del motor y la neblina de la tarde. Me quedé helado, con el corazón golpeándome contra las costillas por una razón que no terminaba de entender.
Miré hacia el asiento. Había dejado un pequeño cuaderno de notas, usado y con las esquinas dobladas. Lo tomé, sintiendo el peso de sus páginas. Estaba lleno de garabatos, direcciones garabateadas, fechas y frases sueltas que no tenían sentido para nadie más que para ella. No era un mapa; era un rastro.
El autobús volvió a ponerse en marcha, dejándola atrás. Abrí el cuaderno, pero antes de leer, miré mi propio reflejo en el cristal de la ventana. Aquel chico que había salido de casa por la noche, tenso y calculado, se veía ligeramente distinto. El peso del "equipaje" que ella mencionaba seguía ahí, pero ahora, por primera vez, tenía la curiosidad de abrir esa maleta invisible y empezar a tirar lo que no era mío.